La torre Agbar se concibió más como icono que como edificio multiusos

El rascacielos fue ideado en la mesa de un restaurante y sufrió recortes que complicaban mucho su reconversión en hotel

La Torre Glòries de Barcelona. 

La Torre Glòries de Barcelona.  / FERRAN NADEU

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CARLES COLS - PATRICIA CASTÁN / BARCELONA

La Torre Agbar fue concebida en la mesa de un restaurante, como el contrato de Messi. Fue en La Balsa. A un lado de la mesa estaba Santiago Mercadé, consejero delegado del grupo inmobiliario Layetana, dueño de 50.000 metros cuadrados junto a la plaza de las Glòries. Al otro lado, Jean Nouvel, arquitecto sin obra aún entonces en Barcelona, una ciudad gobernada por un médico, Joan Clos, con especial debilidad por la arquitectura, tanta o más que el propio Mercadé, y que, sin apenas debate ciudadano, había decidido levantar el veto a los edificios altos que se había autoimpuesto el ayuntamiento desde que con motivo de los JJOO permitió la construcción de dos torres en la Vila Olímpica. El plan inicial para 1992 era levantar en primera línea de mar una batería de rascacielos, pero esa solución finalmente se desdeñó, dicen que por un ataque de prudencia.

Nouvel realizó algunos esbozos aquel día en el restaurante. Fue un primer intercambio de ideas. En una reunión posterior, pasados unos días, regresó a Barcelona con tres diseños ya más perfilados. Los mostró y no calló. Mercadé eligió el que más le gustaba a Nouvel, el edificio en forma de bala, un reto de ingeniería, sin duda, pero, a la hora de la verdad, más una escultura que un edificio funcional.

40 METROS CORTO

Tardó unos meses en saberse un detalle crucial que, tal vez, explica los actuales vaivenes, y que se haya pasado de quererlo convertir en hotel -sin éxito- a optar, esta semana, por mantener su uso de oficinas, aunque para diversas empresas y renovadas. Nouvel imaginó de entrada una torre más alta. Mide 142 metros. Tal vez pretendió alcanzar los 180 del 30 St Mary Axe de Londres, otro edificio bala, en este caso de Norman Foster, que se construyó casi al mismo tiempo. Más altura le habría proporcionado a la torre Agbar unas plantas más holgadas. Desde fuera, su silueta fascina. Pero, dentro, la estructura central, que alberga las cajas de ascensores y las conducciones de servicios, hipoteca gran parte de la superficie aparentemente disponible.

Fuentes municipales aseguraron en su día que Clos puso el freno. Igual que abrió el grifo para que los edificios altos volvieran a la ciudad, al ver la fuerza del chorro, lo reguló. Nada tenía que amenazar el futuro reinado de la Sagrada Família y sus 172 metros previstos para el 2026.

Poco o mucho, la torre Agbar ha sido desde su inauguración como aquellos despachos profesionales que eligen un edificio modernista para presumir de dirección postal. El precio que pagan es el de la escasa funcionalidad, el de la imposibilidad de alterar la distribución, por ejemplo.

Algo de eso tiene la torre de Jean Nouvel, que se volcó con especial cariño en su primera obra barcelonesa. Admirador de la obra de Gaudí, fue especialmente quisquilloso en la distribución de las ventanas. Parece no haber un orden claro en las formas que adoptan. Sin embargo, no es así. Las que están alineadas con la Sagrada Família forman un rectángulo perfectamente calculado para que enmarquen el templo como si fuera un cuadro. Son singularidades como esta las que subrayan que la torre Agbar lo es todo menos un edificio eminentemente funcional. Según se mire, lo contrario a un hotel.

COSTES Y BENEFICIOS

Convertir esa mole de 34 plantas en hotel de lujo, además de ser un reto arquitectónico, supone una inversión desmesurada que, según apuntan fuentes del sector hotelero, complicaban mucho la operación y su futura rentabilidad.

El sector ha perdido un competidor de 384 habitaciones, pero teme que el fallido proyecto hotelero dé una imagen internacional que perjudique a futuras inversiones en Barcelona. Los operadores consultados no creen que el ayuntamiento deba vanagloriarse del desenlace.

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El ayuntamiento aseguró el jueves que la concesión de la licencia (con trámites previos a la moratoria) era inminente, pero sus promotores han tirado la toalla justificando la decisión en las trabas administrativas. El socio de Ada Colau en el gobierno de la ciudad, Jaume Collboni, lo ha considerado "una buena noticia para la ciudad porque hay mucha demanda de oficinas" y la llegada de nuevas empresas internacionales permitirá diversificar la economía, opina.

En la oposición, lo que para C's y PP signfica una pérdida de inversiones y puestos de trabajo, para ERC equivale a esponjar la actividad hotelera hacia otras zonas, y para CiU, el fruto de las trabas que impone Colau al sector turístico.