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BARCELONEANDO

Sin libros y sin preservativos

El Museu d'Història de Catalunya y el Born llevan meses con la tienda, librería y suvenires, cerrada, y nada hace prever su pronta apertura

Natàlia Farré

El espacio vacío que antes ocupaba la librería del Born.

El espacio vacío que antes ocupaba la librería del Born. / elisenda pons

La necesidad obliga. Y en este caso la necesidad es económica, y la obligación la búsqueda de recursos. Las aportaciones públicas, aquel dinero que la administración antes enviaba cual maná caído del cielo, no son lo que eran. Si hay recuperación, esta no se ve, o se ve poco. Pongamos por caso los Presupuestos del Generales del Estado previstos para el 2019. El incremento en lo que nos atañe, en Catalunya, es del 0%. Y lo que nos atañe son los museos. Sitios en los que los presupuestos antes de la crisis casi doblaban los actuales. Así que si la necesidad es económica y la obligación sacar dinero de dónde sea (llámese 'merchandising', llámese libros), las tiendas de los museos son imprescindibles. Aquí y en la China popular (¿recuerdan?). Lo mismo vale vender una tabla de 'skate' que un anillo de arcilla o una silla de diseño (ejemplos reales de objetos en tiendas de museos), o los socorridos catálogos de las exposiciones. Todo da beneficios. Y a eso vamos.

Una de las tiendas con más reconocimiento en el mundo del museo es la del Guggenheim de Bilbao. No solo es bonita sino que de ella sale un 10% de los recursos del centro. No está nada mal pero es una minucia comparado con lo que aporta la tienda de la Fundació Miró: un 25%. Ahí es nada. Ambas tiendas, además, tienen una surtida biblioteca. Más datos: en el Museo del Prado quizá no sea posible comprar una silla de diseño (y raramente, una reproducción de Joan Miró) pero seguro que a sus responsables les basta con seguir vendiendo las postales al ritmo que las venden: 300.000 año. Que no es poco. Y los catálogos se agotan. Así las cosas, en la riba del Nervión apostaron años ha por implantar el modelo más en boga últimamente (ya saben, lo dicho, la necesidad obliga) que no es otro que situar la tienda (también librería, tótum revolútum) en la salida. Vamos, que cuando uno acaba de ver las maravillosas exposiciones que programan (hasta el 24 de febrero hay una retrospectiva de Alberto Giacometti y en el horizonte se vislumbra una prometedora muestra de Gerhard Richter) pasa por la tienda sí o sí. Si no hay compra potencial, no hay salida.

El Museu d'Història de Catalunya tiene su tienda-librería cerrada desde el verano. / ELISENDA PONS 

La quiebra de Bestiari

En el Prado y en la Fundació Miró no son tan drásticos (ni falta que les hace), de manera que uno puede largarse sin caer en la tentación de pasar por caja. Aunque en el museo madrileño optan en muchas ocasiones por dedicar la última sala de las exposiciones temporales al 'merchandising' que genera la muestra. Y los catálogos (un activo seguro). En eso, en el Museo Thyssen son los reyes. No solo tienen una tienda con objetos de toda clase y condición, además de un buen número de libros, y crean 'pop-up stores' sino que le ponen mucha imaginación a los suvenires. Vean si no: ¿Entrarían a un museo a comprar preservativos? Pues en su día en el Thyssen los vendían. Coincidió con la exposición 'Lágrimas de Eros', erótica ella, así que le echaron creatividad al tema y entre las fundas para gafas con el 'Retrato de Giovanna Tornabuoni', los cucharones Renoir y el reloj Mondrian, había preservativos con la imagen de 'La mujer en las olas de Courbet, entre otras.

Llegados a este punto del texto, algún lector puede preguntarse qué tiene que ver todo esto con una sección, esta, que supuestamente debe narrar una crónica de Barcelona. Pues ahí va: aquí no llegamos a la mercantilización de los museos (ni a generar tantos recursos con ello) que se practican en otras latitudes (Fundació Miró, al margen), pero lo que es peor (o no, depende del purismo con que uno mire la función de los museos): aquí hay dos museos o centros culturales que llevan meses sin librería (ni suvenires). Son el Born y el Museu d’Història de Catalunya. Ambos cerraron a la vez por la quiebra de la histórica cooperativa Bestiari, que tenía la concesión de los espacios. Y ambos siguen cerrados. Sus responsables están replanteando los metros liberados. En el Palau de Mar sopesan abrir una Oficina de Turisme, quizá con algún punto de venta; en los vestigios del 1714 repiensan la zona sureste del centro. Eso quiere decir que cuando acabe la concesión de la actual cafetería, en breve,  estudiarán qué hacen con el espacio, la idea es que haya sitio para todo, también para una sala dedicada actividades relacionadas con la lectura. Pero mientras esto pasa,  estamos sin libros y sin preservativos.