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ANÁLISIS

No somos delincuentes

Es penoso comprobar que en este país si tuviste una inspección de Hacienda, cumpliste, pagaste, no podrás ostentar ningún cargo de responsabilidad

Màxim Huerta explica los motivos de su dimisión, este miércoles en el Ministerio de Cultura. / DAVID CASTRO

Lo que le ha ocurrido al ministro Huerta, que Hacienda le inspeccionó y tuvo que pagar por haber tributado como sociedad en lugar de como autónomo, le ha ocurrido a cientos, miles de personas en estos últimos años, especialmente gente de la cultura. Todos los escritores con premios literarios, arriba de la lista de ventas, actores y actrices conocidos, músicos, directores de cine, productores… La lista es tan larga como profundo el silencio que han guardado estas personas durante las dos legislaturas en las que el ministro Montoro estuvo a la cabeza de Hacienda y no había ministro de Cultura para defenderlos. La gente callaba por miedo, sí, sencillamente por temor a que las garras de Hacienda se hincaran todavía más en su carne. Yo misma tengo miedo mientras escribo estas líneas. ¿Y si por hablar mañana me toca a mí?

Estatuto del Artista

Los diputados de la Subcomisión de Cultura no asistieron el jueves a la toma de posesión del ministro. Llamaba la atención. Estaban reunidos en el Congreso trabajando en el borrador del Estatuto del Artista que busca regular un sector en el que mantener una estabilidad de ingresos no es la norma. Planificar su carrera, procurar su estabilidad y la de su familia es una habilidad que un creador debe desarrollar pronto. Constituir una sociedad con la que facturar por los trabajos fue la alternativa de muchos para tener un tratamiento fiscal más favorable y poder ahorrar en los tiempos de vacas gordas, para vivir en los de vacas flacas. Eso no es defraudar ni engañar. Es tributar en un régimen o en otro, pero tributar. Ya sé que hoy los matices no importan, que lo que cuentan son los titulares, pero el caso de Huerta, como el de tantos otros profesionales de la cultura, demuestra la urgencia y la importancia de ese Estatuto del Artista.

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Es terriblemente duro, es tristísimo comprobar una vez más que en España pertenecer al sector cultural se paga muy caro. Desde el primer día el cuestionamiento de Huerta superó al del resto de gabinete. Deprime también pensar que ha triunfado lo que el Partido Popular se propuso desde el “No a la guerra”: propagar la idea entre la ciudadanía de que los artistas somos unos delincuentes que vivimos del cuento.

La persecución fiscal, junto con acciones como penalizarles por cobrar sus pensiones de jubilación, ha desactivado a la gente de la cultura evitando que se organizasen y alzasen la voz contra el Gobierno como habían hecho en el pasado. Debilitados moral y económicamente, afectados por la precariedad laboral de la crisis y el posterior estrangulamiento por parte de Hacienda del Ministerio de Cultura que administra sus intereses, ha sido la mejor receta para doblegarlos. Si el presidente Sánchez pensó que nombrando a un creador lanzaba una mensaje de confianza y de interlocución al sector, con el cese y la falta de apoyo a Huerta nos transmite que la caza de brujas se ha reactivado. Montoro ha vuelto a ganar la batalla contra la cultura sin necesidad de ocupar su despacho del Ministerio. Pero no somos delincuentes, somos trabajadores como cualquiera.

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