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Barceloneando

Una historia de barrio

Este es el relato de cómo un grupo de amigos se conjura para transformar una tragedia en algo noble

Javier Pérez Andújar

De izquierda a derecha, Frederic Lista, Raúl Sánchez y Guillermo Cruz.

De izquierda a derecha, Frederic Lista, Raúl Sánchez y Guillermo Cruz. / Ferran Nadeu

La gente del fútbol dice que lo que pasa en el campo queda en el campo; pero lo cierto es que lo que ocurre en el campo pasa a la vida. Porque, empujados en silla de ruedas, van a pasar cada uno de los días de la vida de Raúl. Es una víctima de la violencia en el fútbol. La violencia no es propia del deporte, eso se ve en cada sección del periódico (deportes, sociedad, política...), cada una trae a diario sus correspondientes formas de violencia (agresiones, género, terrorismo...). ¿Los valores? Son como aves que de golpe levantan el vuelo, nos recuerdan que nunca van a ser nuestros definitivamente y nos dejan solos viéndolos irse. Raúl Sánchez tiene ahora 39 años, y hace cuatro, jugando de delantero con el club de su barrio, el Lloreda (en Badalona), un futbolista del equipo visitante le pegó un patadón en la espalda, a lo bestia, a traición, y lo dejó tirado y tetrapléjico. Salió en todos lo periódicos, pero las noticias no nos salvan, nos condenan, y sin decidirlo él esta agresión se convirtió en su historia, justo cuando luchaba por tener una historia propia, como todo el mundo.

"Raúl Sánchez tiene ahora 39 años, y hace cuatro un futbolista le pegó un patadón en la espalda, a lo bestia, y lo dejó tetrapléjico"

“Tetrapléjico al nivel cervical C3 C4”, dice Raúl en el vestíbulo del teatro Principal badalonense, y sonríe con su 1,85m de altura clavados en la silla. Aún está a espera de juicio, y la persona que le atacó nunca le ha llamado para pedirle perdón. Todo es violencia siempre.

La semana pasada se presentó en este teatro '26 de abril. Play again', un documental sobre lo ocurrido, que Raúl ha hecho con su amigo Guillermo. La propuesta partió de Raúl, tenía una historia que contar y los amigos siempre ayudan con lo que saben hacer. Este es el octavo docu que dirige Guillermo Cruz. Está interesado en los problemas de tipo social y económico (€uroestafa y Spanish Dr€am son otros de sus títulos). Pero este en concreto trata sobre la amistad. Sobre cómo un viejo amigo rehace su vida después de una agresión sufrida en el lugar donde más feliz era, en el campo de fútbol. Se proyectó tan solo el otro día, pues la película circula en festivales y las normas de estos no permiten exhibirla por todas partes. Cuando salga de esta ruta, la llevará al público.

Llenaron el teatro la familia y los amigos del barrio, y Dolors Sabater, como alcaldesa, dijo unas palabras de presentación, y cuando acabó la película una mujer gritó desde el público: “¡Eres un campeón!”. Raúl aún no ha rehecho su vida, bastante tiene con rehacerse a sí mismo. Vive orgullosamente solo, y, claro, le asisten, y buena parte de esta dependencia se la paga de su bolsillo. Trabajaba de soldador, de calderero, haciendo depósitos en Oliver i Batlle, una empresa familiar de Badalona; pero había estudiado un grado superior en diseño de proyectos mecánicos, y, apoyado por los dueños, se disponía a matricularse en una ingeniería. Su plan era pasar del taller a las oficinas. Ahora ha encontrado una aplicación que le permitiría manejar el ratón a pesar de su discapacidad, y en el curro le han dicho que siempre tendrá las puertas abiertas para volver. Mientras tanto, Raúl no para. Recorre colegios y clubs deportivos dando charlas a los críos contando lo que le pasó. Quiere devolver en ejemplo educativo toda la solidaridad que ha recibido. Raúl es del Real Madrid desde siempre, “pero soy un merengue raro, me gusta ir al campo del Barça y no veo mal la independencia”, dice.

Se presentó en el teatro Principal de Badalona “26 de abril. Play again”, un documental sobre lo ocurrido

Guillermo iba con los hermanos mayores de Raúl al instituto Pau Casals, de Lloreda, en lo alto de una colina de Badalona, de eso hoy han pasado más de 30 años, y Raúl, tendría 14 o 15, ya se buscaba la vida de camarero en Can Oriol, el bar del lado. Estos chavales pertenecen a la última generación que escuchaba rock en el instituto. Ahora todo es rap y reggaetón. Cuando Raúl acababa la jornada (vamos, cuando plegaba), iban a recogerlo y se lo llevaban de marcha con la pandilla. Entonces Raúl y Guillermo vivían en el barrio de la Salut, en la ladera. Carreteras empinadas, cuestas. También estaba Frederic, que vivía en Lloreda, y que iba con ellos al instituto. Tiene un bar en el centro de Barcelona; pero entonces era de su padre, un bar gallego (aún se llama El Pinar), y en el bar de Fredi también trabajó Raúl. Fredi estudió fotografía y ha colaborado haciendo las fotos del rodaje y asimismo ha participado en algunas tomas. Raúl ha trabajado toda su vida. Por ejemplo, tuvo otro empleo que consistía en envasar congelados para La Sirena. Guillermo también trabajó siempre. Se pagó los estudios de cine montando las moquetas de los trenes, en Santa Perpètua. Desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Su primera ocupación en el cine fue en Lisboa, y cuando llegó allí y se subió a un tren vio que llevaba la moqueta que él había puesto. Todo esto es una historia de barrio, de cómo un grupo de amigos se conjura para transformar una tragedia en algo noble. De cómo unos chavales de instituto se aliarán biográficamente y echarán mano de todo lo que han aprendido de la vida para ayudar a salir adelante a uno de los suyos.

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