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a pie de calle

Café por 80 céntimos en la Rambla

Edwin Winkels

Ya me llamó la atención en la exposición que le organizó el Arxiu Fotogràfic de Barcelona, hace año y medio, esa foto de Frederic Ballell de un hombre con dos pequeños perros, que parecen dos ejemplares de Jack Russell, en medio de la Rambla. Era el año 1907. Ahora vas por la Rambla y es casi imposible ver a gente pasear con perros. Los turistas no los traen, y la gente de aquí, supongo, evita la Rambla. Menos mal, porque con todo lo que hay que aguantar ya en el bulevar turístico solo faltarían los excrementos caninos. En el libro sobre dicha cautivadora serie de Ballell de la Rambla en 1907-1908, que acaba de editar Viena, se explica que no solo se vendían perros en los puestos de animales, sino que también bajaban gitanos de Montjuïc a venderlos y que había gente como el hombre de la foto que alquilaba sus perros a comerciantes para cazar a molestos ratones en sus establecimientos.

Pero me fascinaba también el fondo de la foto, las fachadas de cuatro inmuebles con sus comercios, entre los que se pueden identificar una farmacia que ofrece, en un gran cartel, bálsamo japonés contra el reuma, una cafetería de nombre Mallorquín y, en el entresuelo, una peluquería. Di varias vueltas por la Rambla, pero no hallé ninguna secuencia de fachadas idénticas o parecidas a esta, aunque pronto quedaba claro que debió ser por la parte central, en la Rambla de los Caputxins o la de las Flors.

Camareros de toda la vida

A punto de rendirme ya, tras haber preguntado en alguna farmacia y tienda, entré en el Cafè de l'Òpera, porque en los bares históricos, donde trabajan camareros de toda la vida, lo saben todo. Y nada más enseñarles la foto de Ballell, uno de detrás de la barra me vino con la respuesta: «Es aquí. La chocolatería Mallorquina estaba en este mismo sitio, que ahora es el Cafè de l'Òpera».

Bueno, lo de «ahora» es relativo: el histórico café enfrente del Liceu está ahí, con ese nombre, desde que Antonio Dòria Campa alquiló el local en 1929. No fue hasta 65 años después que lo pudo comprar y dos años más tarde, por herencia, pasó a ser propiedad de su hija Rosa Dòria. Menos mal que es de la familia, porque solo así se puede tomar todavía, en la barra, en el paseo más turístico de Barcelona, un café por 80 céntimos, un cortado por 90 y una cerveza por 1,40. «Al ser nuestro, no pagamos los alquileres que se pagan en la Rambla, que no te puedes creer cómo son», dice Andreu Ros, el hijo de Rosa, o sea la tercera generación de la Òpera. Cuenta que por un local de dimensiones parecidas a su bar se pagan hasta 50.000 euros al mes. Que son 62.500 cafés en la barra, más de 2.000 cafés por día, sin contar personal y otros gastos.

Y ya no son tiempos, estos, que venga tanta gente a tomar algo, como el famoso chocolate que tanto deleita a lugareños y forasteros. Recuerda Andreu que hace 10 años la Òpera siempre estaba llena de gente de Barcelona, y que los turistas apenas encontraban sitio. «Entraban, tiraban su foto, y se iban». Ahora, a las cinco de la tarde, hay muchas mesas vacías, y los turistas han sustituido a los fijos de aquí. Y encima hay menos funciones en el Liceu, y se añoran las óperas clásicas de antaño. Pero sigue siendo agradable respirar historia, escuchar a un camarero como José Perdigones que lleva desde 1974 trabajando ahí y recordar aquella vieja foto de Frederic Ballell.

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