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PARA IR A MALLORCA

Tras el 'safety car' por el puerto de Barcelona

Una caravana de coches persigue cada noche a una furgoneta que les lleva al ferri de Balearia

Emilio Pérez de Rozas

Cola de coches para llegar al ferry de Balearia.

Cola de coches para llegar al ferry de Balearia. / ELISENDA PONS

Veamos, nadie dice, perdón, escribe, que sea ilegal. ¡Ni mucho menos! Aunque lo parece, desde luego. Tiene una pinta de ilegal total. Pero no lo es. Lo que sí se puede decir es que la Guardia Urbana de Sants-Montjuïc no tiene ni idea de que eso suceda. Insisto, no tiene por qué ¿verdad?, pero suena extraño que, con tanto control, con tanta precaución, con tanta vigilancia y, digámoslo, con tanto temor o exceso de seguridad (¡nunca hay exceso de seguridad, nunca!), no se hayan dado cuenta de esta curiosa yincana que, cada noche, se produce en los alrededores de las distintas estaciones marítimas de Barcelona, a orillas del mar, cuya salida se produce junto a la estatua de Colom, más o menos, y cuya meta es el muelle de Ponent donde se encuentra, uno diría, pero no es así, clandestinamente amarrado el buque insignia de Balearia, que no puede recibir otro nombre que el de Abel Matutes.

No se trata, pues, de una denuncia. Repito, es perfectamente legal todo. O eso parece. Se trata de describir como cada noche, según la Guardia Urbana, aunque hasta que EL PERIÓDICO se puso en contacto con ellos no tenían conocimiento alguno "de esa actividad", una yincana que, para el simple ciudadano o, peor aún, para el viajero, puede entrañar cierto peligro. Poco, sí, pero peligro al fin. "Es un recorrido en zona portuaria", según entiende la Guardia Urbana cuando, insisto, tiene conocimiento de ello, por vez primera.

Todo es casi perfecto. Bueno, sí, es perfecto. Menos el embarque (con coche, claro) al buque Abel Matutes de cada noche con rumbo a Palma de Mallorca. El billete no puede ser ni mejor, ni más barato, ni más completo. Al menos ahora, en temporada baja. Coche, camarote de cuatro literas ¡de uso individual! ¡para ti solo!, medio menú y 30 minutos de wifi gratis, por 144,41 euros. Ideal. Entras tu coche, lo aparcas, te dan el camarote, cenas a gusto antes, incluso, de que el buque zarpe, te metes en la cama (o camas, escoges la que desees), te despiertas a las 06.00 y ya estás en Palma.

No hay nadie

El caso es que todo empieza porque llegas donde crees que está la estación marítima de Balearia, detrás justo de la estatua de Colón, junto a Transmediterránea, con tu coche. Y no ves ni al Abel Matutes ni a nadie de Balearia. Preguntas y te dicen que te vayas a la explanada que hay justo a la entrada (a la derecha) del World Trade Center. Vas y, antes de llegar a ella, encuentras un cartel de cartón escrito con rotulador grueso, colgado de una señal de tráfico cualquiera, que pone 'Balearia, a Palma, 23.30 horas' y una flecha que te conduce a un párking improvisado. Y allí, tras mostrar el billete de tu vehículo, ya ves coches, todoterrenos, furgonetas y demás vehículos, alineados en distintas colas.

"Ahora arrancaremos en fila: enciendan los cuatro 'warnings' y no pierdan de vista el coche de delante"

Al rato (21.30 horas), aparece un gentil muchacho conduciendo una pequeña furgoneta, con un pirulí luminoso, tipo sirena (sin silbar, ni hacer ruido alguno), en su techo que lanza destellos rojos por doquier. Se baja de su vehículo y te dice: "Ahora arrancaremos en fila; pongan su coche en marcha, enciendan los cuatro 'warnings' y no pierdan de vista al coche de delante". De lo contrario, perderán el barco a Palma. Esta última frase no se la oí decir al chico, pero podía haberla pronunciado perfectamente. Es más, ¡debería!, porque es la clave de toda esta (ahora sí lo escribo) maldita yincana.

Porque, a partir de entonces y luego de que los viajeros hayan recogido sus perros, los cochecitos de los niños, la pelota, atado, de nuevo, a los bebés en los asientos traseros, abrigado, otra vez, a las abuelas, la inmensa caravana de todo tipo de coches se pone en marcha, cierto, cada uno con las cuatro luces de advertencia o emergencia a todo trapo, a plena luminosidad, persiguiendo a la furgoneta, que, lógicamente, si no eres de los diez primeros la pierdes de vista en el primer cruce, en el primer semáforo, por cierto, donde hay otro muchacho con peto amarillo fluorescente, que hace las veces (¿ilegal, no?) de guardia urbano (¡no, porque es zona portuaria!), con un rapidísimo y animadísimo "pasen, pasen, pasen".

No puedes perder al vehículo de delante

La cola se alarga. Tú sufres porque no puedes perder al vehículo de delante. Pero el coche de delante es el de un padre de familia con esposa, hijos, perro y abuela, que también se angustia. Y es que esa fila, sin ir a gran velocidad, no sabe dónde va. Y va serpenteando por todo el puerto (cierto, zona portuaria, no se inquiete la Guardia Urbana, atravesando, incluso, un puente. Son, lo hemos medido, 3.300 metros pero, a las 10 u 11 de la noche, esos tres kilómetros y pico parecen los 42.195 metros de la maratón.

Cola para embarcar en el ferry de Balearia / ELISENDA PONS

Porque, de verdad, no nos equivoquemos, no vas a la vuelta de la esquina. Cuando tu arrancas desde la explanada del World Trade Center no ves el barco, no ves Balearia, no ves el Abel Matutes, ni siquiera te dicen donde está y, desde luego, no te cuentan que vas de excursión, pegadito al vehículo de delante, que si se pierde, pierdes el buque. Y él también, claro.

Atraviesas muelles, aparcamientos de camiones, almacenes de contenedores

Atraviesas muelles, aparcamientos de camiones, almacenes de inmensos contenedores, que piensas se van a derrumbar a tu paso. Sabes que te llevan a tu barco, pero tú no lo ves. Solo ves el maletero del coche de delante ¡y vigila no perderlo! Te deslumbran sus 'warnings' y temes que si te despistas o, de pronto, frena el décimo de la cola, los 25 siguientes quedamos atrapados en un choque múltiple. Es más, cuando llegas al muelle y ves el buque, esperando la cola de coches, perdón, de 'warnings' con ruedas, crees haber aterrizado en Marte y te sientes, más que feliz, consolado.

Al día siguiente, llamas a Balearia y un encanto de chica te dice que todo es culpa de las obras que se están "acometiendo" en el Moll Adossat, que impiden que los vehículos puedan estacionarse a los pies del navío. Y te dicen más (y es cuando tú flipas ya de forma definitiva): este "acompañamiento", que es como la naviera define la yincana sufridora, está previsto que pase a la historia en el mes de abril, "cuando los trabajos se supone que habrán concluido". Y cierra la explicación (y esto le interesará a los jefes de la comisaria de Sants-Montjuïc) diciéndote que "la comitiva que se forma se hace con total control y sin causar problemas al resto de usuarios de la vía pública".

Será así, pero yo, el conductor de delante, su esposa, su hijo, la abuela y el perro lo pasamos fatal. Llegamos, pero al de la 'furgo' con el pirulí luminoso a tope no lo volví a ver en los 3.300 metros de yincana. Y yo ya tengo 66 años para sufrir tanto.

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