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Pasión por Josep Carreras

El tenor emociona en la inauguración del Festival de Cap Roig con un repertorio de lírica catalana e italiana

CÉSAR LÓPEZ ROSELL / CALELLA DE PALAFRUGELL

La pasión interpretativa y el romanticismo unieron fuerzas la noche del viernes en la inauguración del Festival Jardins de Cap Roig, la muestra con más glamur del verano en el Baix Empordà. Colapso de tráfico para acceder al recinto y lleno a rebosar para acudir a la cita anual con Josep Carreras. El tenor catalán, vestido con un elegante traje oscuro y corbata, volvió a complacer las exigencias de un público fiel, que se entregó sin reservas al programa de canción lírica catalana e italiana propuesto por el artista y una reforzada Simfònica del Vallés, dirigida por David Giménez. El vicepresidente del Govern, Josep Lluís Carod Rovira, acompañado de su esposa, presenció la actuación desde el palco, junto a Arcadi Calzada y los patrocinadores del festival.

Fue una noche de novedades. El festival abría una nueva etapa. Desde los nuevos y anatómicos asientos diseñados por la NASA para un recinto que se ha ampliado y llega a las 2.000 plazas, los espectadores, en su mayoría habituales veraneantes de esta zona de la Costa Brava, disfrutaron del concierto como si se tratara de una celebración especial tal como se palpaba durante el descanso de la gala en la zona de bar.

El bello entorno ligaba a la perfección con la elección de un repertorio que el artista había seleccionado para este festival plagado de estrellas mediáticas. Era difícil superar el éxito del espectáculo de fusión con Sara Baras del año anterior, pero la realidad es que el recital concluyó, tras cuatro bises, con el público puesto en pie y gritando bravos.

Carreras se mostró en plena forma y muy a gusto con un programa que va como anillo al dedo a su actual momento vocal. Festeig y Cançó de grumet, de Toldrà, empezaron a mostrar el camino hacia el resultado final. L'oreneta, de Morera, y su aclamado T'estimo, de Grieg, marcaron las cumbres de la primera parte, rematada con una excelente versión lírica del Veles e vents, poema de Ausiàs March musicado por Raimon y cantado con un impecable acento valenciano que ofrecía por primera vez ante el público, y Cançó d'amor i de guerra, de Martínez Valls.

La reanudación fue una autopista segura hacia lo previsible. La canción italiana y, en particular, el repertorio de napolitanas son siempre una garantía de éxito para este artista, a pesar de que dejara de lado alguno de los más populares títulos del género. Passione, de Valente, Che t'aggia di!, de Nardella, Silenzio cantatore, de Lama, Vurria, de Rendine, Piscatore è pusilleco, de Tagliaferri, y

Chitarra romana, de Di Lazaro, aportaron la necesaria dosis de interpretación pasional y el toque romántico prometidos. Y también el crescendo para que se sellara la definitiva comunión entre público y artista.

Y así, entre el clamor de unos enfervorizados seguidores dirigido también a la Simfònica del Vallès --que ofreció acertados intermedios con piezas de Bizet, Falla, Mascagni y Strauss--, se llegó a los bises. Música proibita y Vierno nos llevaron al cálido sur italiano, pero la emoción subió de tono cuando Carreras interpretó la canción popular catalana Rosó y sorprendió con una concesión final: la interpretación por primera vez en su carrera de una versión de La santa espina, aparente recurso fácil pero de gran efecto entre un público que ya no se atrevió a pedir mayores esfuerzos al artista.

El tenor, visiblemente satisfecho tras el concierto, explicó a este diario en un camerino abarrotado de admiradores que seguramente repetiría este programa en Japón, donde los espectadores son "muy sensibles a este tipo de repertorio".