EXPLOTACIÓN

Un explotador a mujeres obligadas a mendigar: "Haceos las cojas, poned cara de pena"

Vivían sobre colchones esparcidos en una azotea del Raval y recibían "palizas tremendas" si traían poco dinero

Mossos y Guardia Urbana constatan el primer caso en Barcelona de mendicidad organizada

 Azotea de la calle Hospital de Barcelona en la que vivian las victimas obligadas a mendigar  

 Azotea de la calle Hospital de Barcelona en la que vivian las victimas obligadas a mendigar   / GUILLEM SÀNCHEZ

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GUILLEM SÀNCHEZ / BARCELONA

La historia que ha permitido acreditar por primera vez en Barcelona la existencia de un explotador de mendigos nació en el mes de octubre del 2016, en RumaníaAlina (nombre falso) era entonces una mujer de la limpieza de 43 años para quien la posibilidad de cobrar 200 euros ‘trabajando’ de pedigüeña en Barcelona resultó demasiado tentadora.

Esa era la cifra que le habían prometido a su primo -un hombre que sufrió la amputación de una pierna- si aceptaba abandonar su Rumanía natal e instalarse en Barcelona. La oferta incluía transporte y residencia. Ella y su hermana se subieron al carro. Desde España, un hombre rumano que aquí se hacía llamar ‘Alberto’, les compró billetes de autobús a los tres. Les prometió que les estaría esperando en la estación de Barcelona.

Cuando el autobús se detuvo, conocieron a Alberto, un hombre de 48 años, corpulento y de mirada violenta. Él les condujo hasta la residencia pactada, en el carrer Hospital del Raval. La 'residencia', en realidad, era la azotea del edificio. Todavía siguen esparcidos por el suelo los colchones en los que durmieron a la intemperie. Él dormía en un palomar construido en el mismo terrado junto a su novia, una joven de 24 años a la que obligaba a prostituirse. Lo primero que hizo con Alina y con su hermana fue quitarles toda la documentación. Entendieron enseguida que se habían convertido en sus esclavas.  

PALIZAS TREMENDAS

Los tres comenzaron a mendigar al día siguiente. Alina recibió el encargo de situarse junto al Centro Comercial Glòries. Periódicamente se presentaban por allí, sin avisar, tanto Alberto como su novia. Eran visitas sorpresas que perseguían atormentarla para que conviviera con la sensación de que, si se alejaba de la zona, podrían descubrirla y ello, inevitablemente, acarrearía consecuencias. 

Según explica Josep Antoni López, subinspector de los Mossos d’Esquadra, las mujeres recibían "palizas tremendas" cada vez que regresaban al domicilio de la calle Hospital con poco dinero recaudado. "Hemos visto fotografías que se tomaron de las piernas y de la espalda que lo demuestran", insiste. Golpearlas sin clemencia era algo que Alberto hacía con un doble objetivo: castigarlas y convertir en real la cojera que debían impostar. "Les decía que tenían que poner cara de pena y simular que no podían caminar", recuerda el subinspector. A Alina le dio una muleta para condimentar la farsa de su invalidez.  

Al menos en dos ocasiones, Alberto eligió un modo distinto de castigar a Alina. Lo que hizo fue ofrecer el cuerpo de la mujer a quien pagara por acostarse con ella. La primera vez la ofreció a un solo hombre. La segunda, a un grupo de indigentes que dormían al raso cerca del paseo Nova Icaria. 

LA HUIDA

El 23 de mayo, tras ocho meses de secuestro, Alina tomó la decisión de escapar. Se marchó de aquel terrado inmundo y pasó la noche recostada en un banco de la plaza España, junto a la comisaría de los Mossos. Por la mañana, a primera hora, se recompuso y entró para presentar una denuncia.

Con el relato de esta mujer, los investigadores tuvieron por primera vez pruebas contra un explotador de mendigos. "Existía desde hace tiempo la leyenda urbana de una furgoneta que reparte rumanas para pedir por la ciudad", recuerda López, pero gracias a Alina esta vez ha quedado acreditado que "algo de eso, hay".

EL OGRO

Los Mossos, junto a agentes de la comisaría de Ciutat Vella de la Guardia Urbana de Barcelona, abrieron un caso que bautizaron con el nombre de la calle, 'Hospital', y estrecharon el círculo sobre Alberto. No tardaron en hallar indicios que apuntaban en la misma dirección que Alina. El día 1 de junio, supieron que pretendía huir porque sospechaba que había sido denunciado por Alina. Lo atraparon a él y a su novia en la estación del Norte, cuando la pareja estaba esperando un autobús para marcharse a Rumanía.

El hombre llevaba encima 1.000 euros en efectivo y se acababa de comprar un teléfono que costaba otros 1.000 euros. En un bolsillo apareció también el comprovante que recogía que acababa de ingresar 9.000 euros. El juez ya ha metido en la cárcel preventivamente a Alberto, mientras que a su novia la dejado en libertad con cargos. 

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Según han relatado a este diario personas que piden no ser citadas por miedo a sufrir su violencia si algún día escapa de la prisión, Alberto habría explotado a "más de una decena de personas" durante los dos años que ha residido en la calle Hospital. A muchas de estas víctimas no las trajo engañadas, directamente "las compró a sus familiares en Rumanía". Casi siempre se traía ancianos. Y también a ellos "les pegaba". 

Alina ha sido acogida por los servicios sociales de la ciudad mientras está a la espera de recibir un duplicado de la documentación que le quitó Alberto. En cuanto la reciba, regresará a Rumanía.