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BARCELONEANDO

Anak, la Mrs Robinson del delfinario barcelonés

La muerte de la matriarca del acuario del zoo descorcha el enfado de sus cuidadores, que acusan al lobi animalista de maltrato, lo que son las cosas, animal

Carles Cols

La delfina Anak, en el 2012, con una de sus crías.

La delfina Anak, en el 2012, con una de sus crías. / DANNY CAMINAL

Ha muerto Anak, nacida libre a finales de los 80 en las aguas caribeñas de Cuba, como delfín, todo un carácter, con esa cicatriz de origen incierto en la comisura del labio que la hacía perfectamente distinguible del resto del grupo, del que era, sin duda, la matriarca. Murió poco antes de la medianoche del miércoles tras casi 30 años de residencia en el zoo de Barcelona, todo tras un par de semanas de dolencias estomacales. Habrá tiempo en las próximas líneas de contar cómo en el 2012 Anak fue algo más que la señora Robinson del delfinario, pues yació con un entonces jovencísimo Blau (en el papel de Dustin Hoffman de 'El graduado') y de aquella coyunda nació el último delfín llegado al mundo en cautividad en Barcelona, Nuik. Pero como de delfines y Barcelona va la cosa (o sea, el otro ‘procés’ sin fin), ya imaginarán los no profanos en la materia que este es un deceso, por decirlo suave, no exento de rocanrol.

Ya talludita, Anak se dejó seducir por el aún 'imberbe' Blau y de aquella unió nació Nuik, el último delfín nacido en Barcelona

Anak no tenía que morir en Barcelona. Esa es la cuestión. Luego les cuento, con 'scoop' de propina. Murió literalmente en brazos de un equipo permanente de cuidadores. Blau nadaba a su lado. Ella recibía atenciones constantes. Había dejado de comer. Ese fue, días atrás, el primer aviso de que algo extraño sucedía. El siguiente síntoma preocupante fue una forma de nadar anómala, sin esa sincronía de Esther Williams que siempre la había caracterizado. Era la primera vez en tres décadas que estaba enferma. Después, el resto de miembros de la familia, BlauNuik, ya citados, y Tumay sufrieron el contagio de lo que fuera. Se supone que algo vírico. Eso dicen los médicos hasta cuando los humanos enferman y no tienen ni idea de cuál es la causa. Algo vírico o, en caso de que el doctor sea Gregory House, lupus. Será la necropsia la que determine la razón última del deceso. El caso es que los otros tres delfines superaron el contratiempo y Anak, pese a que en un determinado instante pareció que iba a remontar el nado, se dirigió irremisiblemente hacia el temible fallo multiorgánico. 

Zarpazo del comité

Según el director del Zoo, Sito Alarcón, el último aliento de Anak, que siendo un cetáceo hay que imaginar por el espiráculo del cogote, un último soplido, fue un mazazo para el personal del parque. Los animalistas los suelen retratar como crueles discípulos de Thomas Edison, que utilizaba la electricidad para que los animales de feria danzaran sobre placas de metal, pero a los veterinarios y biólogos del Zoo les unen unos fortísimos lazos emocionales con los animales, una amistad intertaxonómica. No lo han contado con estas palabras, pero parece que hubo lágrimas. 
El lector, claro, querrá ya que suene el rocanrol. ¡Cómo son! Lo ha habido. Casi punki. Después de que Alarcón, en una suerte de ceremonia junto a las feotas paredes exteriores del delfinario, pormenorizara los detalles del suceso y lo calificara de «tropiezo» que no cuestiona en absoluto los planes de futuro del Zoo, que pasan por una apuesta exclusiva por especies autóctonas y por animales en peligro de extinción, los miembros del comité de empresa, menos sujetos a la corrección política, pidieron hacer un aparte para acusar a Ada ColauJanet Sanz y la constelación de asociaciones a las que dieron voz para debatir sobre el futuro del recinto de, poca broma, maltrato animal. Es una acusación muy gruesa. Rocanrol.

