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Interpol, fotogénicos pero inquietantes

El cuarteto neoyorquino exorcizó sus fantasmas after-punk en un tenso concierto en Razzmatazz

JORDI BIANCIOTTO / BARCELONA

El revival del after-punk ochentero, con su estética fría y sus estribillos atormentados, mantiene posiciones en el público. El tercer disco de Interpol, Our love to admire, aporta gestos de personalidad aun sin situar al grupo a la altura de sus referentes, pero no importa: los neoyorquinos colapsan salas como Razzmatazz (entradas agotadas el viernes) con sus fórmulas de rock crispado y autómata, que trenza sentimientos angustiosos con urgencia expresiva a través de textos algo retorcidos.

Los momentos álgidos de su primer disco, Turn on the bright lights (2002), podrán sonar a versión vitaminada de Joy Division o a reciclaje impetuoso de Television, pero han alimentado a una generación de público que ronda la veintena y los consume como plato recién salido del horno. En Razzmatazz, la guitarra en estado alterado de Daniel Kessler acaparó oídos (las miradas se decantaban por Paul Banks) y cada anuncio de un canción publicada en single conducía al éxtasis. Ocurrió, también, con los sencillos del nuevo disco, como No I in threesome y The Heinrich maneuver.

Esa cosecha reciente aportó canciones menos fulminantes, pero que insinuaron ciertos movimientos en el imaginario de Interpol, en general sujeto a patrones de hace tres décadas: Rest my chemistry y su ritmo quebrado, y la alianza desnuda de voz y guitarra distorsionada en The lighthouse. Momentos en que una calma latente se instaló en Razzmatazz. La tensión física fue, no obstante, la constante más deseada de un repertorio con algunos pilares de cierta consistencia, como Evil, que culminó el bloque central del concierto tras 60 minutos.

A la hora de las propinas cayeron las deudas pendientes, en particular del primer disco. NYC exaltó ánimos con sus alusiones a la confusión existencial de su ciudad natal; Stella was a diver and she was always down inyectó un relato de sexo y soledad con interpretación libre, y la remota PDA, canción de sus días de grupo de maquetas, remató la noche con estrofas sobre laberintos emocionales. "Estás tan mona cuando estás frustrada, querida", concedió Paul Banks con su insondable vocación poética. Es el intrincado mundo de Interpol, un grupo esbelto por fuera; inquietante por dentro.

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