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Valverde capítulo II

El técnico vasco vuelve al club en el que solo jugó dos años, lastrado por una lesión y por la falta de confianza de Cruyff

JOAN DOMÈNECH / BARCELONA

1988 Valverde, en el Camp Nou, en su presentación como jugador.

1988 Valverde, en el Camp Nou, en su presentación como jugador. / SANTIAGO BARTOLOMÉ

Dos temporadas estuvo como futbolista en el Barça. Dos temporadas ha firmado ahora como entrenador. La primera etapa acabó antes de tiempo, por voluntad propia del interesado. La segunda comenzará más tarde de lo deseado, también por voluntad propia del interesado.

No debió ser fácil rebelarse ante una personalidad como Johan Cruyff, el hombre que había apadrinado su fichaje en el origen de la construcción del Dream Team, como tampoco debió ser agradable negarse dos veces ante un amigo como Andoni Zubizarreta cuando quiso recuperarle para el banquillo del Barça. Justo lo que ha conseguido Robert Fernández, uno de los compañeros que ya tuvo entre 1988 y 1990.

Una lesión en la rodilla izquierda, operada dos veces, retrasó a noviembre el debut y fastidió su carrera en el club azulgrana 

«No me veo aquí el año que viene porque no quiero verme», dijo el 2 de mayo de 1990, cuatro días antes de terminar la Liga, cuando disfrutó de su mejor periodo futbolístico. No se dejó engañar por los cuatro partidos casi consecutivos que había jugado y los cinco goles que había anotado. Anticipó así una despedida, cansado de ser suplente, que no se produjo hasta el 28 de julio y desde Japón, donde el Barça jugó dos amistosos.

AL OTRO LADO DE LA DIAGONAL

Valverde volvió a los brazos de Javier Clemente, el entrenador que había confiado en él para el Espanyol cuando despuntaba en el Sestao, en Segunda, e iniciaba otra etapa en el Athletic. En su primera campaña en San Mamés jugó más partidos (37) de los que había disputado en dos campañas con el Barça (29). Y así pasó en los siguientes cinco años. Núñez pagó 200 millones de pesetas (algo más de un millón de euros) al Espanyol por él. El Athletic se lo llevó por 125 millones de pesetas. Había cruzado la Diagonal (desde el desaparecido estadio de Sarrià) junto con Miquel Soler, tasado en 400 millones. Firmaron por cinco y siete años. Ninguno los cumplió.

"No fui un gran fichaje para el Barça, lo tengo que reconocer"

"No fui un gran fichaje para el Barcelona, esto lo tengo que reconocer. Yo llegué con una lesión de rodilla, tuve una mala recuperación y tuve que volver a operarme". Así de claro ha sido Ernesto Valverde. "Luego me operé del pubis el año siguiente y después el Barça me traspasó al Athletic. Tengo que reconocer que yo no triunfe aquí como jugador. Esa es una realidad", ha dicho el nuevo entrenador azulgrana a los medios oficiales del club.

"Ahora soy mayor, ha pasado el tiempo y también tengo otra perspectiva.Sé que estoy en otra posición, sé lo que exige ser entrenador de un club como éste", ha subrayado Valverde, recordando que "aunque lo que no sepa lo voy a intentar aprender con el tiempo y que mi etapa de entrenador sea mejor que la de jugador".

«Que Cruyff me diga que cuenta conmigo no es una garantía para mí. No me basta con que me lo diga porque ya me lo dijo el año pasado y he estado la temporada en blanco», manifestó Valverde a EL PERIÓDICO en abril, expresando su desconfianza hacia Cruyff. Una osadía. Txingurri intuía el negro panorama que se avecinaba. Más oscuro, aún. El primer año compitió con Carrasco, Lineker, Julio Salinas, Txiki Begiristain e incluso Jordi Roura por la plaza de extremo derecho. Se marchó Lineker, pero llegaron Michael Laudrup y Onésimo. Renunció a la tercera campaña (de las cinco que había firmado) ante la inminente incorporación de Jon Andoni Goikoetxea y Hristo Stoichkov.

