28 mar 2020

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a pie de calle

La nostalgia de los galgos

Edwin Winkels

Una inmensa, casi terrible, estranguladora sensación de nostalgia impregna el bar Domingo, en la calle de la Riera d'Horta. Nostalgia visible en las viejas mesas de fórmica, gastadas en su superficie de imitación de madera por partidas de dominó y por copas, tazas y brazos. Nostalgia en el pequeño lavabo, situado en un laberinto de cajas de botellas. Nostalgia en la mirada de Justi Martín, la dueña que a los 69 años ha decidido jubilarse; el bar está en traspaso. Y nostalgia, mucha, en los ojos perdidos y la voz ronca de Nicolás Arnáez, el único cliente en el bar. Un cliente fijo, desde hace décadas. «Es que yo tenía cuadras de perros, durante 43 años y medio».

Hace seis años se cerró el canódromo de la Meridiana que se había levantado delante del bar a principios de los años 60. Se fueron los galgos

-encontraron cobijo en toda España a través de protectoras de animales, asegura Nicolás- y llegó el vacío. ¿Qué hacer con ese espacio, con esa tribuna protegida, con premio FAD para el arquitecto Antoni Bonet? El ayuntamiento lo compró, y anunció primero que lo convertiría en un espacio polideportivo, con un párking subterráneo, y después le añadió pisos dotacionales para jóvenes y mayores.

Director sin trabajo

3 Ni una cosa ni otra. Finalmente, no hace mucho, se decidió reconvertirlo en el nuevo Centro de Arte Contemporáneo de Barcelona; incluso ya se hizo alguna exposición ahí, y se nombró un director, que lleva cobrando desde hace casi dos años para no hacer nada; a Mortiz Küng lo mandan de vuelta a Suiza, donde estará tiempo flipando por lo que le ha pasado en esa Barcelona kafkiana. Porque tampoco será eso, un gran centro de arte. Habrá un poquito de arte, pero muy poco.

De momento, parte del viejo canódromo, ahí donde corrían los galgos tras una liebre artificial, es algo parecido a un parque. Entre semana se sacan ahí muchos perros y los domingos se convierte en un lugar de encuentro de gente del barrio del Congrés. Juegan chavales a la pelota y los más pequeños se apoderan de un minúsculo parque infantil con solo tres aparatos; y eso que había espacio para hacer algo más grande.

Luego hay, perdidos por la plaza, 12 sillas fijas, cuatro aparatos para hacer ejercicios -¿la zona polideportiva?-, siete papeleras, 10 frágiles acacias que el próximo verano aún no darán mucha sombra. Unas cuantas farolas en plan moderno, además de 18 focos que apuntan desde lo alto de la tribuna. Una pequeña torre redonda donde antes, supongo, estaban los jueces de carrera, y una casita blanca con el centro de transformación BA91134 de Enher.

«Por la noche, siempre hay botellón», se queja Justi, poco amiga también del bar vecino, donde los dueños chinos abren hasta de madrugada, dice ella. Nostalgia. Esto, desde luego, ya no es lo mismo. «Todos los abuelitos que venían a ver las carreras y apostar un euro se han muerto ya, de aburrimiento», dice Nicolás, que recuerda que había carreras casi cada día, martes y jueves por la mañana, miércoles y viernes por la tarde y sábado y domingo mañana y tarde. Y el hombre se levanta, se va, y deja el bar vacío.