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La expo censurada en Sant... llega a Barcelona

Tras cinco años de gira, más que Calígula como emperador, 'El sexo en la época romana' recala por fin en el Museu d'Arqueologia

Carles Cols

Una escultura de Baco hallada en Reus y, al fondo y a la derecha, un explícito ejemplo pompeyano del coitus a dietro.

Una escultura de Baco hallada en Reus y, al fondo y a la derecha, un explícito ejemplo pompeyano del coitus a dietro. / RICARD CUGAT

Tras una tournée de cinco años por España y más de 80.000 entradas vendidas, llega por fin a Barcelona El sexo en la época romana. El título es tan explícito como la colección de piezas arqueológicas que acaban de ser desembaladas en el Museu d’Arqueologia de Catalunya (MAC), que es donde se exhiben. Fálicos enanitos de jardín, lámparas con relieves kamasutrescos, vasos de formas y tamaños genitales que ya quisiera John Holmes, versiones no aptas para menores del hoy iniciático juego adolescente de la botella y el beso, morteros de cocina literalmente acojonantes… Y, sin embargo, objetos cotidianos en Roma hace 2.000 años.

Fálicos enanos de jardín, morteros de cocina literalmente acojonantes, botijos genitales, sí, pero la expo brilla sobre todo por su relato, una delicia historiográfica a cargo de Esther Gurri

La exposición nació tímidamente en Badalona en abril del 2013 de la mano de Joan Mayné. Era el bautismo de fuego de Arqueoxarxa, es decir, una entonces recién nacida alianza de los museos catalanes, por aquello de que la unión hace la fuerza. Cada cual puso lo mejor de su colección y Esther Gurri, comisaria de la muestra, construyó un relato estupendo a partir de clásicos como OvidioJuvenalPlautoMarcialValerio Máximo y otros cronistas de la antigüedad poco dados al pacato uso del eufemismo.

No se sabía entonces, en el 2013 en Badalona, que este viaje en el tiempo a los vicios romanos estaría cinco años de gira, más de lo que duró, por ejemplo, el reinado del Calígula. Si al lector esta presentación le parece aún poco seductora, que sepa que un ayuntamiento socialista del área metropolitana la vetó cuando ya la tenía medio montada. Vamos, que la censuró. Esta intrahistoria se mantiene en secreto, y es una lástima, pues no hay más que recordar cómo en su día se promocionó en Suecia otra de romanos, La vida de Brian. “Es tan divertida que la han prohibido en Noruega”, decían las campañas de publicidad sobre la película de Terry Jones en las calles de Estocolmo. Pues eso, que El sexo en la época romana es tan lúbrica que hasta la han prohibido en Sant..”, ¡ay!, perdón, que es un secreto.

Reproducción de un fresco de Pompeya, en este caso un Priapo hallado en una panadería / ricard cugat

La llegada a la sala central del MAC le ha sentado estupendamente a esta propuesta cultural de verano, abierta al público hasta el próximo 2 de septiembre. A las ochenta y pico piezas de las vitrinas se accede a través de un conjunto de paneles que reproducen en talla XXL algunos de los más picantes frescos de Pompeya y Herculano, reveladores de que el latín que debería haber pervivido hasta nuestros días merecería ir mucho más allá de la fellatio y el cunnilingus, a los que Marcial dedicó algunos de sus más cochinos epigramas, como el dirigido al pobre Coracino, que ha pasado a la posteridad, perdón, palabra de Marcial, como un “cinadeum” y un “cunnilingum”, o sea, un “invertido lamecoños”, en traducción literal del latinista José Guillén. La exposición es, lo dicho, una oportunidad de ampliar vocabulario y catálogo de posturas amatorias, desde el convencional coitus a dietro, o sea, mirando a Siracusa o como se dijera entonces, a la acrobática posición gladiatoria, en la que la mujer domina la situación como un Espartaco del tálamo.

Los límites del vicio

Lo que en el MAC se muestra, sin embargo, debe ser contextualizado. No debe ser visto como una sex-shop de antes de Cristo. Es un impecable relato sobre las convenciones sociales que el cristianismo extinguió, sobre el divorcio, la seducción y la prostitución en el imperio, sobre el uso del sexo para tejer alianzas políticas, sobre los límites del vicio, que Julio César muy bien conoció, pues le acompañó de por vida el apodo de Reina de Bitinia por su supuesta actitud pasiva que mantuvo en la cama con Nicomedes IV.

Pese al cine, o tal vez por culpa del cine, Roma es aún incomprendida, y como muestra el misterio de las Termas de Pompeya

Merecen la pena, pues, las visitas guiadas, cada domingo a las 12 y media, o mejor aún la que el próximo 4 de julio, a las siete de la tarde, dirigirá la propia Esther Gurri, encargada de convencer a quien se acerque al museo de que las figuras fálicas eran objetos de devoción en la antigüedad cual medallitas de santos siglos después, destinadas pues más a la superstición que al placer.

Una de las vitrinas más sicalípticas y desopilantes de la exposición / ricard cugat

Roma, pese al cine, o tal vez por culpa del cine, sigue parcialmente en la penumbra. Ahí está el caso de las Termas de Pompeya, desconcertantes aún. Algunos de sus frescos se reproducen oportunamente también en la exposición del MAC. Son los más atrevidos. En aquel recinto napolitano, los arqueólogos se sorprendieron por las imágenes que, en un crescendo ruborizante, se sucedían sobre lo que parecen ser las taquillas para dejar la ropa de los clientes del local. No hay consenso sobre su función. Lo fácil es suponer que eran una suerte de catálogo de los servicios con final feliz que se ofrecían en el establecimiento, que ríete tú de Madame Petit, pero hay una teoría más simplona, y es que eran tan solo un método nemotécnico para recordar dónde se había dejado la ropa..

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