05 jul 2020

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CONFINADOS EN INSTALACIONES DEL CONSISTORIO

"Quiero ir a morirme a mi pueblo, en Barcelona ya está todo hecho"

Los sintecho alojados en un pabellón habilitado por el ayuntamiento hablan sobre su estancia

Agradecen la acogida, dicen que ha habido algún conflicto y sostienen que la comida es mejorable

Toni Sust

Eugenio, el miércoles en el pabellón en el que ha pasado el confinamiento.

Eugenio, el miércoles en el pabellón en el que ha pasado el confinamiento. / FERRAN NADEU

Delgado, en buena forma, cuenta que a los 50 hizo “un frenazo” y que por eso está bien, aunque enseña risueño el paquete: no ha dejado de fumar. Eugenio tiene 71 años, cumplirá 72 el 24 de agosto, y a menudo baja la voz, como si contara un secreto. Duerme sobre dos colchones delgados en una de las literas del pabellón de Montjuïc, el segundo que el Ayuntamiento de Barcelona abrió para que los sintecho pudieran confinarse.

Antes de llegar al pabellón pasó dos semanas en la calle. Venía de vivir en una habitación en Horta. Confinarse allí, dice, no era plan. Pagaba por la habitación 250 de los 550 euros que recibe como ayuda. Demasiado, subraya. “Llevo dos meses aquí. Se me ha hecho largo y lo que queda. Desde el lunes salimos tres horas. Yo salgo de cinco a ocho de la tarde. Cuando vuelvo me cambio de ropa, ducha, como y a dormir. A veces tengo que pedir que bajen un poquito la televisión, la cierran a las 12 de la noche”.

La vida en el pabellón

Eugenio es uno de los más de 200 sintecho que residen temporalmente en uno de los pabellones de Fira de Barcelona. Lleva allí dos meses. Este miércoles, el consistorio permitió a los medios de comunicación visitar el recinto. Judit Deprez y Arcadi Minguet son los codirectores del centro, que gestiona la Fundació Salut i Comunitat. Relatan cómo funciona: todos los alojados reciben ropa interior y una camiseta limpias cada día. Y cuando salen a la calle, ropa nueva para evitar posibles contagios. Desde que se permiten salidas diarias, por lo tanto, toca ropa nueva cada día. Hasta el lunes pasado, estaba prohibido salir: el que se iba ya no podía volver.

El pabellón que ha acogido sintechos a lo largo de la crisis del coronavirus. / FERRAN NADEU

A cada persona que entra se le toma la temperatura, y a los que están dentro, dos veces al día: coincidiendo con el desayuno y con la cena. El recinto está dividido en tres módulos, A, B y C, cada uno con su comedor. Los turnos de las comidas son de 25 personas cada vez. Hay un patio en el lado Llobregat para salir a fumar y estirar las piernas: con las lluvias un muro se vino abajo y tocó habilitar un segundo espacio exterior en el lado Besós.

Aunque la capacidad es de 225 plazas están ocupadas 210. Las otras 15 se reservan para aislamiento: se han utilizado en algunos casos en los que ha habido picos de fiebre, a causa de una infección por una muela, o por unas anginas, para asegurar que no existía positivo de COVID-19.

A las 7.45 se abren las luces. A las 23.30 se cierran. Hay literas de dos camas, pero solo una está ocupada. “Ha habido pequeñas disputas pero la convivencia es buena, afirma Deprez. Minguet cita como ejemplo el Ramadán: asegura que los musulmanes y no musulmanes han compartido alguna comida nocturna: se habilitó un horario especial para ellos a la vista de que durante ese periodo no pueden comer de día.

 Volver a casa

Eugenio se muestra muy agradecido por disponer de esta acogida, pero no acaba de estar contento con la comida, aunque no se queja: “En la calle no se come, aquí sí”. Afirma que ha habido algunas peleas y que han echado a gente: “Siempre son los mismos”. Tiene planes de futuro: irse a un pueblo. Primero no concreta a cuál, quizá Mora d’Ebre, especula.

Después lo tiene más claro: quiere volver a su pueblo, Aniñón, cerca de Calatayud, en la provincia de Zaragoza. No lo ha visitado desde que lo abandonó con sus padres en dirección a Barcelona, a los seis años. Eran cinco hermanos, no mantiene el contacto. Fue mecánico, trabajó en la construcción. Hizo cursos de carpintería.

En el pueblo todo es más asequible, recalca. Planea irse para allá a finales de verano, a ver cómo esta la situación.  Si le gusta, confía en encontrar una vivienda a un precio asequible. Ha ahorrado un dinero estos meses. Lo que tiene claro es que quiere irse de Barcelona. Hace un gesto de molestia: “Esto es una aglomeración. Quiero ir a morir a mi pueblo, donde nací. Soy maño. Es que Barcelona ya está construida. Aquí ya está todo hecho”.

Raúl, encofrador

Raúl, de 44 años, nació en Sabadell. Fue encofrador y ahora no tiene trabajo: necesita encontrar un empleo. Tiene tres hernias discales y dice que por eso la litera le mata. Lamenta que la lluvia dañara algunas de sus pertenencias. Todas están guardadas en las tiendas de campaña que el Ejército mantiene en el exterior de los pabellones. Se muestra más crítico que Eugenio con la comida.

A Raúl no se le va nada satisfecho con su situación, cree que no es justa, y con un mohín de amargura recuerda una frase de su madre: “Ella decía: la gallina de arriba se caga en la gallina de abajo. Tenía razón”.

José, hondureño, 47 años, lleva desde el sábado en el pabellón. “Vine de dormir en la calle, en la zona de Vall d’Hebron. No había estado antes en la calle. Se pasa mal: al principio tuve miedo. Me separé de mi mujer y todo empezó a irme mal”. Está contentísimo de haber encontrado refugio: “Esto es excelente. Qué diferencia. El trato es bueno, haces amistades. Todo el mundo muy bien. Me quedaré hasta que cierren”. La comida también le gusta. José afirma que se quedará en Barcelona. Prefiere que no le hagan fotos.