"Llamaron a la puerta, había desaparecido don Anton"

Xita Sugranyes tal vez sea la única persona viva que conoció a Gaudí y que vivió de cerca su muerte

Xita , hija del arquitecto Domènec Sugranyes, recuerda a Gaudi y el día que murió. / JOAN CORTADELLAS

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CARLES COLS / BARCELONA

La muerte de Antoni Gaudí está en las hemerotecas y en las biografías, cómo no, pero también en la voz de Xita Sugranyes, que tal vez sea la única testigo viva de aquel 7 de junio en que un tranvía atropelló al arquitecto, hombre de rutinas, que como cada tarde compraba ‘La veu de Catalunya’ en la plaza de Urquinaona e iba a pie hasta la Sagrada Família. "Yo estaba en la cama y alguien llamó a la puerta con insistencia". Nacida en 1919, Sugranyes iba ya camino de los siete años. Vivía en el número 25 de la Ronda de Sant Pere. Su padre era Domènec Sugranyes, entonces mucho más que un discípulo de Gaudí, un joven reusense en quien confiaba. “Le explicaron que don Anton había desaparecido. Así le llamaba todo el mundo, don Anton”. Salieron a buscarle. Ella, claro, se quedó en la cama. Gaudí murió al cabo de tres días, un 10 de junio, se apresuró a destacar la prensa, como Jacint Verdaguer. Pero el siguiente recuerdo que guarda esta aún muy vital anciana no es ni el funeral ni la catártica reacción de los barceloneses, sino el desconsuelo en casa, a su padre lloroso. "Se ha acabado, la Sagrada Família ya no se construirá", decía.

Gaudí y Domènec Sugranyes iban de paseo  tal rompeolas, y con ellos, la hija del segundo, Xita.

Xita (“por favor, no me llame Conxita, que nunca me ha gustado”) conoció en vida a Antoni Gaudí. En Reus, los Sugranyes tenían una pastelería y allí, en el obrador del establecimiento, se organizaban unas animadas tertulias intelectuales a las que acudía Gaudí. Fue en esa trastienda donde conoció al padre de Xita. "Este chico debería ser arquitecto, le decía a mi abuela". Tenía un don con el dibujo. Y así sucedió, de modo que, ya en Barcelona, Gaudí y Sugranyes, con la Sagrada Família en obras y colaborando en otros proyectos, iban a pasar a menudo al rompeolas y Xita les acompañaba. "Le recuerdo con ese abrigo largo y viejo, metía la mano hasta el fondo del bolsillo y me sacaba unos cacahuetes".

20 DE JULIO DE 1936

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Ese es un recuerdo feliz. El tiempo suele pulir las aristas. También con una sonrisa cuenta el día en que su padre se quedó colgado de la fachada de la Pedrera. No pasó de un susto. La muerte de Gaudí, sin embargo, marcó un punto de inflexión en el hogar de los Sugranyes. El padre ya no fue nunca el mismo. Sin Gaudí, proseguir las obras de construcción parecía una cima inalcanzable. Pero peor fue aún el estallido de la guerra civil. El 20 de julio de 1936, una turba de la FAI entró en la Sagrada Família. “La maqueta que destruyeron la había hecho mi padre”, recuerda Xita. Aquel fue un día terrible. Ardieron miles de documentos y planos. La tumba de Gaudí sufrió daños, pero al menos sus restos fueron respetados, en contra del deseo que en una cruel carta dirigida a Salvador Dalí expresó Pablo Picasso, uno de los grandes detractores del genial arquitecto. “Un amigo mío vio el otro día por la tarde en Barcelona al señor Antoni Gaudí, le llevaban a rastras con una cuerda al cuello, tenía muy mal aspecto (lo que es natural en su estado) estaba bastante bien conservado (embalsamado), acababan de desenterrarlo. Los anarquistas siempre saben dónde se encuentra el tarro de la buena confitura”, escribió el pintor malagueño, inspirado, seguro, por la exhumación de cadávares de monjas que aquellos días convirtieron la ciudad en una capital macabra.

Sugranyes, por cierto, tuvo aquel día una actuación valiente. Un segundo grupo de anarquistas regresó al templo con el propósito de dinamitar la fachada del Nacimiento y derribar las torres. El padre de Xita salió al paso y logró que desistieran. Dos años más tarde, débil de salud, falleció.