07 jun 2020

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LIBROS. HISTORIA DE LA CIUDAD

Las heridas de Barcelona

CRISTINA SAVALL
BARCELONA

Terminada la guerra civil, en abril de 1939, la prioridad de Miguel Mateu, el primer alcalde franquista de Barcelona, era que la ciudad recuperara su latido cotidiano. Para ello era necesario repartir alimentos, limpiar las toneladas de escombros de los edificios demolidos por los bombardeos, reparar los suministros de agua, de gas y de electricidad, activar los servicios sanitarios y reconstruir la red de transportes, en especial el puerto, por donde debían llegar las mercancías. Pero pocos meses después, con el inicio de la segunda guerra mundial, Barcelona volvió al estado de alerta ante la incertidumbre sobre la resolución del conflicto.

En enero de 1941, en previsión de un avance de las tropas soviéticas, Franco aplicó un decreto que obligaba a construir refugios antiaéreos en todos los edificios nuevos de Barcelona. De ello versa uno de los capítulos más interesantes de 'Barcelona en postguerra. 1939-1945' (Efadós), una iniciativa de la Fundació Carles Pi i Sunyer, coordinada por Eulàlia Pérez, en la que han participado los historiadores Mireia Capdevila, Francesc Vilanova y Aram Monfort.

PLANOS  / «Ha sido un trabajo de detectives. Horas y horas en varios archivos de Barcelona y de fuera, incluido el Archivo General Militar de Ávila», explica Pérez. En esa búsqueda, el equipo de historiadores ha encontrado planos de refugios edificados después de la guerra, como el de la calle Provença, 292, cuyo plano se reproduce en el libro. «Algunos terminaron acogiendo cines ya desaparecidos», cuenta Capdevila.

«La construcción de esos refugios demuestra que el régimen franquista planificaba que España entrara en el conclicto bélico», asegura Joaquim Borràs, archivero en jefe del ayuntamiento, que ha apoyado la publicación de este ensayo que va más allá de la exposición central dedicada a la posguerra que se exhibe en el castillo de Montjuïc hasta el 30 de junio. «No es un catálogo», dice.

La reproducción de documentos muestra desde mapas militares a la cartilla de racionamiento que repartió el consistorio en la Navidad de 1941. El cupón, cuya entrega provocaba largas en la calle, incluía una hogaza de pan, 50 gramos de café, un cuarto de kilo de azúcar, 100 gramos de pasta, margarina, una bolsa de patatas y boniatos, otra de arroz, aceite y un pedacito de turrón.

Pero quien se lo podía permitir acudía al mercado clandestino de alimentos, al estraperlo, que se cobijaba en portales escondiéndose de la Brigada de la Represión de la Venta Ambulante, que derivaba a asilos y hospitales lo que requisaba, pero también a las familias de los voluntarios de la División Azul, que lucharon junto a Tercer Reich.