23 sep 2020

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Naufragio en Lisboa

Una devastación homérica

El ominoso partido ante el Bayern debe pasar a la historia como el momento en que concluyó lo antiguo y comenzó lo nuevo

Rafael Tapounet

Lionel Messi muestra su pesar por el resultado que se iba consumando en Lisboa.

Lionel Messi muestra su pesar por el resultado que se iba consumando en Lisboa. / REUTERS / MANU FERNÁNDEZ

Compareció el FC Barcelona en los cuartos de final de la Liga de Campeones armado con solo dos argumentos: la presencia en sus filas de Lionel Messi Cuccittini y la convicción de que "a partido único puede pasar cualquier cosa". En este último punto no es necesario detenerse demasiado, porque eso de que "puede pasar cualquier cosa", más que un argumento, es un clavo ardiendo al que se agarran los equipos de segunda B cuando les toca cruzarse con el Real Madrid en los dieciseisavos de la Copa del Rey, y ya el solo hecho de que se repitiera tantas veces en los días previos al partido da buena medida de la situación de penuria deportiva en la que lleva instalado el barcelonismo desde el naufragio de Anfield (en el que, por cierto, fueron titulares nueve de los 11 jugadores que salieron de inicio en el Estádio Da Luz).

Tampoco el factor Messi merece un análisis demasiado extenso, puesto que todo lo que usted necesita saber sobre la falibilidad de los héroes, aun de los más grandes, lo escribió Homero hace casi 3.000 años en 'La Ilíada', esa colección de despachos de guerra en la que hasta los más amados hijos de los dioses olímpicos pierden en algún momento el favor de sus progenitores y sufren heridas mortales que "cubren sus ojos de tinieblas profundas", por decirlo a la homérica manera.

Una atmósfera más densa

Así las cosas, podría decirse que llegar al minuto 20 de partido con un empate a uno en el marcador fue algo así como un milagro, si uno es receptivo a ese tipo de expresiones, porque para entonces ya estaba claro que los dos equipos que había sobre el césped jugaban a velocidades diferentes, como si los azulgranas se movieran en una atmósfera más densa que los bávaros.

El gol de Alaba en su propia portería, de una plasticidad encomiable, solo era la golosina que nos arrojaba el destino adverso para atraernos y golpearnos más cómodamente. Se desataron a partir de entonces los alemanes con la furia de un volcán filipino y desnudaron las carencias de un Barça que, como el Coyote en los dibujos del Correcaminos, descubrió por fin que llevaba un tiempo corriendo en el vacío y se desplomó de manera memorable, porque estos jugadores divinizados solo saben caer en Europa si es con estrépito. Tenía todo el sentido que fuera un conjunto wagneriano como el Bayern el que pusiera música al hundimiento azulgrana. Un 'Götterdämmerung' en toda regla  

Los pupilos de Hans Flick desnudaron con eficiente crueldad todas las carencias de un equipo que se empeña en jugar a un fútbol que ya no tiene y que tampoco sabe jugar a nada más. La segunda parte fue un espectáculo bastante sórdido, que sin embargo valdrá la pena conservar en la memoria por su indudable interés histórico. El momento exacto en el que, por usar las palabras de Dostoievski "concluyó lo antiguo y comenzó lo nuevo". La humillante goleada, aderezada además con dos tantos del repudiado Coutinho, debe servir sí o sí para cerrar definitivamente una era e inaugurar otra. Es un corte sin duda doloroso que debería haberse hecho antes para evitar el escarnio de Lisboa y que ahora es del todo inaplazable. Como dijo Piqué, el Barça ha tocado fondo. 

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