Fin de época en la Barceloneta

La calle de los Pescadors, engalanada, esta semana. / DANNY CAMINAL
En el 2011, el alemán Rasmus Sievers y la catalana Marina Monsonís estrenaron 'Die letzie strasse' ('La última calle'). Según la sinopsis de Filmaffinity, el mediometraje «hace parecer sencillo lo difícil: registrar la esencia de algo que desaparece». Ese algo que desaparece era la Barceloneta de las mujeres que preparan en comunidad, codo con codo en la calzada, la fiesta mayor de su calle, Pescadors. Cuando el 5 de octubre termine la fiesta mayor que acaba de empezar, esa Barceloneta que retrató diluirse la cámara de Sievers habrá desaparecido del todo. Después de 25 años, 'les nenes del davantal', como se conoce en el barrio al grupo de mujeres que recuperó y mantenía viva la tradición, los colgarán para siempre, con todo lo que eso significa. «Somos mayores, ya no podemos. Estamos cansadas y no ha habido relevo. Cada vez somos menos de los de siempre, y la gente nueva que llega no se implica como nosotras; es normal», explicaba el martes Joana Llorca, Juanita, mientras coseía con hilo de pescar una de las 4.000 hojas hechas con brics con que han decorada la calle. Pero eso será la semana que viene. De momento, la última fiesta acaba de empezar.
Juanita es hermana de Emilia Llorca, Emiliona, alma de la calle y de la lucha vecinal de la Barceloneta fallecida hace cinco años. Ella fue quien recuperó la tradición, antaño muy extendida en el barrio. «Por ella hemos seguido estos cinco años», cuenta la, pese al peso de los años, enérgica mujer.
VIDA EN COMÚN
Con el adiós de Pescadors se cierra un capítulo de la historia de la Barceloneta. De la historia de un barrio popular en el que las mujeres -aquí no cabe ninguna duda de que el bacalao lo cortan ellas- tejían durante todo el año una red de solidaridad y ayuda mutua que iba mucho más allá de los festejos en honor a Sant Miquel. «Con la excusa de la fiesta mayor todo el día estábamos en la calle. Empezó Emiliona con el pastel de los domingos para recaudar dinero para el material de los decorados», relatan. Después vino la lotería, que adoptó incontables formas (estas mujeres son capaces de vender boletos para sortearlo todo). «La Barceloneta ha cambiado tanto que es complicado hasta vender los números. La gente que anda por aquí ya no es del barrio, y claro, es mucho más difícil que compren», cuentan.
No se refieren solo a los inquilinos de paso en los pisos turísticos que tienen al barrio en pie de guerra, que también, sino a los vecinos más jóvenes -más que ellas, que rondan los 70 cuando no los sobrepasan- atraídos por un barrio pintoresco al lado del mar pero sin ningún vínculo emocional con sus no menos pintorescas tradiciones. En el contexto actual de oposición del barrio al modelo turístico, contra la expulsión del vecindario «de toda la vida», que en los últimos años ha ido siendo sustituido por vecinos por días, convirtiendo una barriada popular en una suerte de parque temático en primera línea de mar abierto 24 horas, en este contexto el adiós de la fiesta de la última calle que conservaba la tradición de adornarse no puede ser más simbólico.
25 AÑOS DE HISTORIA
El primer año de la época que estos días termina fue 1990. El tema elegido fue Italia. Colgaron ropa de colores de lado a lado de la calle. «Hicimos hasta pizzas. Fue muy divertido. Nos lo hemos pasado bien estos años», recuerdan. Pese a la nostalgia - «el último día lloraremos, claro que lloraremos», dice Rosa Andreu, otra de las mujeres que aún tiran del carro-, estos días preparaban la fiesta ilusionadas. Sonrientes. «Como le gustaría vernos a ella». Ella, Emiliona, está presente todo el rato de una forma extrañamente alegre, como una inyección de energía positiva. «En estos 25 años hemos hecho cosas chulísimas. Me acuerdo de cuando hicimos una lucha de barro de mujeres. ¡Fue buenísimo!», añade entre risas Rosa Serra, el tercer motor de la junta que este año se retira. Las tres hablan con la paz que solo dan los años.
BAILE CON OKUPAS
El entrañable micromundo que se respiraba estos días en la calle de Pescadors mientras 'les nenes del davantal' -ayudadas en el momento del montaje por sus hijos, sobrinos, nietos y maridos- ultimaban los decorados de la calle, se rompía solo por la irrupción, cada nada, de algún turista curioso retratando la exótica imagen. Presencia que rompía la burbuja y hacía poner los pies en el suelo de la Barceloneta del 2014, aquella en la que ya no cabe una fiesta popular en la que las abuelas bailaban con los okupas. Fue durante la batalla contra el plan de los ascensores, capitaneada por estas mujeres. Sus rivales, los defensores de un plan que implicaba expulsar a un gran número de vecinos eliminando sus minúsculos quarts de casa para abrir espacio a los elevadores que debían «modernizar» el barrio, se escudaban en que la oposición al mismo era solo cosa de «los okupas y de cuatro viejas». El 5 de octubre en la fiesta de despedida bailarán quizá el último 'agarrao'.
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