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BARCELONEANDO

Un escultor en palacio

El alcalde Mateu y el escultor y coleccionista Frederic Marès pactaron hace 70 años la donación y apertura del museo que ocupa lo que fue residencia condal

Natàlia Farré

La esculturaNu, de Frederic Marès, acupa el patio del Museu Marès en el 70º aniversario del centro. 

La esculturaNu, de Frederic Marès, acupa el patio del Museu Marès en el 70º aniversario del centro.  / RICARD CUGAT

Es el escultor con más obra pública en Barcelona. Creó un museo que donó a la ciudad. Vivió como un rey, en un palacio, sin ser rico. Lo suyo no era el dinero sino la generosidad y el altruismo. Y lo suyo era, casi por encima de todo, el coleccionismo. Corría el año 1946, y el protagonista de esta historia tenía muy claro su objetivo: "Hacer entrega a Barcelona de todas mis colecciones, de todo cuanto pude recoger en el transcurso de una larga vida de ilusiones, esfuerzos y sacrificios". El porqué del sueño era su convencimiento de que las obras de arte "no pueden ni deben considerarse como un privilegio particular, sino de la pertenencia  espiritual de todos". Además de ideales, también tenía un problema de espacio. Su piso de la calle de Consell de Cent rebosaba. En el comedor tenía 361 pilas de agua bendita; en los dormitorios colocó relicarios, cruces, medallas, placas, exvotos, cristos y platos limosneros; en el recibidor y pasillos, relieves en las paredes y tallas en las esquinas. Esculturas por todos lados... Hasta que la colección ocupó también su estudio. Así que, u objetos o escultor sobraban.

Para ser consecuente con sus ideas y recuperar espacio, empezó a buscar residencia para él y su familia espiritual, o museo sentimental como llamaba a su colección, en el Gòtic. De hecho, pensaba adquirir una casa con vistas al 'verger' del Palau Major cuando el palacio se le ofreció en bandeja. A los oídos del alcalde de entonces, Miguel Mateu, llegó la intención del protagonista de donar la colección a la ciudad. Y el trueque estuvo claro. Donación a cambio de vivir en palacio de por vida. Concretamente ocupó el ala izquierda de lo que fue residencia de los condes de Barcelona y su patio interior, o 'verger'. Él se instaló en el ático, y en el resto del edificio ubicó su colección. Por etapas, pues el espacio era palacio, sí, pero también ruina. Y los primeros tiempos convivieron colección, escultor y arquitectos: Joaquim Vilaseca y Adolf Florensa, los responsables de la restauración (o maquillaje) del Gòtic. De manera que en 1946 donó sus objetos y obras de arte, y dos años después, el 25 de noviembre de 1948, abrieron las primeras salas del Museu Marès. El personaje en cuestión era, por supuesto, Frederic Marès (1893-1991).

Las obras de reconstrucción del Palau Reial Major para acondicionar el edificio como Museu Marès.  / francesc ribera

Chocolatinas derretidas

De esto hará en nada 70 años, y la institución ha decidido celebrarlo con fiesta y con novedades. Reabrirá la biblioteca estudio con una nueva museografía, el único espacio personal con acceso al público, de momento, ya que el Ayuntamiento tiene un proyecto para habilitar el ático como centro de estudios e investigación del coleccionismo y la escultura. Los dos pilares del centro. Pues dos son los museos de referencia sobre escultura en España, el de Valladolid y el Marès. Primos hermanos. El que nos ocupa con una gran colección hispánica, desde la antigüedad hasta el siglo XIX.  Además del propia producción de Marès. Un personaje que a partir del año 46 siguió comprando de su propio bolsillo y siguió donando lo que adquiría, de aquí que se hable de su generosidad y altruismo. La de escultura fue la más tardía de sus colecciones.

La afición a recolectar empezó con solo seis años, momento en el que decidió atesorar las chocolatinas de la merienda por su vistoso envoltorio. Una pasión que acabó literalmente derretida cuando un mal día se la olvidó al sol. Luego, estando en París con una beca (donde coincidió con Rodin y Maillol) puso la primera piedra de su museo sentimental. Bautizado así porque lo suyo fue custodiar un modelo de vida olvidado, el del siglo XIX. Abanicos,  'porte-bouquets' y 'ridículos', que es como se llamaba a los bolsos diminutos. Pipas, cajas de rapé y cajas de fósforos. Daguerrotipos, ambrotipos y ferrotipos.  Además de floreros de concha y soldaditos de plomo, entre otros muchos objetos. En total 50.000 piezas, 3.500 de las  cuales son esculturas. 

Aspecto del 'verger' del Palau Reial Major, antes de empezar las obras de reconstrucción del actual Museu Marès.  / FRANCESC RIBERA 

Pesebre clásico

Otra de las novedades del aniversario es poner en valor todo esto a través de un servicio educativo, destinado a pequeños y adultos, recién inaugurado. Objetivo que también persigue algunas de las actividades programadas para celebrar el aniversario, como las visitas guiadas por la ciudad en busca de las esculturas que llevan la firma de Marès. Cerca del museo hay muchas, como  el doblete que hizo en la plaza de Catalunya con su ‘Barcelona’, una alegoría de la ciudad’, y ‘Emporion’. Más lejos, en el paseo de Gràcia, quedan dos de sus piezas más escondidas y desconocidas: los relieves que en su día realizó para las puertas del Banco Hispano-Americano, hoy Hotel Mandarin; y los que ejecutó para el Banco Vizcaya, actualmente tienda de moda.

La fiesta durará todo el año, con pasacalles y conciertos, pero el pistoletazo de salida será el viernes, 23, con la instalación del pesebre. El que hace de contrapunto tradicional al moderno de la plaza de Sant Jaume. El del Marés, más clásico, lleva el sello de la Associació de Pessebristes de Barcelona. Este se inspirará en el Pedraforca, de manera que el 'verger' se llenará de decoración floral de la emblemática montaña. El 25, abrirá el estudio biblioteca. Y desde hace días, en la entrada, luce una de las esculturas 'noucentistes' de Marès: 'Nu'.