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BARCELONEANDO

Un cortado en el tanatorio

Los bares de los cuatro establecimientos funerarios cierran a las nueve en punto

Olga Merino

Coche funerario. Al fondo, la cafetería de Sancho de Ávila.

Coche funerario. Al fondo, la cafetería de Sancho de Ávila. / ELISENDA PONS

El paciente lector sabrá disculpar el tono cenizo de estas líneas que versan sobre el lance de tomarse un cortado (o una tila) en un bar de tanatorio, en plan observador, sin la congoja de tener a un ser querido en las dependencias. ¿A qué se debe el acento fúnebre? Pues será la gripe de este año o bien el impasse político, ambos fenómenos con idéntica vocación de permanecer. O será la voladura de puentes. O la pena por el cierre de las revistas 'Tiempo' e 'Interviú' después de 40 años, la nostalgia por la transformación de un mundo, el del periodismo y alrededores, en el que tantos venimos ganándonos más o menos el pan desde la noche de los tiempos.

Ya puestos, también se podría velar el cuerpo presente de la ciudad. Eso es precisamente lo que sucede en una novela de Juan Bonilla de hace unos cuantos años, titulada 'Cansados de estar muertos'. En ella el escritor imagina una urbe donde las ordenanzas municipales obligan a cerrar todos los bares a la medianoche en punto, de manera que unos cuantos bohemios y otra fauna perdularia acaban reuniéndose en la cantina del tanatorio local a falta de mejores lugares donde seguir bebiendo. En realidad, en Madrid eso era posible hasta no hace mucho porque la cafetería del tanatorio de la M-30 no cerraba nunca, 24 horas 'non-stop'. Ahora, en cambio, echan la persiana a las doce, quizá porque ya muy pocos familiares se quedan en las dependencias a velar al finado durante la noche.

La cafetería de Sancho de Ávila ofrece mesas limpísimas para leer sin ruidos ni tragaperras

En Barcelona, las cafeterías de los cuatro establecimientos funerarios cierran incluso antes: a las nueve, y para casa. Lo supe la otra tarde, una tarde desangelada de esta semana, en que me acerqué echando un paseo hasta el de Sancho de Ávila, por ser el más céntrico y, por así decirlo, el de toda la vida. O casi. Lo inauguraron en 1968 y fue el primero abierto en España, justo en la época en que comenzaron a cambiar los hábitos de duelo. Cuentan que antiguamente el velatorio se hacía en el domicilio familiar -las casas eran más grandes; todo era más grande antes- con la intención de que ni el difunto ni sus allegados estuviesen solos un segundo en la noche del deceso, así que iba llegando gente, vecinos, parientes lejanos, y se tomaba chocolate, pastas caseras y aguardiente. Unos rezaban; otros se recogían en la cocina a cuchichear, a contar chistes.

Por suerte, la tarde de la visita a Sancho de Ávila se respiraba en el aire una sutil aceptación del hecho definitivo, sin estridencias, como cuando fallece un abuelo que ha tenido una muerte plácida. “Era ya muy mayor”; “gracias por todo”; “a ver si nos vemos allí la semana que viene tomando un gintónic”. Frases cazadas al vuelo entre sala y sala. Aunque han cambiado las formas, la esencia del rito permanece tal cual.

Es el tanatorio más veterano de España, fundado en 1968, cuando comenzaron a cambiar los hábitos del velatorio

La cafetería, por cierto, un descubrimiento: limpísima, con unas mesas de melamina blanca que invitan a sentarse a leer, a estar. Ni máquina tragaperras, ni la tele a todo plan, ni olor a fritanga. La infusión cuesta 1,50 euros y el menú de mediodía 12,20; también ofrecen un plato 'wellness' porque nos empeñamos en llegar a la muerte en perfecto estado de revista. Tal vez, en su conjunto, el recinto resulte demasiado aséptico, como cantina de hospital o de colegio mayor, sin las botellas para los carajillos a la vista ni la pata de jamón aceitada. Decoran las paredes fotografías de las farolas modernistas de Barcelona, recortadas sobre un cielo en un tono azul crepúsculo muy acorde.

En los bares de tanatorio se merienda y se come los bocadillos a deshoras a que obligan la muerte y sus papeleos. Nadie grita. Los empleados a menudo se refugian en su interior para darse un respiro entre servicio y servicio y hablan de sus cosas: “El domingo estuve sola”; “ya me voy, mañana será otro día”; “llegaron dos chóferes con depósito”. Frases cazadas al vuelo; la muerte como trámite y su jerga. En los bares de tanatorio, a veces, una mamá joven da de mamar a su bebé porque la vida es imparable.