30 sep 2020

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a pie de calle

El rastro de los anuncios

Catalina Gayà

La noticia ya es global: The New York Times se ha hecho eco de la desaparición forzada de los viejos establecimientos de Barcelona, aquellos locales que muchas veces eran un cordón umbilical entre el presente y el pasado de Barcelona. Me pregunto si dejarán marcas, si los carteles que anuncian ahora casas de partituras, cotillerías o jugueterías dejarán algún signo en la ciudad que desaparece en el siglo XXI como lo han hecho talleres de artesanos, bodegas, fábricas de abanicos, almacenes de papel de madera o de zapatos desaparecidos en el XX. De estos, a veces, aún queda un anuncio, una letra publicitaria, unas palabras descontextualizadas (coñac, naipes, magos) en alguna esquina de la ciudad.

Esta crónica empezó cuando un cartel en la calle de Boters nos regaló la historia de una sastrería que regentó la señora Flora, mujer que aprendió el arte de las agujas en Francia. Ese cartel tiene memoria porque en el local la nieta de la señora aún trabaja con telas y agujas.

Busco carteles de la ciudad y los encuentro porque la ciudad hispterizada no descuelga los anuncios viejos, aunque ahora en un local que se anuncia como barbería haya una pastelería, lo que era una carnicería de carne de caballo sea simple vivienda o en una mercería se venda ropa vintage.

El cartel en mejor estado, incluso restaurado en grana, es el de Alfombras y tapices. Taller escuela de artesanía. Está en la calle de Avinyó y, hoy en día, en el edificio está una sede del Consorci de Normalització Lingüística. Ayer, varios turistas descansaban en la entrada en unos bancos dobles, de los que no hay en la calle. Había quien tomaba fotos. El cartel, por la actividad que anuncia, es un anacronismo en una ciudad turística y acelerada. Richard Sennett lo dice con claridad: en esta sociedad en la que todo el mundo está ávido de nuevas experiencias, lo artesano está en declive, desvalorizado.

Lo apuntaba y, cosas de esta ciudad, me apoyaba en un edificio de 1861 para observar el tránsito de una calle en la que los turistas buscan a Picasso. En el aparador del comercio del edificio de 1861 había una tetera, unas jarras de leche, un cenicero con una sirenita, un zapato de niño. Todo, de plata y con polvo de años.  En un cartel, leía: Dorados, plateados y niquelados.

Es Santiago Bagué, restauración de toda clase de metales, como se lee en otro cartel, desde 1917. Son tantos los colores, los neones y los locales que aparecen en esta calle que, lo que ha estado siempre ahí, es invisible. Entraba y encontraba, en una foto, al abuelo Santiago, el emprendedor que, en los 20, llegó de Monzón para abrir un taller de restauración de metales. Al hijo de este, en otra, y al nieto, también Santiago, sentado tras el mostrador.

Era Montserrat, su mujer, quien me atendía mientras el señor se animaba a explicar o a callar. Hablaba, por fin: su memoria con esa calle se remonta a sus 10 años y pasa por una óptica, el chófer de Macià, una bodega, una lechería... En la calle, ya no queda nada de ese pasado, ni siquiera un rastro de publicidad escrita a mano.

Hablaba ayer con un señor que es consciente de que su oficio se pierde con su generación. Lo decía sin desánimo. En 1861, el local se iluminaba con lámparas nobles. Sacaba su smartphone y me mostraba imágenes de unas miniaturas que talla en madera; lo aprendió con los jesuitas. En esos años en  que, por las tardes, iba al taller del abuelo maño. H