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RAVAL, SANGRE DE BARRIO

La miseria de siempre

TEXTO: CATALINA GAYÀ
FOTOS: CAMILLA DE MAFFEI

Durante el Carnaval de 1912, el rostro de Teresita Guitart estaba grabado en la memoria de los barceloneses. Hacía días que la foto de la niña desaparecida se publicaba en periódicos obreros y anarquistas que abrían y cerraban según órdenes del gobernador civil, José Millán-Astray. El hombre del saco se ensañaba en Barcelona, y Teresita era para muchos pobres la gota que colmó el vaso de esas desapariciones de niños. Teresita tenía 5 años, era hija de dos inmigrantes de Figueres y, como muchos obreros y niños que se esfumaban misteriosamente, era vecina del Distrito V.
En ese barrio maldito, las obreras mendigaban porque las dos pesetas que ganaban en la fábrica no les alcanzaban para alimentar a la prole, aunque los despojos provinieran de las inmundicias que se vendían en la calle del Arc del Teatre.
Mujeres con rostros desnutridos deambulaban con un pañuelo en la cabeza buscando comida en conventos o casas de socorro. Malvivían en pisos minúsculos junto a otras familias que habían llegado a Barcelona buscando el esplendor de la que se conocía como La Perla del Mediterráneo, y se topaban con La Ciudad de la Muerte. La esperanza de vida era de 41 años y el 17% de los recién nacidos morían antes de cumplir un año.

Una colmena sucia

Era esa una Barcelona miserable y enferma, en la que muchos pobres ocultaban el nacimiento de sus hijos varones porque sabían que si sobrevivían al tifus, la tuberculosis o la podredumbre del barrio acabarían en las filas del Ejército de su majestad de turno y morirían en Marruecos.
En esa Barcelona que había dejado la Setmana Tràgica había censadas 587.000 personas; en 1860 eran 190.000. En 40 años, la población casi se había triplicado. Los obreros y las gentes de mal vivir, según la moral burguesa, se amontonaban en el Distrito V. De las 6.401 casas que había en Barcelona, 2.103 estaban el este barrio.
Medio siglo de especulación había convertido el entramado de calles estrechas en una colmena sucia. Algunos hombres dormían en las azoteas, junto a los palomares o a los pellejos de los conejos. En su estudio sobre los barrios de la ciudad, el desaparecido periodista Josep Maria Huertas explica: «Era común que 40 o 50 personas vivieran en una casa».
En las fotografías de la época se ven músicos ambulantes, traperos, obreros con gorra y batas rayadas, niños hambrientos, cojos, lisiados ¿algunas crónicas denunciaban que no eran pocos los que habían aprendido a fingir enfermedades¿ que pedían limosna.
En 1912, a la población censada en el barrio se sumaba la gente de paso ¿la cercanía del puerto dio lugar a negocios como las Casas de Dormir, más conocidos como Hoteles del Hampa, en las que un catre costaba un real¿ y los que iban perdiendo la casa a medida que la Via Laietana se abría paso: se derrumbaron 2.199 viviendas sin que se diera solución a los que las habitaban. Entonces, hasta las tabernas malolientes se convirtieron en grandes dormitorios donde los bultos se confundían.
Escribe Paco Villar en Historia y Leyendas del Barrio Chino (La Campana) que el barrio «donde la miseria no se podía esconder» era el epicentro de todo tipo de violencia. Según la publicación Lo Missatger del Sagrat Cor de Jesús, había de 8.000 a 10.000 trinxerarires, golfillos que asaltaban a todo incauto que apareciera por el barrio. Por Carretas o Nou de la Rambla circulaba la morfina, había peleas a cuchillo, alcohol y cupletistas de 15 años que enseñaban pecho, cadera y lo que hiciera falta para ganarse el pan. A veces, morían asesinadas. En ese ambiente, la vida de una mujer, una niña o un niño no valía nada.

