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La reforma laboral, algo más que un divertimento

  • Jordi Sevilla cree que 2022 viene cargado "de incertidumbres sobre la recuperación que, ciertamente, seguirá pero cuyo vigor viene muy influenciado por factores externos"

La reforma laboral, algo más que un divertimento

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Jordi Sevilla
Jordi Sevilla

Senior Advisor de Contexto Económico en LLYC. Ministro de Administraciones Públicas (2004-2007).

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No hace falta mentir para encontrar interpretaciones sobre los datos económicos recientemente publicados distintas a las del Gobierno. Así, por ejemplo, es cierto que un crecimiento del PIB del 5% en 2021 es el mayor experimentado en veintiún años, pero también lo es que ni aun así recuperamos lo perdido por la caída del 10,8% en 2020, la mayor en casi un siglo. Es correcto que la eurozona ha crecido más, pero también lo es que España ha aguantado mejor la desaceleración final del año, con un 2% intertrimestral frente al 0,3% de los socios. En otro orden de cosas, reconociendo que hemos recuperado el nivel de empleo previo a la pandemia e, incluso, el anterior a la crisis financiera de 2008, también se puede señalar como cierto que ahora hay mucho más paro que durante el boom inmobiliario porque la población ha aumentado.

Tampoco conviene exagerar demasiado el postureo, sobre todo, en política. Lo hemos comprobado esta semana con la convalidación parlamentaria de la reforma laboral donde los aliados del Gobierno han criticado como engaño que no es una "derogación íntegra" como se cansó de prometer la ministra, antes de serlo. Además, tras decir que era un proyecto de país, tan positivo que todos deberán votar a favor, la ministra excluyó a la mitad del hemiciclo, para acabar dependiendo de él (¡Qué ocasión ha perdido Pablo Casado para apoyar, siquiera, con abstención!), porque es una buena reforma que corrige, en otro contexto, los aspectos más lesivos de aquella unilateral de hace una década. 

La excesiva polarización partidista que padecemos, extiende su mancha sobre todos los asuntos públicos y sobre un amplio número de creadores de opinión, ensanchando un campo de batalla donde, con elevada frecuencia, se utiliza la mentira contra el adversario como moneda corriente, generando climas sociales de optimismo exagerado o de catastrofismo irredento, ambos falsos, pero, además, dañinos e innecesarios para una normal confrontación democrática, incompatible con el fanatismo de parte.

Realizar, en ese contexto tóxico, una lectura más imparcial de los datos económicos, es una tarea imprescindible de salud democrática a la que dedicaré el resto del artículo. Empezando por dos obviedades: la pandemia ha provocado en todo el mundo una crisis exógena a la dinámica de la economía, totalmente diferente a cualquier experiencia anterior, como la crisis financiera de 2008, por lo que cualquier comparación, en positivo, o en negativo, está distorsionada de base. Es comparar peras con manzanas. Segundo, nadie previó la intensidad del ómicron. Nadie. Por lo que todos se equivocaron en sus previsiones para 2021. Todos. La diferencia es que unos han ido corrigiendo sus cuadros y el Gobierno, con más responsabilidad institucional, decidió no hacerlo.

El dibujo de situación que nos ofrece nuestra economía, a la vista de los datos conocidos de 2021, sería el siguiente: la recuperación, siendo intensa, sobre todo en empleo como consecuencia de los ERTES (cien mil personas siguen ahí), no ha sido suficiente para recuperar lo perdido en 2020, en gran parte, porque arrastramos demasiados elementos de una pandemia activa que limita mucho a los servicios y al turismo de los que somos muy dependientes y, también, porque la subida de precios internacionales ha sido mayor y más duradera de lo previsto por todos los expertos y la inflación está limitando la capacidad adquisitiva de las familias.

De hecho, la contención en el consumo de los hogares es una de las explicaciones del menor ímpetu en el crecimiento (la campaña de navidad parece que se adelantó a noviembre, para evitar grandes concentraciones en los comercios), como la mayor acumulación de stocks ante los problemas mundiales de suministros ha incidido de forma favorable en la recuperación de la inversión en el último trimestre. De la misma manera, la persistencia de trabajadores en ERTES a lo largo del año concilia el dato de empleo con las menos horas trabajadas, como la subida de precios puede justificar que los ingresos fiscales crezcan a tasa mayor que la economía real, no así, el PIB en términos corrientes. Mantener, en estas circunstancias globales, una buena posición exterior de balanza de pagos, a pesar de la caída en ingresos por turismo, es un dato esperanzador que habla de cambios estructurales positivos en nuestro modelo económico.

Esta situación anticipa una evolución durante 2022 cargada de incertidumbres sobre la recuperación que, ciertamente, seguirá, pero cuyo vigor viene muy influenciado por factores externos sobre los que hay poca capacidad de actuación: pandemia e inflación. A favor, la acumulación de ahorro familiar que puede dedicarse a consumo, el amplio margen de mejora todavía existente en turismo exterior y el despliegue pleno de los fondos ‘Next Generation’, apenas simbólicos sobre la economía real en 2021.

En la comparación de empleo con 2007, antes del estallido de la burbuja, además del mayor paro hoy, por incremento en la población, destaca la fuerte caída del empleo en construcción, el claro retroceso de la industria y el gran crecimiento de los servicios. Todavía es pronto para ver cómo quedará tras la pandemia, pero, de momento, se podría decir que los que antes ponían ladrillos, ahora ponen cañas en los bares, lo que no sería, exactamente, la idea que algunos teníamos del manoseado cambio de modelo productivo. A destacar, también, que el número de hogares con todos sus miembros en paro se ha casi triplicado en la comparación 2021/2007, lo que señalo para rebajar triunfalismo a quienes decían aquello de que nadie quede atrás. Y, a la vez, el número de hogares con todos sus miembros ha aumentado de forma relevante, lo que desmentiría a aquellos que hablan de desastre económico y social.

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También en España el salto en deuda pública se produjo en 2020, el año del ‘Gran Confinamiento’, donde se incrementó en 24 puntos porcentuales (menos que la media mundial) hasta el 120% del PIB. Durante el pasado año destacan dos asuntos no menores que alejan cualquier profecía de quiebra: la deuda se ha mantenido estable en términos de PIB ya que este ha crecido y, dos, más relevante, el Tesoro ha emitido 264.000 millones de euros con un coste medio del -0,04%, es decir, con rentabilidad negativa. Esta situación no hubiera sido posible sin las voluminosas compras efectuadas directamente por el BCE, pero la realidad es que el capítulo presupuestario de pago de interés ha bajado en un año marcado por una importante reducción cíclica del déficit público que todos los analistas sitúan en el 3% en 2023 cuando vuelvan a estar en vigor las normas europeas revisadas de estabilidad presupuestaria. Por tanto, mucho alarmismo desinformado hemos escuchado al respecto durante estos días. Sin olvidar que nuestra deuda privada (empresas y familias) supera en mucho a la pública, sin que nada de ello genere incertidumbre en los mercados financieros internacionales sobre la solvencia del país.

Como se ve, los datos son razonablemente buenos, dado el contexto, y compatibles con comportamientos racionales de los agentes económicos, cuya explicación se puede encontrar en factores globales, sin recurrir al partidismo político forofo, ni siempre a favor, ni siempre en contra del Gobierno. Moderación.