BARCELONEANDO

Baños de gongs

"Necesitamos afinarnos", aseguran Óscar y Alicia. Son terapeutas de sonido. Ofrecen en Sants sesiones vibrantes. Literalmente

Baño de gongs en el centro Armonía, en Sants. Con las mazas, Óscar y Alicia. / ÁLVARO MONGE

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Ana Sánchez
Ana Sánchez

Periodista

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Decir que el concierto te hace vibrar aquí se pasaría de literal. Te vibra todo el cuerpo con cada golpe de gong –¡gonngggg!- como si tuvieras al Pájaro Loco anidando en el estómago. “Es un instrumento de altísimo poder vibracional”, advertía Óscar antes de empezar. “Lo ideal es no tener expectativas –añadía-, pero es probable que se sientan cosas durante el concierto”.

Alguna expectativa tienes sin querer: el centro se llama Armonía. Hay seis gongs colgados en medio de la sala. Alrededor, una docena de personas tumbadas con manta. Se respira ambiente zen. “Baños de gongs”, llaman a estas sesiones. Entiendes la metáfora en cuanto oyes –sientes- el primero: el sonido te va empapando, te cala por dentro. Así, 45 minutos sin parar. Suena a templo tibetano, a ballenas, a banda sonora de nave alienígena. ¿Seguro que son gongs? Jurarás que hasta los escuchas cantar.

“Es ver el cuerpo humano como si fuese una orquesta”, explican Óscar y Alicia cuando dejan las mazas. “Necesitamos afinarnos”, añaden. Son profesores de kundalini yoga, terapeutas de sonido, maestros de gong. Hace tres años que ofrecen baños, ‘pujas’ (los gongs suenan toda una noche), terapias de sonido individuales, conciertos. “Todo es terapéutico”, promete Alicia. 

"La vibración, mediante la ley de resonancia, impacta incluso en los átomos y es capaz de alterar la frecuencia con la que vibran", cuenta Óscar 

Es pura ciencia, aseguran. “La vibración, mediante un principio físico que se llama ley de resonancia, impacta incluso en los átomos y es capaz de alterar la frecuencia con la que vibran –cuenta Óscar-. Cuando un órgano está alterado, es porque las moléculas que lo forman también lo están. Aplicando determinadas frecuencias, se intenta devolverlo a su frecuencia natural”. No buscan que suene bonito. “Trabajamos con frecuencias”, dice Óscar. Cada gong tiene una. La mayoría de los que tienen en el centro son “planetarios”, los llaman. "Cada uno está afinado con la frecuencia captada por la NASA de un cuerpo celeste", explica Óscar. Ahí están la Tierra, el Sol, la Luna y un asteroide llamado Quirón.

Alicia vierte agua en un cuenco tibetano. “Para que veas qué es la vibración”. Da un golpe al cuenco y el agua se mueve en bloque. Llega a formar mandalas, asegura. (En internet hay unos cuantos vídeos). Eso es lo que nos pasa por dentro con cada gong. “El 70%-80% de nuestro cuerpo es líquido”.

Óscar Bastante, 55 años. Sí, le han hecho todo tipo de chistes con su apellido: le han llamado Mucho, Suficiente, hasta Bustamante. Tiene voz de radio. Lo mismo te canta mantras en sánscrito que una de Led Zeppelin.

Bibiji –ese es su "nombre espiritual de yoga", dice Alicia-, 60 años. Hace 20 que aprendió a tocar cuencos tibetanos. Hace 10 que Óscar le regaló su primer gong. Aprendió a tocarlo con el “maestro Don Conreaux”, recuerda. “Es discípulo de Yogi Bhajan, quien trajo el kundalini yoga a occidente –explica-. Tiene 83 años y sigue viajando por todo el mundo”.

"Hay 27 toques diferentes"

No, no se coge una maza y se golpea sin más. Tocar un gong es más complicado de lo que parece. Como intentar entender una frase completa de Rajoy. “Hay 27 toques diferentes”, informa Óscar. De arriba abajo, en diagonal, con dos mazas a la vez. Nunca en el punto central, que se desafina. Ahora frotan el gong con ‘flummies’. ¿Flum-qué? Es lo que utilizan para que el gong ‘cante’, explican. Cantos de ballenas, dirán unos; efectos espaciales de película, les recuerda a otros.

La mayoría de los gongs se fabrican en Alemania. "El tamaño importa en este caso" 

¿Les suena a chino? Pues no: la mayoría de gongs se fabrican ¡en Alemania!, dicen Óscar y Alicia. “El tamaño importa en este caso”, se ríen. “Y la aleación”. Los más antiguos se llaman ‘tam tam’ o sinfónicos. “Están hechos de hierro y bronce. “Los primeros gongs nacieron en lo que ahora llamamos China –Óscar se remonta 5.000 años -. Cuando se acababa una guerra, fundían las espadas que habían sobrado y hacían los gongs. Cuando los tocaban, la gente se enteraba de que había acabado la guerra”. Hoy habría que hacerlos con cartas.

Un momento del último baño de gongs en la sala Armonía. / ALVARO MONGE

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Termina el baño de gongs. El relax se palpa. Los sonidos pasan a formato ‘spa’: ahora se oye el mar (un tambor oceánico), una kalimba, las campanitas de un ‘shanti’. Silencio. 5 minutos de silencio.

“Me he dormido”, reconocen varios bañistas de secano. Sí, se ha oído más de un ronquido. ¿Qué han sentido? “Armonía, paz, bienestar”, cuenta Ángeles. “A mí me hace volver a mi equilibrio”, dice otra Ángeles. “¿Qué has sentido tú?”, Antonia responde con otra pregunta. “Muchas cosas”, le dices. “Pues a eso venimos –replica-. A sentir”.