Imán de mujeres jóvenes

El distrito era imán de mujeres que ocupaban habitaciones sin luz ni ventilación. Esas jóvenes acababan en algún burdel de los cientos que había entre el puerto y la novísima plaza de Catalunya. Esas jóvenes aparecían inscritas en la Sección de Higiene Especial del Gobierno Civil y estaban obligadas a portar una cartilla que ponía que estaban sanas y que tenían más de 23 años, la mayoría de edad para una mujer. Muchas tenían 15, 16 o 17. Nunca más podrían dejar de ser putas y, por supuesto, nadie revisaba si los clientes tenían enfermedades venéreas.
En aquel Distrito V de 1912, las grandes fábricas habían desaparecido, sustituidas por carpinterías, imprentas, talleres. Aún hoy, muchos de esos comercios tienen en la fachada la fecha en que abrieron sus puertas: 1898, 1900, 1909, 1912, y lo utilizan como reclamo turístico.

El rescate de Teresita

El 27 de febrero de 1912, el comisario Ribot rescataba a Teresita Guitart en casa de Enriqueta Martí, en la calle de Ponent, 29 (hoy Joaquín Costa). Los periódicos de la época la describen como una mujer misteriosa que vivía sola. Estaba separada de un pintor lerrouxista y naturista, tenía un amante rico y no se le conocía oficio ni beneficio. Se lee en las crónicas que la mujer había retenido a la criatura y la había rapado. Fue Claudina Elías, una vecina, la que la denunció porque sospechaba que «había algo raro en esa mujer».
En casa de Enriqueta había otra niña: Angelita. Cuando la detuvieron, Enriqueta sostuvo siempre que a Teresita la había encontrado perdida por el barrio y que Angelita era hija de su cuñada, nacida fuera del matrimonio. Nunca la escucharon. Desde todos los rincones de España llegaron madres y padres pobres con la esperanza de que Angelita fuera su hija robada años o meses antes. La prensa hizo campañas para pagar los viajes. Ningún matrimonio pudo demostrar que Angelita era su hija.
El día que arrestaron a Enriqueta Martí, la policía sacó ropas ensangrentadas y huesos de su piso. Empezó la caza de brujas y una leyenda que ha sobrevivido un siglo: Enriqueta Martí es, desde entonces, La Vampira del Raval. De ella se ha escrito que chupaba la sangre de los niños para elaborar pócimas milagrosas que luego vendía a los burgueses para que se curaran de sífilis o hemofilia. Se dijo también que comerciaba con vírgenes que servían, de nuevo a burgueses, para curar enfermedades venéreas. Ella será la mala mujer, la vampira, la bruja. El juicio se alargó hasta ocho meses y el caso se cerró cuando Enriqueta murió de cáncer de útero en la cárcel de mujeres, según acredita el acta de fallecimiento.
La historiadora Elsa Plaza ha dedicado siete años al caso de Enriqueta Martí y ha escrito un excelente libro, El cielo bajo los pies (Edhasa), con el que aporta luz a la figura de esta mujer. En su casa del barrio de Horta, Plaza explica que desde 1912 hasta ahora se ha utilizado la figura de Enriqueta para que Barcelona tuviera una asesina en serie. "A Enriqueta nunca se la acusó formalmente de asesinato ni tampoco se encontró ningún cadáver de niño en su casa".
Ella salía a mendigar con hijos de otras mujeres ¿algunas eran prostitutas y otras no¿ porque había una red de mujeres que se ayudaban. Se demostró que Angelita era su sobrina. La historia de Enriqueta siempre ha sido contada por hombres. ¡Nadie pensó que la sangre que encontraron podía ser suya!».
En la mayoría de periódicos de la época se juzgó a Enriqueta desde ese 27 de febrero como la mujer que había robado ¿y asesinado¿ a unos 40 niños del Distrito V. Cuando se comprobó que los huesos hallados en una de las casas que habitó (en la calle de Picalquers) eran de animal, los periodistas casi arman un motín contra el médico que hizo dicho anuncio. Enriqueta era carnaza para una prensa amarilla naciente, el chivo expiatorio ideal al que cargar la desaparición de niños.
Coctelerías y `badulakes¿

