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Misa por Cardenal Casañas, no el prelado, la calle

Aunque corta, esta era una calle para bien vestir y bien leer, con un toque Lubistch, pero en nombre de la 'marca Barcelona' ha muerto

La Cereria Gallissa y sus casi 200 años de edad, junto a una muestra representativa de los males actuales de la calle.

La Cereria Gallissa y sus casi 200 años de edad, junto a una muestra representativa de los males actuales de la calle. / FERRAN NADEU

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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El cardenal Salvador Casañas a punto estuvo de morir el 24 de diciembre de 1905 cuando un anarquista, José Sala, trató de apuñalarle a la salida del claustro de la Catedral. Carlista y catalanista, el monseñor salió ileso. No así Sala, que al día siguiente murió en la cárcel en inexplicadas circunstancias. El cardenal murió en la cama tres años después, dicen las crónicas de la época que de forma inesperada. Ni 24 horas antes estaba él tan lozano, repartiendo indulgencias. Se podría inferir que ahí terminan, con solo dos capítulos, las relaciones de Casañas y la Parca, pero hay un tercer episodio. Le dedicaron una calle, sobradamente conocida, que une la plaza del Pi y la Rambla, que si no está muerta, agoniza. De eso va esta excursión. Es una misa por Cardenal Casañas, la calle.

Lo que el anarquismo no logró hace 100 años con el cardenal Casañas lo ha logrado el turismo con la calle que le dedicaron

Los venecianos hace años ya que se mueven de un lado a otro de su ciudad a través de los ‘cammini poco battuti dai turisti’, rutas que si no son exactamente secretas, sí que son alternativas, algo es algo. Cómo ir de ‘a’ a ‘z’ sin tropezar con el resto del abecedario.  La calle del Cardenal Casañas había adquirido un poco ese rol estos últimos años. Era un capilar de la trama urbana perfecto para evitar una arteria como la Rambla. Lo era, además, con el aliciente de ser un ecosistema comercial digno de ser visto, porque conservaba buena parte de la esencia de su edad de oro. Que tuvo una etapa deslumbrante dan fe (que es lo mejor que se puede dar en una calle dedica a un general del clero) dos tiendas ancianas, la Cerería Gallissa, fundada en 1826, o sea, antes de la primera gran quema de conventos, que ya queda lejos, y la Llibreria Pompeia, que no solo tiene 95 años, sino también un nombre deliciosamente evocador.

Son (perdón por la cursilada) las flores del cementerio, porque el resto de la calle es un camposanto de lo que un día fue. Lo normal es recordar los decesos más recientes, como la Documenta, que aunque no era del año del catapún era para los lectores una librería canónica (¡no en el sentido religioso del término!), y con el plus de que ocupaba los mismos bajos que antes habían servido de sede del Patufet, tal vez el inicio en la lectura de muchos de los clientes de Josep Cots. Igual que la Documenta ha renacido en el Eixample, Casa Piera, otro icono (tampoco en sentido religioso) de Cardenal Casañas, se fue al Raval por culpa de los alquileres. Casa Piera era (y es ahora en Pintor Fortuny, una calle muy apropiada) una delicia incluso para quienes son un zote en las bellas artes.

Antes de la Gran Guerra, la moda de París y Viena compartía escaparate en la calle del Cardenal Casañas

Pero la época dorada de la calle es incluso anterior. A Cardenal Casañas iba uno a vestirse. Tuvo una de sus primera tiendas Gonzalo Comella y, en la esquina de la Rambla, estaba la sede original de Santa Eulàlia, que, más o menos cuando el cardenal tuvo su ‘tête à tête’ con el anarquismo, importaba la última moda de París y Viena antes de la Gran Guerra y causaba sensación en la ciudad. De aquella Santa Eulàlia se conserva una anécdota estupenda. Llegada la guerra civil, el establecimiento se colectivizó y se le cambió el nombre, para que fuera menos beato, por el de Santaeulàlia. Lo curioso no es eso. Lo anecdótico es que el departamento de confección se destinó a la producción de uniformes para el ejército republicano y que el responsable de la colectivización, como aquello le venía muy ancho, visitaba al dueño de la tienda allí donde se escondía para pedirle consejos.

Los peligros del gótico

La cuestión es que las calles son sus tiendas, pero también los relatos que se cuentas sobre ellas, y en Cardenal Casañas son abundantes. Está el caso de la pasamanería Jover, cuyo propietario, por darle empaque a su negocio quisó que las tarjetas de visita de la tienda se imprimieran en letra gótica. Se lo encargó a los dueños de Pompeia que, en un momento de lucidez, le avisaron de cuán confusa es la uve gótica, que parece más bien una ‘d’. ¡Joder!

A la calle solo le faltaba antaño un sñor Matuschek. Hoy le falta de casi todo

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Eran una familia. Cada 28 de diciembre reían todos juntos la misma broma. Colocaban un paquete de regalo sobre la reja de la alcantarilla, pero por debajo, una cuerda y palo impedían que los incautos se lo pudieran llevar. Desde detrás de los escaparates compartían con complicidad las risas con los de la otra acera, entre ellos, el dueño de aquella mercería que obsequiaba con unas medias gratis a las señoras que se las dejaran poner, como un señor Matuschek desencadenado. Hubo un tiempo en que todo aquello era muy Lubitsch, una versión aumentada y corregida de ‘El bazar de las sorpresas’, pero cerró la tienda de ‘queviures’, también La Sedera, que era como El Indio, pero al otro lado de la Rambla, los almacenes Robles, la mercería Can Soto, y abrieron tiendas entrañables, de vida breve, como la juguetería alemana de Andrea Ulrich.

A veces cierran tiendas emblemáticas. A veces, que es peor, mueren calles.