El auge de las iniciativas ciudadanas

El desencanto social hace eclosionar la autogestión

En los últimos años han surgido en Barcelona decenas de experiencias comunitarias

El Observatorio Metropolitano estudia el fenómeno en 'Comuns urbans'

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HELENA LÓPEZ
BARCELONA

Las experiencias de gestión comunitaria han sido una constante a lo largo de la historia de la ciudad. Barcelona cuenta con un rico currículo como vivero de movimientos sociales y proyectos de autogestión que va mucho más allá de Can Vies. Uno de los episodios más estudiados son las luchas vecinales de los años 70, en las que se ganaron escuelas, transporte público y hospitales. Cuarenta años más tarde, la tenaz crisis económica -que para no pocos empieza a tener visos de sistémica- y la desconfianza en un sistema y unas administraciones que no paran de sumar desafectos, las experiencias de autogestión se han multiplicado en la capital catalana. Más de medio centenar de iniciativas repartidas por los barrios configuran, de forma tímida pero parece que contagiosa, un nuevo escenario urbano. Una «ciudad común», como la define el estudio Comuns urbans a Barcelona elaborado por el Observatorio Metropolitano de Barcelona (OMB).

El OMB es un grupo de investigación abierto formado por un equipo interdisciplinar que reúne a una quincena de profesionales en su mayoría del ámbito de las ciencias sociales. Sociólogos, antropólogos y politólogos, muchos vinculados al mundo universitario. Otros no. He ahí su gracia. El nombre de su web es la mejor carta de presentación: Stupid City. Evidente ironía para bautizar un proyecto que estudia, precisamente, la ciudad que nace de la inteligencia colectiva, en contraposición a la smart city que, a sus ojos, excluye a muchos de los vecinos; los que trabajan para reapropiarse de la ciudad en proyectos como Babàlia o el CAP Besòs. Ante la lógica neoliberal, lo subversivo del «nos quieren en soledad, nos tendrán en común» que plantea la canción Runrún de Nacho Vegas recurriendo a la máxima del Patio Maravillas, espacio de referencia del Madrid rebelde.

«En un momento de recortes en áreas públicas de asistencia social y de reducción de derechos, queríamos ver qué tipo de modelo de ciudad se está prefigurando en las prácticas de gestión comunitaria», apunta el estudio, que analiza 17 proyectos de la Barcelona común. Una de las conclusiones del documento es que «dado el localismo y las débiles estructuras federativas» del fenómeno, su «capacidad de redistribuir recursos entre los diferentes colectivos y territorios es más bien limitada».

Uno de los objetivos de la elaboración del estudio es, precisamente, poner las iniciativas investigadas en común. Darlas a conocer e intentar teorizarlas. «La primera idea fue hacer un mapa, pero nos dimos cuenta de que quedarnos ahí no aportaba demasiado», afirma Laia Forné, una de las autoras.

OCHO CATEGORÍAS / El estudio se organiza en ocho categorías: cultura, cuidados, economía y finanzas solidarias, espacio público, vivienda, equipamientos y salud. «Muchas de las iniciativas recogidas en la investigación no son solo formas de solucionar problemas colectivos, sino que implican formas de contestación y desobediencia civil, a la vez que apelan a derechos sociales desatendidos por parte del Estado», prosigue Forné refiriéndose a experiencias como Can Batlló -el equipamiento autogestionado de referencia en la ciudad, con permiso del Ateneu de Nou Barris- o el Espacio del Inmigrante, que ofrece atención y asesoramiento sanitario en el Raval a personas excluidas del sistema público de salud. O como las Germanetes en el Eixample o L'Harmonia en Sant Andreu. O como la plaza de la Farigola en Vallcarca o el Pou de la Figuera en el Born. «Son experiencias que implican múltiples formas de desobediencia civil, la exigencia de nuevos derechos colectivos -aseguran en el OMB-. El territorio urbano es hoy por hoy un laboratorio social».

Pese a la evidente modestia de estos proyectos, cabe destacar su proliferación, en todos los barrios y centrados en ámbitos muy distintos. Desde la obra social de la PAH

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-edificios de la Sareb o banco malo okupados para realojar a familias que han sido desahuciadas - a cooperativas energéticas como Som Energia o de telecomunicaciones como Guifi.net. El estudio concluye así que «hay vida más allá de lo público-estatal y lo privado-mercantil».

DEBATE ABIERTO / Una vez analizada la situación, el debate está servido. ¿Sustituyen estas iniciativas a las instituciones públicas? «Está claro que son un revulsivo para su reinvención. El debate no es más o menos Estado, el debate es más o menos democracia. Lo que se pone en marcha es la potencia social que conquistó los derechos colectivos. No se renuncia a lo público; se recupera la idea de que lo público es lo común y se cuestionan unas instituciones que han fallado», concluyen.