Esta cronista escribe este artículo y tiene grabada en su memoria la cara de Teresita Guitart. Desapareció en la esquina de la calle de Ponent (Joaquín Costa) con Ferlandina. Hoy en día, lo que se ve desde ahí es la culminación del proceso de cambio que empezó el Raval en los años 80: peluquerías fashion, una heladería italiana, badulakes, un bar inglés, döners kebaps, una tienda de muebles antiguos, un corrillo de borrachos y grupos de skaters y turistas sin rumbo.
En 1987, el entonces responsable del distrito, Joan Clos, inició un plan de rehabilitación e higienización de Ciutat Vella. Entraron las piquetas, el Chino murió y renació el Raval, lo que no significa que se eliminaran las desigualdades sociales. En 15 años cambió de fisonomía. Se dotó al Raval de espacios culturales como el Macba, el CCCB y el Cidob. En el 2001, se abrió la Rambla del Raval. También se ubicó ahí la Facultat de Geografía e Història de la UB y el capital privado lo escogió como la sede para la facultad de Comunicación de la Universitat Ramon Llull.
Estos cambios urbanísticos fueron acompañados por la llegada de nuevos vecinos con más poder adquisitivo ¿jóvenes españoles o europeos muy formados que salen del barrio cuando tienen hijos y que no suelen aparecer en los censos¿ y turistas de paso. Además, también se instaló en el barrio una nueva inmigración trabajadora de Asia y África que se sumó a los murcianos o andaluces que llegaron en los 50.
El barrio se debate ahora entre esa identidad cosmopolita ¿a veces, meramente plástica¿ que las administraciones planearon y el exceso de humanidad ¿muchas veces, pobre¿ que lo habita, y que ocupa pisos tan poco higiénicos como en 1912. Sergi Martínez, profesor de Geografía de la Universitat de Barcelona, explica que ese plan «no tuvo en cuenta la entrada de la inmigración extracomunitaria». Según el Ayuntamiento, en el 2010 había 48.767 personas censadas en el Raval: casi el 50% españoles (25.047), seguidos de italianos (1.270), paquistanís (1.003), franceses (751) y marroquís (406).

Camas calientes

Hay ahora un Raval Nord y un Raval Sud. En el Nord, la operación maquillaje ha hecho que la miseria sea más de puertas adentro: hay camas calientes en la calle del Tigre, pisos patera en la calle de¿n Roig, niños no escolarizados cuyos tíos los obligan a trabajar porque para eso los trajeron de Bangladés. Se ven ancianos que buscan comida en las papeleras frente a galerías de arte, coctelerías, tiendas de ropa, hoteles. Hay personas sin techo que comparten asfalto ¿los bancos han desaparecido a favor del urbanismo antipersona¿ con yonquis, traficantes de hachís y ladrones.
En el Raval Sud ha habido casos de presunta corrupción administrativa, asesinatos, operan redes de prostitución y el desalojo de vecinos no ha sido siempre pacífico. Ni el moderno Hotel Barceló Raval ni la Filmoteca o el conservatorio han cambiado la fisonomía de Robador, Sant Pau o Sant Ramon. Es más, en el siglo XXI, las chicas que ejercen la prostitución, muchas de origen africano o de países del Este, lo tienen más difícil que hace un siglo: ni siquiera tienen meublés donde trabajar, así que se exponen a los peligros y al acoso de la calle.
Ahora el Raval son los bajos fondos de Barcelona. En 1912, el Distrito V eran los bajos fondos de Europa. Poco antes de la detención de Enriqueta Martí, la policía había clausurado un burdel en la calle de¿n Botella donde prostituían a menores. Violar a un niño o a una niña costaba 50 pesetas. Un obrero cobraba 4 pesetas al día. Se detuvo a la dueña, pero no se persiguió a los clientes.
La ciudad era un laboratorio del obrerismo, circulaban anarquistas, espiritistas como Gertrudis López de Avellaneda, feministas, higienistas, humanistas y esperantistas. Las sedes de estas asociaciones estaban en las fronteras del Distrito V. El barrio empezaba a conocerse como el Chino. Llegaban hombres de toda Europa buscando juego, cabareteras, lupanares. Desde Barcelona, se exportaban postales picantes o películas porno a Europa y América.
Igual que ahora hay dos Ravales, en 1912 también había dos distritos quintos. Aquel donde se asomaba la burguesía y el de la trágica miseria que era el día a día de los pobres. En 1912, la Barcelona burguesa y bohemia bajaba a la Rambla en tranvía eléctrico y hacía excursiones para husmear en la miseria tras hacer compras en los flamantes almacenes El Siglo. Por las noches, se divertían en los teatros y las salas de baile como El Edén Concert (Nou de la Rambla), la sede del libertinaje de esa Barcelona pecaminosa.
Enriqueta supo circular durante años entre ricos y pobres, y eso la convirtió en sospechosa de unos y otros. Sabía buscar en el zoco de vendedores en el cruce de las calles del Arc del Teatre y Migdia, donde se vendían paquetes de cigarrillos hechos con colillas y pedía comida en todas las instituciones benéficas de la ciudad. Se la veía bien vestida en el lujoso Gran Casino de l¿Arrabassada.
Durante el juicio confesó que era alcahueta ¿llevó a una chica de 17 años a prostituirse a un burdel de Sabadell¿, prostituta y ladrona de joyas. «Era alcahueta y practicaba abortos, pero no mataba a niños ni hacía pociones con su sangre ni pegamento con sus huesos. Se dijo que en uno de sus pisos había una habitación pintada de negro. En Barcelona se hacían fotos pornográficas. ¿Quién sabe si esa habitación no era para eso?», dice Elsa Plaza.

