01 oct 2020

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a pie de calle

Barreras para enervar al peatón

Edwin Winkels Joan Barril

Una cosa es leerlo en un periódico, que en medio de Sant Feliu de Llobregat, capital comarcal de 43.000 habitantes, hay todavía un paso a nivel, que ya en 1980 se presentó el primer plan para soterrar las vías y que ha habido bastantes muertes ahí por atropellos del tren, casos en los que siempre se habla de «imprudencia» del peatón accidentado por cruzar las vías con las barreras bajadas. Otra cosa es verlo de cerca, vivirlo, y descubrir que eso de tener un paso a nivel en una línea tan concurrida a 15 minutos de la estación de Sants es un sinvivir, una pesadilla absurda, una broma muy pesada del Ministerio de Fomento que lleva 30 años prometiendo, planificando y borrando su eliminación. El lunes, la ministra Ana Pastor y el conseller Lluís Recoder ni debieron tratar el tema, porque estos 1,3 kilómetros por soterrar deben ser un tema muy menor.

Un paso a nivel, creía yo, es un lugar donde casi todo el día cruzan coches, motos, ciclistas y peatones, y donde de vez en cuando se bajan las barreras para dejar pasar un tren. No en Sant Feliu, donde Renfe o Adif o quien sea se divierten con un juego de gato y ratón; los transeúntes, los habitantes de la ciudad, son los ratones, que deben evitar dejarse atrapar por las barreras, más que por los trenes. Solo pasar una hora en este lugar de otros tiempos sirve para concluir que quien aquí cruza las vías con las barreras bajadas no suele ser un imprudente ni un impaciente. Pasan abuelos con bastón, una mujer con gemelos en un carrito, un tipo con una mesa sobre la cabeza, y todo mientras la señal dice «atención, no pase».

Pasan porque saben que si no la espera es eterna. Durante una hora, el paso a nivel está abierto poco más de 10 minutos. El resto, casi 50 minutos, es el amplio margen de tiempo que se toma Renfe, o Adif, para dejar pasar 12 trenes de Rodalies. A ver: para un ignorante como yo, parece lógico que cuando un tren llega desde Barcelona y se detiene en la estación, que está 100 metros antes del paso a nivel, las barreras bajan un ratito antes de que el maquinista vuelve a arrancar; tiempo suficiente. No en Sant Feliu. Bajan las barreras, y empieza la espera. Un minuto, dos... A los tres minutos, el tren aparece por la curva. A los cuatro se ha parado en el andén y a los casi cinco ha vuelto a arrancar y cruza el paso a nivel. Así continuamente, todo el día. Y si menos de tres minutos después viene un tren del sur, las barreras ni se suben; y hay rachas que pasan cuatro trenes en 10 minutos.

En la práctica, un mediodía del martes con el cronómetro en mano en la avenida Comte Vilardaga de Sant Feliu significa esto: las barreras bajadas durante 9.56 minutos; abiertas, 1.43; cerradas, 4.25; subidas, 1.44; bajadas, 4.58; abiertas, 3.20 (¡un milagro, el tiempo más largo! ); bajadas, 3.52; subidas, 1.23; cerradas, 10.48... Cualquiera se pone de los nervios, por lo que Renfe se cura en salud con un viejo cartel. Según el Real Orden de 13.8.1980 la compañía queda excluida de responsabilidades por accidentes con las barreras bajadas.