24 oct 2020

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Cartas manuscritas de Carlos María Isidro de Borbón, la de la izquierda, cifrada y aún por desencriptar.

El cainismo de los Borbones sale a subasta

Carles Cols | 19 julio 2020

La sala Balclis de Barcelona celebra el próximo miércoles la puja de un inédito y monumental archivo manuscrito del carlismo

La correspondencia personal jamás revelada de Carlos María Isidro de Borbón, con secretos cifrados aún pendientes de desencriptar, documentos inéditos sobre las guerras carlistas (desalmadas como pocas, y si no que se lo digan al general Cabrera, el Tigre del Maestrazgo, al que le secuestraron la madre y la ejecutaron para que aprendiera), insignias, un álbum de fotos de la corte borbónica tradicionalista en Trieste, más de 500 revistas políticas del siglo XIX (pues la guerra se libraba también en las imprentas) y, el no va más, una reliquia desconocida, la silueta perfecta del cuchillo con el que el cura Martín Merino intentó asesinar a Isabel II. La sala Blaclis de Barcelona subasta este 22 de julio una porción de la historia de España y, lo que da qué pensar, ni siquiera sale cara.

Todo este tesoro (que lo es, pues, carlistas y fetichistas al margen, cualquier historiador vendería su alma a Heródoto por sumergirse en este archivo en gran parte virgen) formaba parte de una colección particular en la zona alta de Barcelona. El propietario, del que Balclis no puede facilitar apenas datos, murió hace años y en su piso dormía callada toda esta bodega documental, casi como si aguardara el momento para salir de nuevo a la luz, y cuál mejor que este, en que la familia real española vuelve a borbonear.

Las dos ramas de la dinastía fueron fieles al lema de María Cristina: destronados, sí, pero nunca arruinados

Hace 187 años, la moneda en el aire de España tenía, como se sabe, dos caras. En una, la que quedó boca arriba, estaba la línea sucesoria determinada por el catastrófico Fernando VII, que encomendó el trono a su hija Isabel, pero que como no tenía ni tres años cuando murió su padre, abrió un periodo de regencia y latrocinio a escala cósmica a cargo de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, su última esposa, Acaba de publicarse precisamente un interesantísimo libro sobre ella (‘María Cristina, reina gobernadora’, editorial Ariel), de la que merece la pena destacar una de sus proféticas reflexiones cuando terminó, cómo no, en el exilio: “Los Borbones podremos ser una familia destronada, pero nunca seremos una familia tronada" (sinónimo, en este caso, de arruinada). Puro campechanismo del siglo XIX.

La otra cara de la moneda, casi literalmente la cruz, era Carlos, a quien su hermano Fernando VII le parecía un ‘progre avant la lettre’, que se dice pronto, entre otras razones porque opinaba que poner fin a la Inquisición era una modernez inaceptable.

CARTA DE CARLOS A SU FELÓN HERMANO

“Mi muy querido hermano: (...) ¿Deseas saber si tengo o no intención de jurar a tu hija Princesa de Asturias? Con cuánto gusto desearía poderlo hacer, debes creerme. (...), pero mi conciencia, mi honor y mis derechos son tan legítimos que no puedo prescindir de ellos. Dios me los ha dado cuando fue su voluntad que yo naciera, y solo DIos me los puede quitar concediéndote un hijo varón (...)”. Así de claro le dejaba Carlos a su hermano El Felón, en una de las cartas a subasta, que la disputa sucesoria solo se podría resolver si dejaba a María Cristiana preñada de un hijo, nada fácil, pues parece que el rey era tan desafortunado facial como genitalmente. Hay sobrada literatura sobre ello. La misiva forma parte de la subasta, con una minúscula y perfecta caligrafía real, por cierto, pero no es, ni de lejos, la más llamativa de las piezas por las que se podrá pujar.

La silueta que, a tamaño real, alguien trazó del cuchillo regicida del cura Merino. / BALCLIS

En este apartado, en el de la excentricidad rayana en el fetichismo, hay que destacar, sin duda, el lote 1276472, que merece una breve introducción. El 2 de febrero de 1852, o sea, entre la segunda y la tercera guerra carlista, un cura, Martín Merino, que, lo que son las cosas, vivía el  número 2 del callejón del Infierno de Madrid, acuchilló a Isabel II en el costillar. Bueno, lo intentó. La hoja era corta para superar las ballenas del corsé, primero, y la gordura de la reina, después, de modo que no alcanzó ningún órgano vital. Sangró y le dio un soponcio, pero nada más.

Isabel II ordenó que el cuchillo regicida fuera destruido, nu fuera que los carlistas lo adoraran como si fuera una astilla de la Vera Cruz

Merino, aquel intento de regicidio le convirtió en un personaje a tener en cuenta por Benito Pérez Galdós en sus ‘Episodios Nacionales’, pero también, claro, llevó directo al garrote vil. Lo singular es que por orden expresa de Isabel II, el cuchilló fue minuciosamente despedazado, no fuera que terminara idolatrado o, peor aún, robado como en épocas más recientes la espada de Simón Bolívar. Antes de ese proceso de destrucción, sin embargo, alguien, quizá un carlista en la intimidad, lo silueteó sobre una hoja de papel y anotó en la zona de la empuñadura que aquella era la figura exacta del arma regicida. Para cualquier carlista, aunque parece que Merino no lo era, esa simple hoja de papel tendrá más valor que una astilla de la Vera Cruz o las cuchillas de tonsura del mismísimo Torquemada.