Una bruja reencarnada

La historiadora afirma que hay un detalle que cambia radicalmente la manera como Enriqueta ha pasado por la historia. El penalista y defensor de militantes anarcosindicalistas Eduardo Barriobero se ofreció para defender a esta mujer que, según periódicos y autoridades, era la reencarnación de una bruja.
En su ordenador, Plaza guarda una entrevista que el periodista de El Heraldo de Madrid Adelardo Fernández Arias, El Duende de la Colegiata, le hizo en prisión. El reputado periodista trata a Martí de «amiga» y se retrata junto a ella y al abogado Barrio bero. ¿Por qué tan prestigioso abogado querría defender a La Vampira? En la entrevista, Enriqueta agradece al director de la prisión que la haya «ayudado tanto». Elsa Plaza explica que todo el juicio fue un montaje: «Se quería tapar la miseria y la explotación. La punta de todo fue el descubrimiento de un prostíbulo infantil en la calle de¿n Botella. Es cierto que desaparecían niños. Algunos eran enviados a Francia, donde los explotaban en las fábricas de cristal de las afueras de París», explica.
Los niños robados (o vendidos por los padres para aliviar la penuria económica) eran útiles: mendicidad, adopciones ilegales, pederastia o explotación en fábricas, donde la dureza del trabajo los lisiaba. «Podemos sospechar que algunas niñas fueran víctimas de la trata internacional para la prostitución. Aquí no hay muchos trabajos sobre el tema, pero sí los hay en Latinoamérica. Las europeas eran enviadas a Nueva York, Buenos Aires y Río de Janeiro. En 1903, ya se creó la junta contra la trata de blancas presidida por la infanta Isabel», explica Plaza.
En los diarios del 13 de mayo de 1913 se leía que Enriqueta Martí murió de madrugada, que la asistieron dos reclusas y que las mismas internas pidieron poder velar el cuerpo. Pese a que al fin esa información era precisa, un siglo después se escucha decir a guías turísticos, en lo que se conoce como el Raval modernista, que «la vampira fue asesinada por otras reclusas» o que se «suicidó mordiéndose las venas». Se paran frente al número 29 y algún vecino pide a los guías que cuenten la verdad.

Es invisible, pero está

El miércoles, a las 11.15 de la mañana, frente al número 29 de la calle de Joaquín Costa, el mismo edificio en el que vivía Enriqueta en 1912, había una mujer con un pañuelo en la cabeza y faldones largos pidiendo limosna. Esta cronista casi da un grito al verla. Era una vecina del barrio, una rumana, que saludaba a los vecinos y pedía caridad a los turistas que buscaban la ruta modernista. Por un segundo, esta cronista regresó a 1912 hasta que vio el sello de Starbucks en el vaso de plástico que le servía para guardar los pocos céntimos que recogía. Paco Villar escribe que en el Distrito V de principios de siglo XX «la miseria no estaba oculta a la mirada de nadie». En el Raval del principios del siglo XXI la miseria se invisibiliza, pero ahí sigue.
 

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