26 nov 2020

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DEBATE EN EL COAC

Los arquitectos piden consenso político para las grandes reformas de Barcelona

"Debería haber compromiso de los partidos y continuidad de un mandato a otro. Si no, la ciudad no funciona", afirman

Las pendientes mejoras de Via Laietana, la Rambla, Paral·lel y Front Marítim suman años, alcaldes y proyectos

Natàlia Farré

Recreación virtual de la futura Rambla, a la altura de la calle del Carme. 

Recreación virtual de la futura Rambla, a la altura de la calle del Carme. 

Un poquito de por favor. Manera coloquial y poco ortodoxa de pedir compromiso y mirada amplia a los políticos. Los municipales, en este caso. La idea es pensar en grande. En la ciudad. En el bien común. En las arcas de todos. La petición la hacen los arquitectos de Barcelona, y la secunda su colegio. ¿El motivo? En este caso son cuatro, y centrados en Ciutat Vella y aledaños. Pero podrían ser muchos más y tener a otras partes de la ciudad como escenario. La Rambla, Via Laietana, Paral·lel y Front Marítim, proyectos urbanísticos en marcha que tienen en común el haber sido rehechos en más de una ocasión y aparcados otras tantas. Elecciones y cambios en el gobierno municipal suelen suponer nuevas iniciativas y abandonar las viejas. Y evitar eso es lo que piden los arquitectos y urbanistas: que las grandes reformas no dependan del color político de quien ocupa la silla del alcalde.

"La ciudad no se puede pensar a cuatro años, la tenemos que pensar a largo recorrido, entre 10 y 20 años, por eso pedimos, como colegio de arquitectos, no solo una visión de conjunto de todas las actuaciones sino también una mirada a largo plazo que obligue al consenso de todas las fuerzas políticas". Palabra de Sandra Bestraten, presidenta de la demarcación de Barcelona del COAC (Col·legi d'Arquitectes de Catalunya). Lo contrario es un desgaste de talento y un gasto de recursos económicos. También un flaco favor a la arquitectura social. ¿Cuál es esa? La que tiene en cuenta la participación (y cooperación) de los vecinos. Y en las reformas que nos ocupan ciudadanía y profesionales han llegado a acuerdos a través del debate  y la participación. En algunas más que en otras, y en ocasiones se ha preguntado reiteradamente.

Un interlocutor, no 15

Los arquitectos piden consenso y no desgastar al personal con reiteraciones, pero van más allá: también abogan por el sentido común, que dicho de otro modo significa no tener infinitos interlocutores con la Administración. Tema que ralentiza procesos que de por sí ya son largos. Opinan que con uno que centralice las necesidades (entiéndase: movilidad, alumbrado, servicios...) basta y agiliza la faena. "En cualquier país razonable, cuando se gana un concurso se tienen un único interlocutor; ¡uno, no 15!", exclama Jaume Artigues en referencia a los REPS (Responsables dels Espais Públics). El arquitecto atribuye los retrasos y paros de los grandes proyectos también a otros dos motivos: "el miedo de muchos gobiernos municipales a que determinadas inversiones acaben produciendo efectos contrarios a los previstos originalmente, como la deflación de la rambla del Raval". Y la parte política: "Debería haber un pacto de ciudad, un compromiso de los partidos mayoritarios y una continuidad de un mandato a otro. Cuando esto no pasa, la ciudad no funciona y se pierde dinero público".

El porqué de esas demandas queda claro cuando se analizan las reformas de los cuatro ejes que limitan Ciutat Vella. Todos empezados hace más de una década. "Pese al paso de los años, no avanzan o están paradas haciendo así más difícil la transformación de Barcelona hacia una ciudad con más espacio para los peatones y menos para el tráfico rodado y, por lo tanto, más sostenible, más tranquila y más accesible", sostienen desde el COAC. Las reflexiones (peticiones) las hace Bestraten en el marco de los debates programados por el Col·legi: 'Arquitectura social i ciutat, la transformació urbana per a la millora dels eixos cívics', coorganizado con la arquitecta Itziar González. Fue antes de conocerse el enésimo capítulo de reforma aplazada (en principio, hasta alguna de las comisiones de gobierno municipal que quedan hasta las elecciones) de la ciudad: la de la Rambla.

