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BARCELONEANDO

De togas y casullas, una visita a la pañería más antigua de España

Fundada en 1939, Elpón confecciona túnicas a medida para jueces y magistrados

Olga Merino

Marta Elpón, sucesora en el negocio, muestra una de las togas a medida, en el local de la calle de Entença.

Marta Elpón, sucesora en el negocio, muestra una de las togas a medida, en el local de la calle de Entença. / ÁLVARO MONGE

Está el patio tan judicializado, tan ahíto el devenir político de pleitos, causas y litigios, que el otro día, sin saber muy bien cómo se juntaron las ideas, a la cronista le dio por preguntarse dónde se compran o alquilan togas en Barcelona. La toga, sí, una prenda a medio camino entre el guardapolvo y el traje ceremonial, que letrados, jueces, fiscales, magistrados y secretarios judiciales visten en el ejercicio de sus funciones. Y mira por dónde, tirando del hilo, resulta que existe un lugar donde las hacen a medida y que, además, se trata de la pañería más antigua de España.

Pañería Elpón nació en 1939, poco antes de que acabara la guerra, en el número 33 de la ronda de Sant Antoni, en un local que había sido una barbería que quedó muy perjudicada por los bombardeos de la contienda, con una grieta que daba susto verla. Tan minúsculo era el recinto, de apenas 50 metros cuadrados, que había que hacer verdaderos equilibrios para apilar las piezas de tela desde el suelo hasta el techo de vigas altas. La fundó José Maria Elpón, un caballero tan elegante que incluso cuando salía de pesca se iba al monte en traje. No hace tanto, la empresa se trasladó al número 12 de la calle Entença.

Tres variedades de túnica

Aun cuando siempre queda el recurso de los chinos, el apaño barato para salir del paso, si se pretende que la toga se ajuste a las hechuras y no parezca arrojada sobre los hombros desde la altura de un quinto piso, conviene la confección a medida para que las vistas, el peto y las tablas queden en su sitio. En casa Elpón ofrecen a la clientela tres variedades de túnica negra: la basic, la más sencillita; la premium, tejida con una mezcla de alpaca, mohair y poliéster; y el modelo up, para magistrados, con las características puñetas, esas tiras de encaje que adornan la bocamanga, y los escudos judiciales correspondientes. Ay, las puñetas.

Lo curioso del asunto es que desde la calle de Entença se despachan togas hasta los tribunales del último confín peninsular, así como el paño bueno para que las confeccionen los sastres allí donde sea preciso. Telas de calidad no solo para la judicatura, sino para todos aquellos colectivos que necesitan un atuendo de empaque y que dure: hábitos religiosos, sotanas y casullas, rasos, sargas y terciopelos para cofrades y nazarenos en Semana Santa, tejidos para la confección de trajes regionales e hilaturas para los jubones y calzas de los tunos. ¿Quedará acaso alguna tuna estudiantil?

Aquí acuden también los figurinistas del Liceu para confeccionar los vestuarios de las óperas, y las productoras de películas cuando necesitan algo raro o peculiar, "¿tendrían ustedes rayas así de anchas para un traje de época". Cosas del estilo.

Nació en la ronda de Sant Antoni, en una vieja barbería muy afectada por los bombardeos de la guerra

En otras épocas, Elpón también suministraba tules para adornar la entrada de las iglesias y los bancos en las bodas. ¡Ah, qué tiempos! La conversación con los sucesores en el negocio, la hija del fundador, Marta Elpón, y su yerno, Jordi Oliveras, acaba por convertirse sin quererlo en un ejercicio de nostalgia sobre el esplendor del textil, cuando los trenes paraban dentro de las mismas fábricas de Terrassa para cargar y descargar, y cuando Barcelona albergaba más de una veintena de establecimientos donde despachaban algodones, lanas o alpacas de calidad de calidad: Pañerías Manchester, Volta, Ruiz y Cia, Paños Cima y Ferrusola, en la ronda Universitat. Efectivamente, el padre de Marta Ferrusola, la supuesta madre superiora de los misales, se había dedicado al gremio.

Sobreviven escasas pañerías por la sencilla razón de que sastrería a medida ya queda poquísima. En otros tiempos, el pobre que podía hacerse un traje, uno solo, ya lo tenía para toda la vida: con él se casaba, con él acudía a los entierros y con él lo amortajaban. Tiempos de estrecheces. Sale más barato comprarle un traje que invitarlo a comer, decía el dicho de los tragones.

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