22 feb 2020

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ÉRASE UNA VEZ EN EL BARRIO

Baró de Viver: el último luchador en pie

Luis Benavides

Dos jóvenes luchadoras del Club de Lluita de Baró de Viver, la semana pasada

Dos jóvenes luchadoras del Club de Lluita de Baró de Viver, la semana pasada / FERRAN NADEU

Baró de Viver ha sido, con permiso de La Mina, el campeón de lucha grecorromana de la gran Barcelona. Del emblemático Club de Lluita de Baró de Viver han salido campeones estatales y olímpicos que todavía siguen vinculados a la entidad. Es el caso de su entrenador, Roberto Cano, también seleccionador del equipo escolar español. “Recuerdo bien nuestra época dorada, entre 1996 y el 2004, cuando siempre éramos campeones o subcampeones”, rememora con orgullo un fornido Cano, que combina las instrucciones a jóvenes luchadores con su trabajo al volante como transportista.

Aunque suene redundante, el Club de Lluita de Baró de Viver es un club de luchadores. Las han visto de todos los colores y han resistido duros reveses desde su fundación en 1962, como la falta de un local propio y el mal estado general de sus instalaciones. Su resiliencia está acreditada: es la única asociación del barrio que nunca ha desaparecido. “Cuando llegué al club, en 1977, entrenábamos en una sala del centro cívico. No fuimos hasta el local actual hasta enero de 1995”, cuenta Cano.

El club pasó por el polideportivo del vecino Bon Pastor y recaló en una gran caja de zapatos de hormigón situada encima de la Ronda del Litoral, pegada al parque fluvial del Besòs. Ese espacio, uno de los regalos que dejó la Barcelona de los Juegos Olímpicos en el barrio, fue creado en 1992 sin una finalidad concreta, si bien sonó el Casal de Avis como inquilino, algo que se descartó inmediatamente por las humedades que sufría la estructura. Tres años después entraban los equipos del club de lucha y hasta la fecha.

El nuevo tapiz del club de lucha de Baró de Viver luce el dibujo de la rosa de Barcelona   / ferran nadeu

La reciente remodelación de las instalaciones, con un presupuesto de unos 327.000 euros, supone un importante empujón para unos 40 luchadores de todas las edades de la entidad que preside el hermano de Cano, Francisco. La inversión incluye material. “La sala de pesas era tercermundista, usábamos un tapiz de los juegos del 92 y los vestuarios daban pena.  Ahora mismo solo falta la calefacción, pero supongo que llegará en breve”, explica el entrenador, un auténtico referente en el barrio, como lo era su amigo Edu, conocido cariñosamente como el ‘cuello pato’ por su imponente complexión física, forjada en el club de lucha.

Perdió la vida a manos de un clan familiar que tenía atemorizado a medio vecindario. Él nunca se amedrentó y les plantó cara para defender a una mujer. Le costó la vida. “Cuando venía aquí me ayudaba con los niños, que se lo miraban con admiración. Era como un superhéroe para ellos”, recuerda el entrenador, al que todavía le cuesta hablar en pasado de su íntimo amigo. La herida todavía escuece. Fue asesinado hace justo un año, en diciembre del 2018, y sus vecinos salieron a la calle, hartos de vivir con el miedo en el cuerpo.

Encajonados

De alguna manera, el aislamiento histórico que ha sufrido este barrio ha unido más a sus habitantes. En Baró de Viver viven unas 2.400 personas, y muchos se conocen. Si no han intercambiado llaves en el tapiz del club han compartido pupitre, en la escuela pública Baró de Viver o la concertada L’Esperança. “Vivimos en Santa Coloma de Gramenet, pero mis hijos estudian en L’Esperança, donde estudió su madre, y han pertenecido al club de lucha”, explica José Manuel Pimenta mientras observa cómo entrena el benjamín de la familia, de 11 años. “Sus hermanos, de 18 y 13, han entrenado aquí. Al mayor la lucha le ayudó mucho porque era muy tímido. Aquí aprenden principalmente a relacionarse y muchos valores, como el del esfuerzo”, continúa Pimenta. “La primera regla que aprenden aquí es que la lucha no la pueden utilizar en la calle”, subraya.

Las comunicaciones con el exterior mejoraron con la creación de la Ronda de Dalt y la de Litoral, amén de la llegada del metro en 1983. Siguen sintiendo, no obstante, que viven en la periferia.  “Aquí siempre han tenido la sensación de estar aislados porque el barrio tiene por encima las vías del tren y el río por debajo, y luego tiene a un lado el polígono industrial y al otro el Nus de la Trinitat”, explica Miquel Àngel Lozano, jefe de proyectos del Pla de Barris del Bon Pastor i Baró de Viver, el programa municipal que ha hecho posible la renovación del club de lucha, entre otras actuaciones. “Recientemente se ha reformado la calle de Caracas, una actuación de microcirugía que mejora la conexión entre Bon Pastor y Baró de Viver haciendo compatible la actividad industrial con las personas, al colocar diferentes parterres, bancos y varios pasos de peatones; y seguimos trabajando para mejorar la accesibilidad en los bloques construidos en el 93 alrededor de la plaza de Baró de Viver con la instalación de ascensores. Se han instalado ya cuatro y trabajamos para instalar otros cuatro en el 2020”, subraya Lozano, lo más parecido a un interlocutor entre consistorio y entidades. 

Por eso algunos vecinos no desaprovechan la ocasión cada vez que se encuentran al jefe de proyectos para hacerle llegar sus ‘qué hay de lo mío’. Lozano lleva bien su papel y encaja bien los golpes. Como los del presidente del Club de Futbol Baró de ViverManuel Martínez, contento pero con matices con la construcción del nuevo campo de fútbol en la Ciudad de Asunción tras años y años de destierro. “Miguel Ángel, ¿qué os costaba ponerle una visera a la tribuna y unas ventanas a los vestuarios? Estoy muy agradecido, pero este campo no parece del siglo XXI”, espeta el combativo presidente, otro luchador incansable. Lozano toma nota, recuerda el presupuesto con el que contaba la obra –unos 2,8 millones de euros- y se compromete a revisar con los responsables de la obra la ventilación de la zona de duchas.

Una de las obsesiones del ayuntamiento es abrir el barrio al resto de la ciudad, con acciones como el espacio de ‘coworking’ Sinèrgics, dirigido a proyectos con valor social que pagan el alquiler colaborando con los vecinos, y potenciar el centro cívico, un acristalado equipamiento público inaugurado en el 2015 con una programación especializada en artes escénicas. Eso y reducir la tasa de paro, de las más altas de Barcelona. Nadie dijo que fuera fácil, pero si un barrio va sobrado de pundonor ese es Baró de Viver.