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BARCELONEANDO

Barboquejo para la Barcelona de Eusebi Arnau

El MNAC restituye los elementos ornamentales perdidos por el busto alegórico de la ciudad realizado por el escultor modernista

Natàlia Farré

La escultura Busto de matrona representando Barcelona, de Eusebi Arnau, con toda la ornamentación restituida.   

La escultura Busto de matrona representando Barcelona, de Eusebi Arnau, con toda la ornamentación restituida.    / JOAN CORTADELLAS

Solemnidad. Es lo que le faltaba a Barcelona. No a la real, sino a la alegórica. A una de sus representaciones, porque con la ciudad pasa lo mismo que con la República francesa, cada autor la viste a su manera. Y aunque la capital catalana no tiene su 'Libertad guiando al pueblo', la obra más famosa de Delacroix, además de la Marianne más popular, sí tiene un busto de Eusebi Arnau, uno de los grandes escultores modernistas del país, que la representa. Entre otras. La pieza en cuestión hasta ahora tenía aspecto de princesa medieval (lleva corona) o de mujer modernista (luce voluptuosa melena). Pero le faltaba su dimensión alegórica: Había perdido el barboquejo. Palabreja presuntuosa donde las haya que, según define la RAE, es la "cinta o correa que sujeta una prenda de cabeza por debajo de la barbilla".

Una ignora si barboquejo, también llamado barbiquejo, es el nombre ortodoxo para denominar la cadena de escudos y charnelas que parte de ambos lados de la corona, se acopla bajo la barbilla y mantiene firme tan real distinción sobre la testa. Pero sea o no la palabreja correcta, eso es lo que había perdido 'Busto de matrona representando Barcelona' de Arnau. Extraviado en parte y en su totalidad. Y a su vez no extraviado. Veamos, se sabía de su existencia y de su apariencia. Una fotografía tomada antes de la guerra civil muestra el busto con todos sus elementos. Y otra realizada después de la contienda, durante la inauguración del Museu d'Art Modern de Barcelona, ya no luce tal ornamentación. O sea, se conocían el número de escudos y su heráldica; pero no estaban es su sitio. En algún momento desaparecieron.

Corona real y corona condal 

Aunque lo dicho, la pérdida o no pérdida fue parcial. Una cajita, que ha pasado de mano en mano durante toda la historia del MNAC hasta llegar al actual centro a finales de los años 90, contenía una charnela y un escudo del barboquejo. Así que a partir de lo guardado y de la imagen tomada a principios del siglo XX, el área de restauración del Palau Nacional ha completado la escultura. Le ha devuelto su iconografía o lo que es lo mismo: la dama vuelve a ser Barcelona. Ahí están la cruz de Sant Jordi, las cuatro barras y el escudo de la ciudad. Elementos que junto con la corona la convierten en una alegoría de la misma. Sí, corona. Barcelona siempre ha llevado corona. Unas veces condal y otras real, y antaño con un dragón o murciélago como cimera. De todas hay en las calles de la ciudad. Las farolas de la plaza de Francesc Macià lucen las dos; y las modernistas del paseo de Gràcia, que no son de Antoni Gaudí sino de Pere Falqués, iluminan con corona condal y murciélago incluido.

Falqués viene a cuento, también, porque suya es la culpa, en parte, de que la matrona de Arnau esté en el Palau Nacional y no en el paseo de Lluís Companys. En 1896, el Ayuntamiento decidió hacer un monumento en recuerdo del alcalde Francesc de Paula Rius i Taulet, impulsor de la Exposicion Universal de 1888. Arnau se presentó haciendo tándem con Josep Puig i Cadafalch, y Falquès con Manuel Fuxà. Ganaron estos últimos y suyo es el monumento que hay frente a la Ciutadella. Los primeros obtuvieron un accésit y el consistorio compró el busto de Arnau (en yeso, se fundió en bronce en 1906) por 500 pesetas. Su destino fue el Museu Municipal de Belles Arts, uno de los antecedentes del MNAC, donde se exhibe ahora.

Tiene plaza de privilegio. Bajo la cúpula. Goza de compañía de lujo como los mármoles 'Eva' de Enric Clarasó y 'El desconsol' de Josep Llimona. Pero que el modernismo no tape al noucentisme. Vale la pena levantar la vista para ver la bóveda. Ahí dejaron la impronta de su pincel Manuel Humbert, Josep de Togores y Francesc d'Assís Galí. 

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