La mejor solución posible

Un proyecto, ganado por concurso internacional por la UTE Km-zero, y ejecutado con un acercamiento integral: los vecinos se sumaron al equipo de trabajo y la construcción de una comunidad ciudadana de la Rambla fue tratada como una infraestructura más, pues "la Rambla se desertiza y es necesario crear musculatura ciudadana", explica la propia González, exconcejala de Ciutat Vella y arquitecta responsable de la reforma. Debía aprobarse la primera fase, la urbanización del tramo del Portal de la Pau, en la última comisión de urbanismo, pero el equipo municipal la retiró del orden del día, de manera que queda pendiente para las últimas comisiones de gobierno; lo contrario es pasar las elecciones y a saber cuáles serán las prioridades del futuro custodio de la vara de mando. La ausencia del punto en la comisión, obedeció a dos razones: a la petición del distrito de incluir a última hora unas actividades vecinales, y a la seguridad de que no conseguiría la aprobación unánime por parte de todos los grupos municipales: Ciutadans se opone al proyecto hasta que los restauradores y quiosqueros no estén de acuerdo. Algo, la oposición de estos dos colectivos, que se arrastra desde el plan especial aprobado a principios del mandato.

"Al redactar el proyecto tuvimos el hándicap de estos dos colectivos, que ya intervinieron en el plan especial de ocupación, que tuvo su propio debate, y no quedaron satisfechos. Si te piden la reurbanización del paseo cumpliendo el plan especial, esos litigios mal acabados acaban salpicando", afirma González. Tema que lleva a la también activista a profundizar en la arquitectura social como arma para llegar a pactos entre todos y evitar, así, el estancamiento de la ciudad, urbanísticamente hablando. Reclama que se definan los procesos de cooperación, un paso más allá de la participación. En esta última hay una jerarquía marcada por la Administración; en la cooperación todo el mundo está al mismo nivel. Con estos procesos, al final, "el resultado quizá en alguna ocasión no es la mejor solución, pero sí la mejor solución posible en ese momento", defiende.

Aparcar el partidismo

El tema requiere definición y deberes: como el papel que debe jugar la Administración, que debería abrirse al debate y dar cuenta de sus criterios internos. "No puede ser que un profesional de la Administración decida que su propuesta es mejor, y que el arquitecto que ha escuchado a los vecinos y ha recogido sus preocupaciones, no tenga capacidad de incidir en las áreas técnicas", señala González. "Los partidos políticos y sus técnicos de urbanismo deberían incorporarse a los procesos de cooperación, hacer un seguimiento y así incrementar su empatía y sensibilidad con los proyectos porque en el proceso cooperativo de excelencia hay votantes de todas las ideologías", concluye la arquitecta.

Y va más allá: “se debería apostar por el contrato-programa. Si la ciudadanía y arquitectos hacen lo difícil, que es ponerse de acuerdo y articular una actuación, hay que exigir al plenario un contrato-programa: que firme que apoyará el esfuerzo social, profesional y administrativo". Bonito y necesario, pero harto difícil. Basta con oír la pulla que Gala Pin, concejala de Ciutat Vella, le lanzó a Daniel Mòdol, del PSC, durante la comisión en la que se retiró, provisionalmente, la reforma de la Rambla: "Usted señor Mòdol me dijo: 'a mí, como proyecto, técnicamente me parece bien, ahora decidirá el comité de campaña y seguramente el señor Collboni no estará de acuerdo en aprobar una reforma de este tipo a Ada Colau antes de las elecciones'". Pues eso. Urge un pacto de ciudad o un contrato-programa, y aparcar el partidismo.  


Via Laietana, el caso más flagrante

El caso más flagrante, el de Via Laietana. Suma décadas (la hemeroteca no miente) y proyectos, además de arquitectos, alcaldes y consultas ciudadanas. Nadie duda de que hay que sacar la autopista que une el Eixample con el frente marítimo y pacificar la calle, además de humanizarla. El verde, en Via Laietana, habrá que buscarlo con otra opción que no sea plantando: el subsuelo, perforado por los túneles del metro y los de alcantarillado y servicios, no permite echar raíces. Eso lo saben todos los arquitectos que han estudiado el tema. El primero en meterse en faena fue Jaume Artigues. Corría un lejano ya el 2007.

