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barceloneando

Sant Antoni, no faltan pisos, falta ética

Dolors, 83 años, 60 en el barrio, encara el desahucio como víctima de la época en que las mujeres no podían firmar el contrato de alquiler

Carles Cols

La señora Dolors obligada a dejar su vivienda tras 60 años de vida en el barrio de Sant Antoni / JORDI COTRINA

Antes de desenvainar el acero, porque el caso se lo merece, un breve resumen. A Dolors Puig, de 83 años, la echan del piso en el que ha vivido durante 60 años, que se dice pronto. Vive en Sant Antoni, un barrio que empequeñece el sonado caso de gentrificación de Cuesta Verde, ya saben, el barrio residencial de Poltergeist, construido sobre un cementerio indio. Cada expulsión tiene su historia, y esta, la de DolorsLola o Loli (porque de todas las maneras la llaman) tiene un giro narrativo inédito. No ha podido subrogarse el alquiler de su esposo, Conrado, fallecido en diciembre del 2015, porque la primera titular del alquiler, su suegra Aurelia, no pudo en 1958 firmar en su día el contrato de arrendamiento por ser mujer. Con la ley en la mano, el juez interpreta que a Dolors no le alcanza la cadena de subrogaciones posibles y que el multipropietario dueño de la finca tiene así vía libre para echarla, lo cual, así de sopetón, plantea la cuestión de que si la justicia consiste solo en leer la letra de la ley, el día menos pensado sustituirán a los jueces por una ‘app’ telefónica.

El pararrayos social del ayuntamiento le ofreció un piso social, pero en un gesto que la define, les dijo que mejor lo ofrecieran a una pareja joven

La cita con Dolors es en su piso de Sepúlveda, calle, por cierto, dedicada a un gobernador civil de Barcelona que mostró un especial empeño por censar el número de pobres de la ciudad. Vive sola. No esperen aquí un relato descorazonador, de lágrima y pañuelo. Ella tenía sus dudas sobre si contar su caso. Al final, de no entrar dócilmente en la noche del desahucio la han convencido los activistas de Fem Sant Antoni. No es una anciana sin fuelle. Ríe. Es una buena señal. Que no se ofenda, pero se mueve por casa como un cervatillo. Es, además, la vecina ejemplar. Cuando los inquilinos del entresuelo tienen que salir, le piden a veces que haga de abuela de sus niños. Cuando la amiga de la acera de enfrente se puso enferma, para allá que fue a cuidarla. Cuando murió su marido, de buena fe se lo comunicó al administrador de la finca. Ahí comenzaron sus problemas inmobiliarios.

Dolors Puig, junto a la estantería de los recuerdos / jordi cotrina

“Nunca he conocido una época de tanta avaricia como esta”, explica. Es consciente de su edad. Cree que tal vez le quedaban tres o cinco años de vivir sola, que más pronto que tarde tendrían que renunciar al piso. Al dueño de la finca, de esta y de otras propiedades, no parece que le vaya la salud económica con el lucro cesante que pudiera acumular en esta vivienda, nada del otro mundo. Emprendió a la brava la vía judicial, pero mediaron los servicios sociales municipales, un automatismo por fin bien engrasado, que interviene para evitar casos como este. “Me llamaron, fui y me ofrecieron un piso social, no en el barrio, porque aquí no tienen, sino en la Zona Franca”. Le dijo que no, pero no porque no le gustara la propuesta. “Guárdenlo para alguien que lo necesite más que yo, que me puedo ir a casa de una de mis hijas”. La funcionaria al otro lado del mostrador le confesó que era la primera vez que le daban una respuesta así.

Dolors dice que a su edad le quedaban tal vez tres o cinco años en el piso, pero el dueño, un multipropietario, no le habrá parecido bien tanto lucro cesante

Lo dicho al principo. El caso de Dolors tiene un plus que, con justicia, debería haberse tenido en consideración. Contado telegráficamente, su suegra Aurelia era la antigua portera de la finca, que un día quiso alquilar el piso. No pudo hacerlo a su nombre. Tenía que llevar la firma de su marido. Fallecido este, la subrogación del contrato sí que pasó a Aurelia, como viuda, y a la muerte de esta, la titularidad pasó a su hijo Conrado, pareja de Dolors, pero con ese cambio de nombre se agotó la cadena de subrogaciones. Algún quisquilloso dirá ahora aquello de ‘dura lex, sed lex’, pero ley y justicia no son palabras sinónimas.

60 años de recuerdos

La fecha del desahucio es incierta. Será pronto. Solo resta que el ayuntamiento emita un informe para que la comitiva judicial actúe. Dolors espera no ver sus muebles en la calle. Ha empezado a hacer cajas, pero 60 años de vida en un hogar permiten echar más raíces que un roble. Tiene que sacarse de encima los armarios, la mesa y ese sofá que solo le gustaba a su marido. Lo normal es decirle que haga fotos y lo ofrezca en Wallapop, sobre todo porque quien lo quiera viene a buscarlo, pero incluso en eso dice que no. “Prefiero regalarlo a alguien que lo necesite”, cuenta mientras muestra una foto de ella con Conrado, los dos muy jóvenes, el día de la boda. “¡Qué guapo era!”. De lo que le va a costar más desprenderse es (lo que son las cosas) de las cañas de pescar de su esposo, porque era de los que iban de noche a las playas de Gavà y regresaba a casa con una dorada que al final regalaba a algún vecino, porque en casa no eran de pescado. Entonces, que en el barrio alguien te obsequiera con un besuguito o algún otro teleósteo de las costas cercanas era normal. Ahora a lo mejor se lo tomarían mal, como una advertencia o un mal de ojo.

Dolors, tal cual como la Abuelita de los 'Looney Tunes'. / JORDI COTRINA

“Una vez, creo que fue en los años 60, vi un desahucio. Fue en la calle de Urgell, al lado de una panadería. Pregunté y me dijeron que les echaban porque no pagaban”. No es que la vivienda no fuera un problema en otras épocas. En 1963, como síntoma, Luis García Berlanga rodó ‘El verdugo’, maravilla fílmica que por supuesto es una alegato contra la pena de muerte, pero no debería olvidarse que el marco narrativo de fondo es la dificultad del protagonista, Nino Manfredi, para acceder a una vivienda, problema que pretende resolver aceptando el puesto de verdugo carcelario. Con todo, aquel desahucio de los 60 le quedó grabado a Dolors como algo extraño y atípico, como una excepción. En el Sant Antoni actual son parte del paisaje cotidiano. Este mismo jueves, sin ir más lejos, Fem Sant Antoni ha interrumpido uno, otro más, en el número 8 de la calle de Floridablanca. En los 60, en plena ola migratoria, los pisos eran un bien escaso. En la década actual, no. El lobi del tocho y no pocos dirigentes políticos dicen que faltan pisos. Lo que falta es más decencia, más ética.