DEBATE

Turismo de ciudad o ciudad de turismo

Los ciudadanos reclaman un equilibrio entre la Barcelona para los visitantes y la Barcelona para quienes viven en ella

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JOSEP SAURÍ / BARCELONA

«Espero que la gente no venga con una lista de quejas, sino de propuestas y aportaciones», decía días atrás la teniente de alcalde de Economía, Empresa y Empleo, Sònia Recasens, cara a la audiencia pública sobre el modelo turístico de Barcelona que se celebrará mañana, a las siete de la tarde, en la biblioteca Joan Fuster. Más que probablemente va a haber de todo, propuestas y quejas, y en abundancia. Así ha ocurrido en los últimos años tanto en los centenares de cartas de ciudadanos en torno a los efectos del boom turístico de la ciudad publicadas por EL PERIÓDICO como en los distintos debates al respecto que el diario ha impulsado, y ha vuelto a ocurrir en el que ha abierto en estos días. Numerosos ciudadanos han expuesto tanto su diagnóstico sobre el modelo turístico barcelonés (o, a su juicio, la ausencia de este) como sus recetas, dispares pero con un objetivo por lo general compartido: hallar un equilibrio entre la Barcelona para los visitantes y la Barcelona para los barceloneses, potenciar el turismo de ciudad sin que esta quede reducida a una ciudad de turismo. En palabras de José Minguell (administrativo, 39 años, L'Hospitalet), «que el turismo sea la gallina de los huevos de oro no implica que todo valga».

Porque la trascendencia y la necesidad del impacto de la industria turística en la economía de la ciudad (10%-12% del PIB) no se discuten. «No olvidemos que el turismo, en todas sus formas, es la principal fuente de ingresos de Barcelona», apunta Josep Maria Ribó (51 años, mánager de producto). Lo que sí se cuestiona es cómo se reparte ese rendimiento económico: «El turismo debe extender sus beneficios a toda la comunidad. No puede ser un negocio para el que se dedica a él y un coste o molestia para los demás», considera Gabriel Picó (ingeniero químico, 50 años).

LA TASA TURÍSTICA / Más allá de los 120.000 empleos -de calidad muy desigual- vinculados, ¿cómo puede revertir en los ciudadanos ese beneficio? Desde un punto de vista general, se impone ampliamente una propuesta también defendida por las asociaciones de vecinos y que, aunque depende de instancias superiores, está en sintonía con la intención del propio ayuntamiento: que se destine la recaudación de la tasa turística -y también parte de otros impuestos que genera el negocio- a paliar las molestias que causa el turismo a los barceloneses, y no solo a la promoción turística como ahora. En cambio, la opción de que los ciudadanos participen directamente del negocio alquilando pisos o habitaciones resulta, como es bien sabido, infinitamente más controvertida. «No dejemos que los vecinos pierdan el derecho a vivir dignamente a causa de las continuas molestias de los pisos turísticos», escribe Núria Ferrer (enfermera, 51 años). «No se puede mezclar turismo e incivismo. Hay turistas cívicos y turistas incívicos, de la misma manera que hay gente local cívica e incívica. Tiene que haber una regulación permisiva, no restrictiva, que permita compartir, permutar o alquilar una vivienda. El turismo no puede ser solo para el lobi hotelero», replica Ribó.

El incivismo de algunos turistas es, en efecto, motivo de amargura, y no solo para quien sufre el jolgorio o la bronca desde el otro lado del tabique. Pero la sensación que embarga a muchos barceloneses de pérdida individual y colectiva, en su calidad de vida y en la relación con su ciudad, y que achacan al boom turístico tiene muchas otras caras: las mareas humanas del entorno de la Sagrada Familia, el Gòtic, la Rambla o la Boqueria; las flotas de autobuses en espera con los motores en marcha, las ristras de tiendas de suvenires donde hubo un vigoroso y variado tejido comercial, las cervezas a ocho euros y las fideuás de cartón piedra, los precios imposibles para alquilar una vivienda en el barrio de toda la vida. En resumen, sienten que Barcelona ya no es suya, o no es tan suya como lo era. Porque el monocultivo turístico le arrebata parte de su identidad, y porque les arrincona, les expulsa incluso. Así las cosas, los barceloneses reclaman por un lado una apuesta decidida por el turismo de calidad y, por otro, apoyo institucional para emprender la reconquista.

ACTIVIDADES PARA VECINOS / ¿Cómo se hace todo eso? Algo habrá que regular en algunos casos; en otros, quizá bastaría con la voluntad de aplicar con rigor las regulaciones ya existentes, como la ordenanza de civismo, opinan los ciudadanos. Y serían bien recibidas medidas proactivas que den facilidades a los barceloneses para que vuelvan a disfrutar de su ciudad, como precios especiales o gratuidad para acceder a museos monumentos o la celebración regular de actividades destinadas específicamente a ellos en espacios que hoy han perdido, como la propia Rambla. En palabras de Albert Bonjoch (64 años, pensionista), se trata de lograr «una ciudad en la que el visitante comparta sus bellezas con quien vive y trabaja en ella, sin crear ninguna distancia». Turismo de ciudad, no ciudad de turismo.

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No solo propuestas, pues, ni tampoco solo quejas; el debate ciudadano sobre el modelo turístico de la ciudad aporta ambas cosas y, por encima de todo, deseos. Será a la Administración a la que corresponderá, más allá de las premuras preelectorales y de las reacciones cuando las protestas vecinales se visibilizan, articular sus propuestas para satisfacer estos deseos, tratando en la medida de lo posible de conciliar los intereses de unos y otros y explorando el relativo margen que le dejan legislaciones de rango superior.

Nadie ha dicho que sea fácil, pero lo que en ningún caso va a poder alegarse es sorpresa sobre cómo viven y sienten muchos barceloneses la transformación de su ciudad en la cuarta más visitada del mundo. «Barcelona no nos pertenece. Los barceloneses solo somos figurantes de un parque temático. Cada vez es más evidente: la ciudad no se desarrolla para hacernos felices a nosotros, sino para distraer a los turistas. Cuando Barcelona sea una parodia de sí misma, se irán a visitar otras ciudades donde se respire autenticidad y encanto, donde no se sientan tan turistas y puedan fundirse en sus rincones ocultos con sus felices habitantes», escribía Elena Otero en una carta a este diario. En el 2006.