Un par de antecedentes son necesarios para comprender lo que dice el comité de empresa. En marzo del 2014, Xavier Trias, entonces alcalde de Barcelona, anunció una inversión de 10 millones de euros en un nuevo delfinario que, en escalas cetácicas, supondría pasar de vivir en una chabola a hacerlo en un casoplón. Era una urgencia. O se remozaban las instalaciones o se prescindía de los delfines. 

Los cuidadores del zoo acusan a Colau de robar dos años de mejor vida a los delfines por la búsqueda de un santuario que no existe

Trias perdió las siguientes elecciones frente a Colau, que claramente se inclinaba por declarar Barcelona ciudad libre de delfines. Apostó por esa línea, que el comité de empresa del Zoo no discute, pero sí el modo en que se encaró esa nueva etapa. De inmediato, un par de acuarios del mundo mostraron interés por la colección de delfines de Barcelona. Serían recibidos con los brazos abiertos. Ante una solución (la política, a veces, es así), se optó por buscar un problema. El lobi animalista al que el ayuntamiento invitó a debatir sobre el futuro del recinto, consideró que mover los delfines de un zoo a otro era poco menos que llevar a un grupo de presos de una cárcel a otra. Se abrió así el debate del santuario, un Shangri-la que ni Robert Conway, en la deliciosa versión de Frank Capra sobre 'Horizontes perdidos', sería capaz de hallar.

El santuario, pese al nombre, no es en realidad gran cosa. Se supone que es una ensenada en el mar, cerrada con redes, de dimensiones suficientemente grandes como para que los delfines vivan una ilusión de libertad. Algún intento ha habido en el pasado. Siempre con fúnebres consecuencias. Los delfines del zoo no pueden regresar a la vida en absoluta libertad. Morirían. Las advertencias de los expertos, sin embargo, fueron desatendidas por los animalistas, algunos de los cuales, durante el anterior mandato municipal, viajaron a Grecia, a cargo de los presupuestos municipales, para explorar sobre el terreno posibles ubicaciones. Aquello terminó como los especialistas ya habían pronosticado, con un informe científico en que se concluye que el santuario, hoy por hoy, es una utopía que no merece la pena ser considerada para resolver el futuro de los cuatro delfines de Barcelona…, perdón, tres en la actualidad. Esa es la denuncia del comité de empresa. La muerte podía haberle llegado a Anak también en otro zoo, quién sabe, pero el tramo final de su vida podía haber sido más feliz. Ese es el maltrato que denuncian.

El último parto

Lo que deja atrás esta tremenda cubana es, lo dicho, un hijo, Nuik, que nada ahora por el acuario algo desnortado en busca de su referencial madre y Blau, ese pillo que en el 2012, cuando todo el mundo daba por hecho que era un crío, se plantó cara a cara ante Anak (así copulan los delfines) y propició un alumbramiento que no entraba en los planes de reproducción del Zoo. Más que un embarazo no deseado, fue un embarazo imprevisto.

No habrá ceremonias ni entierros de cenizas, dice el director del zoo, vamos, que no se repetirá el berlanguiano final de Copito de Nieve

Si Anak fuera un delfín libre, su cadáver, poéticamente, se hundiría hasta el fondo marino y se convertiría en un nutritivo festín para cientos de pequeñas especies que allí aguardan estos acontecimientos excepcionales. Como ha muerto en el zoo de Barcelona, su final será otro. Terminada la exhaustiva autopsia y apartadas las muestras de tejidos que se considere necesaria conservar, su cuerpo será incinerado. Nada de ritos vikingos. Alarcón, antes de que alguien se anticipara, quiso subrayar que él, como director del Zoo, no es partidario en ocasiones así de monumentos y ceremonias. Él sabrá por qué quiso hacer esa precisión, pero es una ocasión para recordar una vez más (nunca serán suficientes) el olvidado y berlanguiano final de Copito de Nieve.

Aquello fue un rien ne va plus de ideas, como si de la muerte de un prohombre barcelonés se tratara. Se incineró y allí donde fueron enterradas sus cenizas se plantó una semilla, con propósito de que su recuerdo fuera tan eterno como la vida del árbol que allí crecería. Al cabo de un tiempo, un brote y una pequeña hoja se asomaron a la luz del día. El empleado de la jardinería del parque lo arrancó como una mala hierba. Al menos a Anak no la someterán a ese bochorno.