20 feb 2020

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Mi perro es yogui

Lo llaman doga (dog + yoga). Es un invento neoyorquino que une en una misma esterilla mascotas y asanas. Lo ha traído a Barcelona la educadora canina Patricia Guerrero

Ana Sánchez

¿Te gustan los perros y te mola el yoga?, entonces lo tuyo es el Doga.

Hace años que “tener una vida de perros” significa acumular millones de ‘followers’ en Instagram. De hecho, cualquiera juraría sobre la tumba de Lassie que los canes de ahora son el eslabón perdido entre el mono y el hombre. El último terreno humano que han conquistado: la oficina. Ya hay empresas que permiten ir a trabajar con la mascota. Así que, a estas alturas, ver a un perro haciendo yoga sorprende tanto como descubrir a un político corrupto.

Doga, lo llaman. Si se teclea en Google, aparecerá un pelotón de perros sobre esterillas estirando las patas junto a sus dueños. Estirando las patas en formato asana. Doga = dog (perro) + yoga. Es un invento neoyorquino. Su ideóloga, Suzi Teitelman, ha llenado los platós de EEUU de perros en posturas imposibles. Hay hasta récord Guinness (270 perros practicaron en enero la sesión de doga más grande del mundo en Hong Kong).

"No es bueno tratar a los perros como personas –aconseja Patricia Guerrero–. Es un perro, hay que tratarlo como tal”

“Consiste en combinar técnicas de masajes para perros con posturas de yoga y relajación”, resume Patricia Guerrero en su web: PAT Educadora Canina. Ella es la que aparece junto al texto: tumbada en una esterilla con las piernas en alto y un border collie haciendo equilibrios sobre sus pies y manos. Además de educadora canina, Patricia es instructora de doga con la bendición de Teitelman. Nadie le puede negar que tiene olfato: es amiga del dueño del Rastreator del anuncio.

Hace un año, empezó a hacer sesiones de doga en parques. Hace seis meses, las trasladó al centro Anam Cara. “No es fácil encontrar una sala en la que te dejen estar con perros”, se lamenta. En la puerta hay cartel 'dog friendly': “Perros buenos bienvenidos”. Es un centro de terapias naturales. “Para personas, no para perros”, sonríe la propietaria, Nuria. Excepto los viernes.

"YO NO DIFERENCIO RAZAS NI TAMAÑOS"

Cinco de la tarde. Hay seis esterillas extendidas. Patricia espera con Vespa, su border collie, ya olisqueando la esterilla. Al verlas, se evapora de golpe la imagen de perro yogui con pose de humano. No es bueno tratar a los perros como personas, dice la adiestradora con el deje del encantador de perros de la tele. “Es un perro, hay que tratarlo como tal”.

Llega Marta con Hope, un labrador marrón. Chantal, con Muppet, igual de grande, pero mestizo. Las dueñas se dan dos besos; los perros se huelen los traseros. “Yo no diferencio razas ni tamaños”, dice Patricia. Aparece Marga con Mina, un pequeño bodeguero andaluz. Y Sandra, con un salchicha: Tomeu. Los perros corretean nerviosos. “Son primerizos”, les justifica Patricia. “Al principio es normal. Piensan: ‘Hay perros y no puedo jugar. ¿De qué vas?”.

Las últimas en llegar son Sapna  Kiara, un gigantesco labrador negro. “Es una actividad de mujeres –Patricia mira a las presentes-. Que venga un hombre por voluntad propia no se ha dado el caso”, se ríen.

Se escucha música

seleccionada para perros y hay un difusor de feromonas para ayudar a que se relajen

Cada pareja dueña-perro ocupa su esterilla. “El primer día es un poco caótico”, advierte Patricia. “No tengáis expectativas”. Empieza a sonar música. Hay canciones seleccionadas para perros, explica la adiestradora. “Hay frecuencias que les relajan más que otras”, añade. “También pongo un difusor de feromonas para ayudar a que se relajen. Nosotros no las notamos, pero ellos sí”.

COLOQUIOS CANINOS Y FINDES PERRUNOS

El doga empieza con masajes: las mascotas se dejan toquetear con alguna lengua fuera. Una vez relajados, llegan las posturas de yoga: estiramientos clásicos pero con perro. Estiran músculos tanto dueña como can. El más-difícil-todavía de hoy: tumbadas en las esterillas, intentan levantar la pelvis con la mascota en el pecho. Tomeu llora. Hope se rebela y se sienta. “No pasa nada”, le quita importancia Patricia. La sesión concluye con unos minutos de relajación. “Cerrad los ojos”, pide la instructora. Suena Yann Tiersen, la adiestradora recita un cuento zen. Después, silencio. Silencio de misa. A partir de ese momento, es a los humanos a los que les entran ganas de soltar un “¡guau!”.

No es que ahora haya más gente con perro, desmiente Patricia. “La gente que tiene perro es más consciente de que debe compartir el día a día con él”. Ella pone facilidades: aparte de doga, organiza coloquios caninos, clubs del olfato, 'urban dog running', findes perrunos y rutas por Barcelona (con perro e historiadora). A este paso, será un cumplido que te pongan cara de perro.