'EL RARO', EL APODO DEL VESTUARIO

Un futbolista que quería jugar y un entrenador que dijo no al Barça dos veces. Nadie dijo que Ernesto Valverde Tejedor fuera un deportista convencional, de esos que se aferra al contrato (y a la pasta que contiene) como proa de sus intereses. En la época de jugador sus compañeros le llamaban El Raro.

«Mírale, con esa pinta no parece futbolista», susurraba alguna vez Clemente, nunca con desdén sino con cariño, cuando le veía deambular con las gafas y ese aire de despistado en medio de un grupo pintado con otro trazo: el del futbolista famoso, altivo, creído todavía sin tatuar hace 30 años. «Me voy al Barça porque el club lo ha querido así, a ver qué tal me va», se sinceró con esa aparente falta de entusiasmo al cambiar de bando.

Cuando Valverde jugaba con el Espanyol podía ir a cenar con sus rivales del Barça y cuando vestía de azulgrana se reunía con los antiguos compañeros. Nunca ha dejado de verse, ni que fuera una vez al año, con los del Alavés o el Sestao, sus primeros equipos. Ni con los estudiantes que cursaron con él los tres años de Fotografía en la Escola Industrial en la que se matriculó cuando llegó a Barcelona a la par que cabalgaba por la banda derecha de Sarrià, perpendicular al mar, donde hoy se alinean edificios de lujo.

LA CENA DEL DESPIDO

Valverde nunca fue común, pero siempre ha sido querido por quienes le han conocido. Como Pep Guardiola, con quien cenó, por ejemplo, la noche en la que fue despedido del Villarreal, el único cese de su carrera, Eusebio, Alexanko y por no citar a Zubizarreta, quien confió en él para el Athletic y dos veces para el Barça, recibiendo la negativa de su amigo.

"No me veo aquí el año que viene porque no quiero verme", afirmó poco antes de irse, desconfiado de las promesas de jugar de Cruyff

Lo que aplazó en el 2013 y el 2014 le tocará hacerlo en el 2017. Relanzar al Barça. No tendrá una tarea titánica, a menudo incomprensible, como la de Cruyff en 1988. De cero, pero con una plantilla de lujo, construida a golpe de fichajes sobre las cenizas del vestuario que se quemó en el motín del Hesperia contra Josep Lluís Núñez. Llegaron Valverde y Soler del Espanyol; Txiki Begiristian, López Rekarte y Bakero de la Real Sociedad; Eusebio y Julio Salinas del Atlético; Unzué (Osasuna), Serna (Sevilla) y Manolo Hierro (Valladolid).

AMARGA PRETEMPORADA

Con ellos viajó a Papendal rebosante de ilusión para iniciar la pretemporada. Amarga pretemporada. Al segundo entrenamiento (25 de julio) se resintió de la rodilla izquierda, que había sido operada el 31 de mayo. Ernesto no pudo acabarlo y no jugó el primer amistoso hasta el 4 de agosto. Cuarenta y cinco minutos ante el Madese Boys; otros 45 frente al Vitesse y los 90 contra el Maastricht el 7 de agosto. Reaparecieron las molestias y el día 24 sufría otra artroscopia. «No volveré a jugar hasta que me encuentre en perfectas condiciones. Me da igual esperar dos o cinco meses», explicó, lamentándose de «la desventaja» con la que partía para competir por un puesto.

El debut oficial fue el 9 de noviembre. En Polonia, contra el Lech Poznan. El partido de vuelta de los octavos de final de la Recopa. El Barça debía recuperarse del 1-1 del Camp Nou. Valverde entró en el minuto 77 por Carrasco. El partido acabó en prórroga y penaltis. Lanzó uno, el tercero, y lo transformó.

Aquel día, en su primera convocatoria, tenía motivos para abrigar esperanzas. Era el suplente con el números 14. La leyenda decía que quien portaba el número de Cruyff salía al campo. Así fue. Solo dejó de cumplirse, en el caso de Valverde, en la dramática final de Copa ante el Madrid (1990). La violenta entrada de Hugo Sánchez a Aloisio forzó un primer cambio imprevisto. Soler sustituyó a Amor inmediatamente después del 1-0 azulgrana. Aquella camiseta seca y nueva con el 14 del Txingurri acabó en manos de un amigo al que verá otra vez en Barcelona.

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