Grabado anónimo del atentado contra Isabel II. / MUSEO DEL ROMANTICISMO

Lo excepcional de la subasta en curso se comprende mejor si se tiene en cuenta que Enric Carranco, uno de los especialistas en catalogación de Balclis, lleva casi un año estudiando uno a uno los 2.400 manuscritos a la venta y el resto de objetos de esta panorámica colección sobre la causa carlista. Se ha conmovido, reconoce, con los escritos de despedida que los presos enviaban a sus familias cuando Manuel Llauder, capitán general de Aragón y Catalunya, se mostraba inclemente pese a los ruegos de perdón de la pena capital. “Adiós mi cara esposa, y adiós para siempre a mis hijos e hijas y adiós hasta que nos veamos juntos en la mansión de los justos”, escribía horas antes de morir, fusilado en Igualada, el general Juan Romagosa.

En el archivo no faltan emotivas cartas de los condenados a muerte a sus familias, como la del general Romagosa

Hay quien sostiene que Caín y Abel eran españoles, pues el siglo XIX y parte del XX han sido en este país una intermitente pero constante lucha fraticida. Puede que con otras armas, ese cainismo perdure. Lo que la subasta aporta en este sentido es una renovada reflexión sobre las causas del carlismo, explica Carranco. España entró en una espiral de violencia por las diferencias entre dos Borbones, pero había un caldo de cultivo previo. El mundo rural, en Navarra y en Catalunya, abrazó la causa tradicionalista, entre otras razones, porque la desamortización de Mendizábal sustituyó al antiguo dueño de las tierras, el clero, que cobraba unos arriendos entre razonables y exigentes, por una nueva oligarquía que pretendía exprimirles como un limón. Quién sabe, tal vez las privatizaciones del sector público del felipismo y el aznarismo solo han sido una reedición laica de la desamortización de Mendizábal.

Facturas del tren de vida de alta velocidad que gozaba la corte carlista en el exilio. / BALCLIS

Pero de la lectura conjunta de todas esas cartas, prosigue Carranco, lo que despunta sobremanera es ese momento María Antonieta en el que cayó la corte en el exilio de Carlos María Isidro de Borbón. De la esposa de Luis XVI, madame Déficit, la llamaban en Francia por su propensión al despilfarro, es siempre recordado el desdén con que saludó que el pueblo no tuviera pan para comer. “Que coman ‘brioche’”, se supone que respondió. En España, mientras Maria Cristina llenaba sus borbónicas cuentas particulares, en el exilio Carlos y su séquito vivían entre excesos, indiferentes al sufrimientos de sus quienes fueron sus partidarios y también tuvieron que huir al extranjero.

La corte carlista tuvo, con los exiliados que pasaban hambre, su momento María Antonieta, un absoluto desdén mientras no reparaba en gastos

En una mano, Carranco puede sujetar la factura que Gionavnni Battista Veronese cobró por forrar de terciopelo la jaula de un papagayo, un capricho real, y, en la otra, menudo resumen de la situación, la carta de lamento de algún militar aún fiel a la causa, pero hundido hasta el cuello en la miseria, como Juan Benet (“…he podido saber el paradero de usted para mí tan deseado, a fin de poder tener la satisfacción de escribirle, la que será completa si puedo obtener contestación, la que espero no será como las varias veces que me ha prometido escribirme, y nunca lo ha cumplido…), que se dirigía así a José Arias Teijeiro. No respondía a estas cartas porque, despreocupado, le había cogido afición al coleccionismo de insectos, por el que pagaba grandes sumas de dinero.

METTERNICH, UN SAUDÍ PARA LOS CARLISTAS

La corte de Carlos María Isidro de Borbón vivía sin contención en el exilio. Compraba palacios en Venecia, contrataba profesores de vals para que sus hijos no quedaran como patanes en las fiestas vienesas y, cuando era necesario, o sea, con frecuencia, pedían ayuda al saudí de la época, Klemens Metternich, el diplomático más poderoso de Austria, o a la familia real rusa. Entre la correspondencia a subasta está, por ejemplo, la documentación relacionada con la venta de las joyas de Francisca de Braganza, esposa de Carlos, muerta prematuramente, al zar Nicolás.

Álbum de fotos de las visitias a la corte carlista en Trieste, entre ellas, la segunda arriba a la izquierda, la emperatriz Sissí. / BLACLIS

La profundidad documental de todo aquello que el miércoles (‘online’, claro está) se subastará, es oceánica e imposible de resumir aquí. Es un material, pongamos por caso, de primerísima calidad para estudiar los orígenes, métodos y evolución de la lucha de guerrillas como estrategia de batalla, una aportación de España al mundo surgida durante la Guerra de la Independencia, y que después fue adoptada por la soldadesca carlista para equilibrar su evidente inferioridad numérica. Entre los lotes asoma la testa, por ejemplo, el archivo del mariscal Jean-de-Dieu Soult, brazo armado de Napoleón en España, además de gran expoliador de arte, que antes del advenimiento del carlismo sufrió la guerrilla como estrategia de lucha, y, también, el fondo documental manuscrito de Manuel Llauder, un retrato en alta y deprimente resolución de todo cuanto la primera guerra carlista trajo entre la muerte de Fernando VII y el Abrazo de Vergara.

La subasta es, eso resulta obvio, excepcional. Las cartas cifradas, de las que se desconoce la palabra clave para darles coherencia, puede que escondan pequeños secretos y aclaren dudas a los historiadores. No parece que sea necesario dar con la máquina Enigma para resolver el cifrado. Serán un reto interesante para cualquier criptógrafo con experiencia. La cuestión, de todos modos, es saber dónde terminará cada uno de los lotes. Las administraciones públicas pueden ejercer tras la subasta su derecho de tanteo. No parece que el precio total vaya a ser disparatado. Ya veremos.

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