BARCELONEANDO

La casa más estrecha de Barcelona

En la calle de Sepúlveda hay una finca de metro y medio de ancho que quizás sea la más canija de la ciudad

Alberga las oficinas del aparcamiento instalado en el interior de manzana desde mediados de los años 40

El edificio más estrecho de la ciudad, en la calle Sepúlveda.

El edificio más estrecho de la ciudad, en la calle Sepúlveda. / Adriana Domínguez

3
Se lee en minutos
Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

Escribe desde Barcelona

ver +

En la calle de Sepúlveda hay una finca que bien podría ser la más estrecha de Barcelona. Tiene poco más de metro y medio de ancho y tres pisos de altura. La puerta es una persiana metálica que lleva años, décadas sin abrirse. Lo dicen los vecinos, que tampoco es que le hayan prestado mucha atención. Muchos no habían caído en que fuera tan canija, porque suelen andar a lo suyo, con el móvil o por inercia. Se separan unos metros, la observan de lado a lado y de arriba abajo. "Pues sí que es pequeña, sí…".

Justo al lado hay una tienda de reparación y venta de ordenadores, de nombre Traxtore. En su interior, una joven muy amable explica que su madre abrió el negocio hace más de 18 años. Ella parece llevar ahora las riendas. Le han contado que esto era antes un taller de cambio de aceite de coches, y que en el 153 bis, la casa en miniatura, se guardaban neumáticos. "Llevamos aquí mucho tiempo y lo único que vemos es luz por las ventanas, pero nunca ha salido nadie. Jamás". 

La conexión

Fue Jordi Ramoneda, guionista de radio, quien advirtió en Twitter de la presencia de este inmueble diminuto. A partir de ahí, se hacía obligado visitar el lugar e indagar algo más en este pedacito de fachada del barrio de Sant Antoni. Antes del paseo, Google Earth permitió adivinar que la finca algo tiene que ver con lo que se esconde en el interior de manzana. Y así es. Tras charlar con la joven de la tienda y con varios residentes que poco pueden aportar, es momento de andar hasta la perpendicular, hasta la cercana Calle de Casanova. En concreto, hasta el número 23. Ahí está la entrada de un aparcamiento de los de toda la vida, de los que, como perpetraron muchos barceloneses con los patios interiores de sus bajos, hicieron saltar por los aires el sueño de Cerdà de convertir estos espacios en zonas verdes que vinieran a compensar tanto asfalto y tanto cemento de cara a la calle.

El personal del párking es una delicia; servicial y atento. La dirección, sin embargo, alega mucho trabajo y prefiere no aportar información alguna a esta inocente crónica. Cuentan los trabajadores que el local, de techos altos y pintado hace un par de años, tendrá "algo más de 100 plazas". Dispone también de una gasolinera que solo dispensa gasolina. Debe ser de las más peculiares de la ciudad, con solo dos surtidores. No vende ni pan, ni periódicos, ni regalices, ni bocadillos, ni sirve cafés, ni tiene promociones, ni neveras, ni ofrece madera para chimeneas ni hielo. Solo gasolina. En una gasolinera.

Una placa informa de que este aparcamiento está aquí desde mediados de los años 40. Está bien conservado, es luminoso y todavía mantiene una figura profesional en extinción: ese hombre todopoderoso que con el brazo te indica que le sigas hasta que tuerce el codo para indicarte la plaza en la que debes colocar tu coche. Tú no entiendes por qué esa y no otra, pero en su cabeza tiene dibujado el 'tetris' perfecto que le permitirá almacenar el máximo de vehículos posible. Y no es fácil. Una vez aparcado, te pide las llaves, que siempre cedes con relativa confianza. Y adiós muy buenas.

Se puede estar

Noticias relacionadas

Es jueves y a eso de la una del mediodía no está ni mucho menos lleno. "Antes había más clientela, cuando en Sepúlveda había muchas empresas de esas de informática". Aceptan coches a pupilaje o por horas. Basta un rato para darse cuenta de que muchos turistas lo usan para dejar el coche y seguir a pie. Tienen Ciutat Vella a tiro de piedra. Cuando abra el mercado de Sant Antoni esto quizás eche humo, como los vecinos del barrio cuando sus alquileres se vayan disparando gracias y por culpa de la nueva atracción turística.

Pero volvamos a la casita. Al fondo del aparcamiento, a la izquierda, se distingue una escalera metálica. La puerta que se ve arriba es la que da acceso a la pequeña finca de Sepúlveda. Y tiene trampa, porque resulta que va de más a menos, es decir, que empieza con una anchura de unos tres metros hasta terminar en esa raquítica fachadita que da para la persiana y poco más. Uno de los trabajadores dice haber estado dentro. "Son las oficinas del aparcamiento, y sí, es algo estrecho, pero se está bien. Aunque es verdad que al final parece que las paredes están más juntas". Misterio resuelto.