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La 'gaviota-leopardo', el nuevo cazador urbano que asombra a los etólogos

Carles Cols

Una gaviota captura una paloma en mitad de la plaza de Catalunya, en Barcelona. / FOTO: ALBERT BERTRAN (VÍDEO: EL PERIÓDICO)

El video llegó como archivo adjunto en un correo electrónico de parte de Maria Teresa Abelló, una primatóloga barcelonesa que ríete tú de Jane Parker, por mucho que a esa le diera vida en la pantalla Maureen O’Sullivan. A ella se lo había mandado otro colega de profesión que, con gran acierto, le había puesto un nombre a lo que en las imágenes se podía ver. ‘Leopard-like hunting strategy’. O sea, la estrategia de caza del leopardo, pero en mitad de la plaza de Catalunya y a cargo de una bestia con plumas, una ‘Larus michaellis’, una gaviota patiamarilla. Sí, unas pocas gaviotas urbanas cazan palomas, un violento espectáculo que no extraño presenciar mientras, por ejemplo, se espera en la parada del autobús, pero ese es un comportamiento anómalo, inusual, reciente, como si un selecto grupo de las aproximadamente 500 gaviotas que anidan en Barcelona hubieran pasado del paleolítico aviar a la edad de los metales saltándose todo el neolítico. Cosas asombrosas están sucediendo en la Barcelona salvaje y no deberían pasar inadvertidas.

Las palomas, atentas a halcones y perros, no ven aún a la gaviota como un peligro, como le pasó a William Hurt con Kathleen Turner

La presencia de gaviotas patiamarillas en la Barcelona asfaltada es realmente muy reciente. Se supone que la primera nidificación de esta especie en la ciudad tuvo lugar a mediados de los años 70, tal vez sobre los tejados del Seminario Concilar, en la calle de la Diputació, tras la sede central de la Universitat de Barcelona. Entonces, muy al principio, cayeron simpáticas. Era reciente el estreno de la versión fílmica de las aventuras de Juan Salvador Gaviota, el barón Manfred von Richthofen de esta especie, que como película era un tostón, pero que retrataba a estas aves como animales hermosos, admirables y libres, así que no hay que descartar que la novela de Richard Bach fuera el motivo primigenio de que pocos años después Fernando Martín Vidal eligiera como imagen icónica del PP una gaviota. Cuando se descubrió que esta bestia tiene hábitos alimenticios bastante sucios (luego les quito el apetito, esperen un poco), Martín dijo que en realidad era un charrán, pero eso lo dijo antes de pasarse a Vox, o sea, que el día menos pensado desanda el camino y vuelve a sostener que el símbolo de la “derechita cobarde” (como dice su nuevo jefe de filas) es un ave carroñera, definición en cierto modo inexacta, porque en realidad la gaviota es una oportunista, una profesional del mínimo esfuerzo, especialista en recoger los descartes de los barcos pesqueros y de geolocalizar los mejores vertederos metropolitanos y quien sabe si hasta ponerles estrellas Michelin. Lo de cazar palomas, es obvio, no encaja en esa ley del mínimo esfuerzo.

El video merece ser visto con el ojo analítico de Sergi Garcia, porque la estrategia es más propia del Serengueti

El video merece la pena ser visto con la mirada analítica de Sergi Garcia, miembro de la medioambientalista asociación Galanthus. Las conclusiones que de ese plano secuencia se sacan son más de las a bote pronto imaginadas. La gaviota se mueve entre las palomas de la plaza de Catalunya con movimientos casi felinos. Agacha la cabeza como los leopardos. Pero en este Serengueti urbano no hay maleza. El propósito no es que ocultarse, sino lograr un cierto disfraz. Al agacharse su altura no es mucho mayor que la de una paloma. La gaviota camina y selecciona su presa. La elige y acelera. De un golpe la desestabiliza cuando intenta alzar el vuelo y de inmediato se da un festín. Lo que más llama la atención a Garcia es, sin embargo, que las palomas, muy mentecatas ellas, dejan que se les aproxime la gaviota como William Hurt dejaba que se le acercara Kathleen Turner en ‘Fuego en el cuerpo’, sin intuir el peligro.

Las palomas no son estúpidas, dice Garcia. Saben que perros y halcones, por ejemplo, son una amenaza. Extreman las precauciones si les acechan. Lo que ocurre es que aún no han identificado a las gaviotas como un depredador. La novedad etológica es tan reciente que aún no la han asimilado. La vida salvaje suele regirse por algo así como la ley de Tom y Jerry o del Coyote y el Correcaminos. Ante cada nueva estrategia de un carnívoro, el hervíboro halla una solución. Las palomas viven aún en el 1975 de Juan Salvador Gaviota.

La dieta del turista

Hace medio año, en estas mismas páginasMichele Catanzaro daba cuenta de la puesta en marcha de un ambicioso proyecto a medio plazo, un estudio académico multidisciplinar bautizado como BCNGullis, cuya meta era conocer más y mejor los hábitos de estas nuevas vecinas de la ciudad. Gracias a la monitorización de algunos ejemplares ya se sabe más de sus hábitos gastronómicos. Conocen los vertederos de Catalunya y saben bien que Mercabarna es un ‘self-service’ siempre bien surtido, pero (y esto no deja en buen lugar a las gaviotas) son además entusiastas devoradoras de los restos de ‘fast-food’ que alfombran los rincones de las zonas más turísticas de la ciudad. No se sabe solo por el simple método de la observación. Las crías de gaviota, cuando se ven amenazadas por algún depredador, vomitan lo que tengan en la panza, no por el susto, sino por estrategia, por entregar una ofrenda a cambio de salvar la vida. En el análisis de esos restos es donde se han hallados muestras de las promociones más económicas de la clásica hamburguesa con queso.

El padrón de palomas crece desde que la ciudad se encomendó a la nicarbazina como anticonceptivo avícola

En aquel primer apunte periodístico sobre el proyecto BCNGullis, Raül Aymí, del Institut Català d’Ornitologia, ya destacaba que una parte indeterminada de las gaviotas patiamarillas de Barcelona sorprendentemente se habían especializado en la caza de especies con las que durante siglos no han cruzado ni un graznido, las palomas. Puestos a ofrecer algún sentido a este rompedor comportamiento, Garcia invita a no menospreciar como causa adyacente el hecho de que la colonia de palomas de la ciudad ha vuelto a crecer desde que el Ayuntamiento de Barcelona, movido por el buenísimo, puso fin hace cuatro años al sacrificio de palomas como método para controlar la población. Se decidió proporcionarles pienso mezclado con nicarbazina, un medicamento controvertido que inicialmente se empleaba en las granjas avícolas como antiparasitario, hasta que se descubrió que tenía un efecto secundario esterilizante. Mientras la comunidad científica no se pone de acuerdo en si eso es un disparate, porque el medicamento puede viajar de especie a especie a través de la cadena trófica, lo que sí está claro es que su eficacia como anticonceptivo es escasa, pues las dosis que ingieren no están testadas y la prueba del nueve es que la población de palomas va al alza, para felicidad de las ‘gaviotas-leopardo’ y, también, de los halcones, porque, como añade Garcia, las 10 parejas locales de esta especie rapaz están mostrando una fecundidad sorprendente, como adanes y evas de este edén barcelonés en el que de nada les falta.

Lo dicho al principio, que la ‘Larus michaellis’ acaba de descubrir los metales. Próximamente, la rueda.