El clásico europeo / La situación azulgrana

El extraño perdón del ofensor

Marcador de Chamartín con el 1-11.

Marcador de Chamartín con el 1-11.

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Josep Maria Ducamp

Hay quien sostiene que la rivalidad entre Real Madrid y FC Barcelona ha existido siempre. No es cierto. Las hostilidades comenzaron en 1916. Entonces el Barça, en su calidad de campeón de Catalunya, se clasificó para disputar el Campeonato de España. Una fórmula curiosa: se jugaba a eliminatorias de ida y vuelta, pero todos los partidos en Madrid. El sorteo emparejó a Madrid y Barça en la primera eliminatoria. La ida la ganó el Barça (2-1) y la vuelta el Madrid (4-1). Como no valía la diferencia de goles y sí las victorias, hubo un tercero que no resolvió nada porque acabó...¡ con empate a seis!. El árbitro castigó con tres penaltis al equipo catalán. Obviamente Mourinho aún no había nacido -queda demostrado, además, que no lee la historia- y todavía no existían los periódicos y otros medios de difusión que se inventaran términos como los del Villarato, Platinato, canguelo y mentecaterías por el estilo. En el cuarto encuentro, el capitán del Barcelona, Santiago Massana, pidió a sus compañeros que se retiraran, vista la parcialidad arbitral. Hasta cuatro años mas tarde el Barça no volvió a jugar el Campeonato de España. Entre los que perdonaban al club catalán figuraba el Madrid. Curiosamente nacía la extraña iniciativa mesetaria de que quien perdona sea el ofensor y no el ofendido.

Y así quedó demostrado en la temporada 1942-43, cuando se produjo el suceso más lamentable de la historia de lo que hoy denominamos clásico. Real Madrid y Barcelona se enfrentaban en las semifinales de Copa, primero en el campo de Les Corts. Ganó el Bar

ça por 3-0. Todo normal. El público se había comportado con absoluta deportividad, aplaudiendo, eso sí, los goles de Valle, Escolà y Sospedra. Pero dos periodistas madrileños cuidaron de confundir y con ello enredar la vuelta en el viejo Chamartín. Juan Deportista -así firmaba en ABC quien era también jefe de prensa de la Delegación Nacional de Deportes-- y Rienzi en el periódico Madrid, publicando que la afición de Barcelona había invadido el campo y lanzado piedras con la intención de montar un recibimiento al Barça tan hostil y desagradable como jamás se había visto. Con cada localidad, un silbato.

Pero no fue lo peor. Según me contaron en su día los jugadores César, Gonzalvo III y el portero Luis Miró, el director general les recibió en el vestuario de Chamartín y les advirtió: «Cuidado con lo que hacen que ya les conocemos». Y lo mismo el árbitro Celestino Rodríguez. El recibimiento al Barça fue tremendo en el campo. «Tuvimos mucho miedo», me confesaron. Al marcar el Madrid el 5-0 hubo una primera invasión de campo y al final ya fue masiva. Total, 11-1 de ingrato recuerdo, fríos guarismos que quedan para la historia sin explicar las razones. ¿Y qué hizo la autoridad competente? Pues sancionar al Real Madrid con una multa de 25.000 pesetas, la misma cantidad que... ¡al Barcelona! equipo visitante, que en la ida fue sancionado con 2.500 pesetas.

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Un periodista catalán, enviado especial a Madrid del diario La Prensa, se atrevió a contar toda la verdad de lo ocurrido aclarando que «aquello sucedió a costa de perder Madrid y el Madrid la caballerosidad de la que tanto nos habían hablado». Aquel periodista se llamaba… ¡Juan Antonio Samaranch! A los pocos días llegó la orden de retirarle el carnet de prensa.

El marqués de la Mesa de Asta, presidente del Barça por designación política, a pesar de sus orígenes, dimitió irrevocablemente. Él ya le había advertido al presidente del Madrid, en una carta previa, su temor por lo que pudiera suceder. Al año siguiente llegó a la presidencia Santiago Bernabéu, quien, perdonando al Barça, le propuso jugar un partido en cada campo, que se bautizó como De la paz. Y así comenzó esa curiosa costumbre que tienen en la capital de que sea el ofensor y no el ofendido aquel «que perdone».