24 feb 2020

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barceloneando

Hay una jaula sin jilguero, nene

Ferran Terraza habla como Rubianes. Hace reír como Rubianes. Quizá sea Rubianes

ELOY CARRASCO

Han pasado seis años ya desde que se fue Pepe Rubianes y nos dejó a solas con sus reflexiones, que algunos nunca se tomaron en serio porque, como él las camuflaba con el disfraz de la risa, se fijaban solo en el envoltorio del léxico rudo y el batir de la mandíbula. Rubianes se perdió esta crisis tan espantosa y la oportunidad de poner en su sitio a los cientos de granujas que en ella han metido la zarpa, así que se echan de menos sus cataplasmas, aquel jarabe de carcajadas que habría ayudado a tragarse mejor todos estos sapos que no hay beso que los salve. A la vista de cualquier telediario de hoy, donde a todas horas aparece un nuevo descuidero con lamparones en la lengua y la uña podrida, es fácil preguntarse «¿qué habría dicho el Rubianes sobre Bárcenas, Pujol, Millet, Rato...?». Por no hablar de la invasión de mostrencos en su Barceloneta.

También -no nos pongamos tan sentimentales- habría estado bien conocer su opinión sobre si el vestido ese del demonio es azul y negro o blanco y dorado, o si son más puteros estos del Mobile o los de Construmat, y por qué. O, ya puestos, si el cafre del tackle borracho en la Diagonal merece, en exclusiva para él, la reinstauración de la horca o mejor el garrote vil, que estamos a un paso de eso. A todo le sacaba punta y con ese material se habría puesto las botas. Demasiadas balas, que el rapidísimo gatillo galaicocatalán no habría desperdiciado, nene.

Ferran Terraza (Barcelona, 1968) se hace a menudo la misma pregunta, y tal vez esté más cerca que nadie de las respuestas. No es que tenga una conexión cósmica ni una güija, pero es que desde hace unos meses habita dentro de Pepe Rubianes.

Actor de paso más o menos fugaz en muchas series (El cor de la ciutat, Los hombres de Paco, Hospital central, Águila Roja) y algunas películas ([Rec]), de pronto, tras dos décadas de profesión, le ha pasado por delante el tren de su vida. El maquinista es Toni

Coll, quien fuera amigo y representante de Rubianes, el hombre que lo fue a descubrir a un garito de Sevilla una noche del siglo pasado.

Desde noviembre y hasta nueva orden (el éxito indica que la vía aún tiene kilómetros), Terraza se calza una peluca, ropa negra y manos en jarras, sube al escenario del Teatre Aquitània, empieza a arquear las cejas y se transmuta en el mismísimo Rubianes. Lenguaraz, afilado, rotundo. «No es una imitación -se apresura a puntualizar-, porque Pepe era mucho Pepe. Sería muy osado por mi parte intentarlo». La cuestión es que el público se troncha a gusto. Son exactamente los mismos textos que escribió y atronó Rubianes, sin ahorro de aquellos epítetos contra Aznar Bush («ese borracho cocainómano... ¡que vuelva a beber ese tío!»). Sin morcillas de actualidad. Solo hubo una alusión al 9-N. Duró poco.

Tal vez sea cierto que Dios los cría y el viento los amontona, porque cuando Coll propuso a Terraza el plan Rubianes se cerró un triángulo: el gallego fue quien, «hace muchos años», dio el primer espaldarazo al que hoy lo revive en escena. Lo eligió en un cásting para un programa de televisión que al final no se hizo, aunque años después se reencontrarían en otros montajes.

Pese al largo tiempo de observación, entrar en una figura como la de Rubianes  era un hueso. Y huir del calco se complica cuando hay en común un timbre de voz tan similar. «Un día -recuerda Terraza- estaba en casa repasando una grabación de Pepe y llegó mi novia. Me preguntó qué era aquello, convencida de que quien hablaba era yo». Pero más allá de la técnica, y dada la breve caracterización que requiere la obra (la peluca), el clavo en el que deseaba acertar el martillo de Terraza era «el espíritu y la magia de Rubianes». Sintió que lo había logrado cuando, tras verlo en acción, Carmen Rubianes le dijo: «Tienes la energía y la sonrisa de mi hermano». Esa noche no pegó ojo pensando en que iba bien encaminado para llenar la jaula que se había quedado sin jilguero.