Acabó el proyecto ejecutivo en el 2011, pero hubo elecciones y cambió de gobierno. Para el consistorio de Trias la Via Laietana no era prioridad, la mirada giró hacia paseo de Gràcia y Diagonal. Tampoco lo ha sido para Colau, que lo ha aparcado para el próximo mandato. Pero sí lo fue y lo es para los vecinos. Algunos de estos, ante la pasividad del ayuntamiento, se organizaron alrededor de la Associació de Veïns i Comerciants de la Via Laietana y han estado luchando para volver a poner la reforma en la agenda política: entre sus actuaciones figura el convenio firmado con la UPC para estudiar la mejor alternativa para la vía. Suficiente presión para que el equipo de Colau pusiera en marcha un proceso participativo del que ha salido una propuesta que debería realizarse en breve. A saber qué pasará. Las elecciones están, de nuevo, a la vuelta de la esquina. 

El Paral·lel, una reforma a medias

El Paral·lel ha tenido un poco más de suerte que la Via Laietana. La avenida que permite al lado Llobregat de la ciudad ver más cerca el mar que a los del lado Besòs se remodeló en el  época de Xavier Trias pero solo en parte. Los extremos de la vía quedaron pendientes. Y eso que tienen proyecto ejecutivo aprobado desde el 2014. El tema empezó en el 2009 y de la mano de Fem Paral·lel, una entidad que pretendía devolver el esplendor al histórico foco teatral de la ciudad. El ayuntamiento, con Jordi Hereu como alcalde, firmó un convenio con la asociación para impulsar un plan de mejora (que incluía una visión integral del espacio) contando con la opinión de los vecinos. Fue el inicio de lo que después se ha pedido en el concurso para reformar la Rambla.

Trias acabó por recoger el guante y encargar el proyecto al Àrea Metropolitana de Barcelona (AMB). Se puso en marcha en el 2014, al final del mandato y, por temas de presupuesto, se decidió partir la reforma en dos fases. La segunda, la que afectaba los extremos, debía iniciarse en el 2015 con el nuevo equipo municipal pero Ada Colau la paró y ahí sigue pendiente. Por en medio ha habido nuevas demandas vecinales y nuevos problemas sobre la mesa, como la gentrificación que sufren los barrios de Poble Sec y Sant Antoni. Y un nuevo proceso participativo.

La Rambla, un cambio muy lento

La reforma de la arteria más popular de Barcelona no se ha parado en ningún momento (por ahora y a la espera de las últimas comisiones de gobierno del ayuntamiento) pero su paso es lento. Empezó como un trabajo interno del conisitorio de Hereu para estudiar la vía de forma integral a través de una mesa interdepartamental (jardines, patrimonio, movilidad…) y su posterior reforma. Esta vez, los cambios de Gobierno municipal no afectaron al proyecto que siguió en marcha con la elaboración del plan especial en época convergente; y que acabó siendo aprobado en los inicios del consistorio liderado por Colau. En marzo del 2017, se abrió un concurso internacional para la reforma en cuyas bases ya se pedía una aproximación integral del proyecto: de la arquitectura a la gentrificación, y abordar todos los retos del paseo: ser un destino turístico de primera magnitud, las problemáticas del control social del espacio público, la falta de masa vecinal… Ganó la UTE Km-Zero con un equipo de trabajo que incluye a la ciudadanía. Las obras debían empezar a principios del 2019. A 24 de abril sigue sin aprobarse la ejecución de la primera fase de obras y hay elecciones a un mes vista.

El Moll de la Fusta, el más desconocido

La reforma que afecta al Moll de la Fusta es la más desconocida de todas. Como el resto, se planteó durante el mandato de Jordi Hereu y salió, también, del ámbito vecinal. Los vecinos del barrio querían y quieren recuperar la zona. Un inmenso espacio que va de Ciutat Vella hasta el mar, tan grande como poco confortable e inaccesible: entre la calle Ample y el Mediterráneo se interpone el paseo de Colón, con sus correspondientes carriles para coches y autobuses (tienen un espacio propio, en el centro), el Moll de la Fusta, la ronda del Litoral y el Moll Bosch i Alsina. Tres autopistas de vehículos y una de turistas (la zona más cercana al mar). Durante el mandato de Hereu se estudió una posible reforma, luego se aparcó y así ha permanecido hasta que ahora se ha retomado de una manera menos faraónica y dentro del Pla de Barris. El mandato es devolver los vecinos a la zona y que estos puedan disfrutarla y llegar a ella de una manera fácil. El estudio está hecho; la puesta en marcha, pendiente.