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Pedro Sánchez, anoche, tras anunciar su dimisión.

Sánchez decapitado; Catalunya al fondo

Marçal Sintes

El exlíder del PSOE fue aupado hasta que llegara Díaz, pero salió menos obediente de lo calculado

Mientras el PSOE se destripaba a sí mismo en la madrileña calle de Ferraz, el 'president' Carles Puigdemont anunciaba independencia entrevistado en Lisboa por la cadena pública RTP (Radio y Televisión de Portugal). No solo la simultaneidad une ambas escenas, también lo hace un hilo, mejor dicho: un cable siempre tenso, metálico, que al final ha cortado en dos al PSOE y ha descabezado al audaz Pedro Sánchez.

En otros tiempos las carencias electorales del PP o del PSOE se abordaban recurriendo a los partidos nacionalistas catalanes y vascos, que actuaban de bisagra, complementaban mayorías y estabilizaban el sistema. Un papel que en otras latitudes han desempeñado partidos liberales o moderados. El proceso político catalán impide que las cosas puedan resolverse al modo de lo que la novísima izquierda llama ‘el régimen del 78’.

EL 'CORDÓN SANITARIO'

El PP, que se niega siquiera a hablar con Puigdemont, consiguió que el PSOE se sumara también al ‘cordón sanitario’. Pero, los críticos -los partidarios del PSOE de toda la vida, al frente del cual Susana Díaz- no se fiaban de Sánchez, al cual solo autorizaban a pulsar uno de los tres botones del ‘tablier’: el de la abstención a favor de Mariano Rajoy. No querían nuevas elecciones y mucho menos a un Sánchez investido gracias a Podemos y los soberanistas. Tampoco querían consultar a los militantes, que, como Sánchez, rechazan encumbrar a Rajoy.

La conjura fue tejiéndose durante días. Felipe González y ‘El País’ dan la señal en nombre no solo del viejo socialismo, sino también y especialmente de los grandes nodos de poder. Los susanistas acuden a Ferraz con las 17 dimisiones bajo el brazo. El sábado, en el comité federal, se vive la jornada más bochornosa en la larga historia del PSOE.

CRISIS POLÍTICA Y DE IDENTIDAD

Catalunya ha tenido mucho que ver, pero no es el único factor que explica lo sucedido. También la crisis política y de identidad que aflige a la socialdemocracia europea. Y la ya comentada irrupción de nuevas ofertas, que pescan sobre todo en la izquierda. Y el factor humano. La bilis, la inquina, el odio.

Sánchez fue aupado para que administrara el PSOE hasta que llegara el momento de Díaz. Pero Sánchez salió menos obediente de lo calculado (“ha resultado no ser un dirigente cabal, sino un insensato sin escrúpulos”, sentenciaba el editorial de ‘El País’). Por eso se la tenían jurada gente acostumbrada a jugar duro y sucio.

El turbio González, en su entrevista en la Ser, señalaba que había que dejar paso al PP porque sobre la mesa están asuntos como el catalán. Y echaba a Sánchez en cara sus derrotas electorales. Pero lo cierto es que la caída del PSOE ‘continúa’ con Sánchez. O, si se prefiere, es tan culpa de Sánchez como de sus predecesores.

Los conjurados han abatido a quien se creyó César. Rajoy será presidente. Podemos contempla como su adversario se desangra (“Turbulencias de cambio de ciclo”, tuiteaba Íñigo Errejón el sábado). El PSC -siempre intentando contener al socialismo andaluz, que mezcla agriamente andalucismo y anticatalanismo- fue derrotado con estrépito. Será castigado.

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