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Gabriel Jaraba

LA ESTRATEGIA DEL PARTIDO POPULAR

Gabriel Jaraba

Periodista

El amedrentamiento como política de gobierno

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Lunes, 1 de abril del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

Llevo días preguntándome por la razón de ese malhumor, esa adustez, esa actitud permanente de enfado por parte de los miembros del Gobierno de España. Desde que el Partido Popular alcanzó el poder, el espectáculo que dan sus dirigentes políticos es poco menos que insólito en una democracia parlamentaria normal. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría riñe al personal cual señorita Rottenmeyer cada vez que habla en televisión; el ministro Montoro emplea un tonillo de pijo ensoberbecido para dar forma a lo que él cree un acento irónico y que no es más que desprecio vulgar; Cospedal parece estar permanentemente dispuesta a pedir a su interlocutor que salga con ella a la calle para ajustar cuentas,y ahora la delegada del Gobierno en Madrid, Cifuentes, va y dice que los ciudadanos desesperados por las medidas antisociales que los suyos implementan son proetarras. De la delegada del Gobierno en Catalunya solo me cabe decir que nada más verla se me aparece, rediviva, la Sección Femenina entera con su actitud de reconvenir airadamente a las señoritas díscolas.

Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, durante la rueda de prensa posterior a un Consejo de Ministros reciente. JOSE LUIS ROCA

Uno había llegado a pensar que la bronca constante era una estrategia política aprendida en los 'think tanks' de la derecha reaccionaria norteamericana y que cesaría en cuanto esa fuerza política hubiera conseguido su objetivo. Pero no, incluso con una oposición desballestada, encarnada por un PSOE que vive sin vivir en él, la bronca se dirige ahora en sentido inverso, desde el Gobierno a la oposición, sin que tales embates tengan sentido ni utilidad política: le cogen gusto a ese desabrimiento, al "y tú más" y a una forma de trato público en los asuntos públicos que raya con la mala educación cuando no la supera plenamente.

Hasta hace poco yo no comprendía ese comportamiento. Traté de explicármelo achacándolo a los antecedentes de esa derecha española en el Gobierno: el franquismo, el autoritarismo como actitud ante la vida, la bronca falangista como modo de conseguir cosas, porque la derecha española es la única derecha de la Europa democrática que no ha roto explícita y declaradamente con el fascismo. Uno comprueba que en cada ocasión que se les ofrece o tienen para decir sin ambages que el régimen de Franco fue una aberración y que ellos y su partido, como demócratas, son contrarios al fascismo, se revuelven una y otra vez reluctantes a hacer una afirmación que cualquier dirigente de cualquier derecha alemana, francesa, inglesa o italiana (excepto Berlusconi) hace siempre con toda normalidad. La derecha española no es liberal, en suma. Pero eso no es suficiente para que yo me pueda explicar este motivo que me hace reflexionar.

Por supuesto, los mencionados antecedentes pesan en las actitudes de las personas, y cada cual es hijo de su ascendencia. Pero se supone que los políticos liberales son, o debieran ser, pragmáticos ocupados en hacer que sucedan cosas, en conseguir logros y en gestionar situaciones concretas. Por tanto, sus conductas deberían, en buena lógica, responder a ese sentido práctico. Entonces no se explica la persistencia en ese combate contínuo contra todo y contra todos que caracteriza a los gobernantes y dirigentes del PP, cuando no solamente han conseguido el poder sino que se han beneficiado de la derrota del terrorismo etarra que logró Zapatero, han visto cómo las fuerzas políticas vascas han entrado en un nuevo ciclo en el que la reclamación de la independencia parece algo de lo que todo el mundo se desentiende y cómo el PSOE no solamente es incapaz de ejercer el papel de oposición rigurosa sino que bastante trabajo tiene con evitar que su organización sufra un proceso de deslavazamiento. ¿Por qué la bronca, si nadie amenaza tu poder? ¿Acaso no se supone que los políticos deben cuidar de aparecer atractivos a los ciudadanos para poder ser votados por estos? ¿Qué tipo de partido democrático es el PP que parece querer ahuyentar de si a los votantes de centro, de las capas medias, que son quienes deciden las mayorías parlamentarias?

Y es ahí cuando se me enciende la bombilla. El PP no está interesado en atraer votantes moderados. Entonces, ¿cómo pretende ganar elecciones? Como lo ha hecho hasta ahora: expulsando a los votantes moderados del interés por la política y de la acción electoral mediante una combinación de asqueo, hartazgo, desánimo y miedo.

Pues existe otro modo de ganar elecciones, y es reducir el número de los votantes fomentando la abstención para quedarse con el concurso de los fieles. Las políticas bronquistas de la derecha desmoralizan a los ciudadnos moderados --diría incluso que a los bien educados-- y asimilan la política a los shows de la televisión en los que la gente se ofende o ridiculiza y las tertulias en las que se grita, miente y amenaza. El resto lo hace el alma castiza del "pueblo llano", que se impresiona con los chulos porque los cree audaces y desconfía de la inteligencia penetrante porque la cree elitista: en muchas cosas, este país está aún en la época de Fernando VII. El anticatalanismo como bálsamo de Fierabrás para cualquier emergencia hace el resto.

No se trata, sin embargo, únicamente de expulsar de la política a la mayoría de la gente sino de algo aún peor. El proyecto del PP no pasa por haber conseguido gobernar y a continuación gestionar una crisis económica o lo que narices sea lo que vivimos. El PP tiene la misión de transformar profundamente la sociedad española mediante una cirugía de hierro para lo cual necesita ejercer el amedrentamiento de la ciudadanía como política de gobierno.

Para llevar adelante esa política no basta con desmantelar el Estado del bienestar, privatizar todos los servicios posibles y someter cualquier medida al beneficio del poder financiero. Es necesario hacerlo provocando al mismo tiempo una profunda desmoralización en la sociedad. En el doble sentido de la palabra: haciéndole creer que no es posible hacer otra cosa, que no es posible una alternativa y que hay que conservar siquiera unas migajas de lo que se tiene, y además, provocando la transformación del ánimo de la gente encaminándolo hacia un estado de malestar constante, desazón, bronca, enfado. La adustez malcarada gubernamental es un proyecto político en sí mismo.

Entonces aparece otra cuestión a la que no veo referirse a nadie. El verdadero papel que la rabia y el mal humor juegan en esta situación. Y entonces reflexiono sobre un error o insuficiencia fundamental de la izquierda política y social: una comprensión equivocada del papel de la psicología en política, una confusión entre el estado de ánimo crítico y disconforme que conduce a la lucha por el cambio social y el airado e indignado que aparentemente representa rebeldía pero que objetivamente no produce transformación política alguna.

El PP, con su política de amedrentamiento, es capaz de pechar con cuanta protesta se le eche. Ya ha deglutido dos huelgas generales como si nada. El movimiento 15-M no le ha hecho rasguño alguno, y cuando un 'spin off' de este movimiento ha ajustado su ángulo de tiro, como la PAH, le ha bastado con recurrir a un argumento manido de su política de bronca aplicada en Euskadi: asimilarlos con terroristas.

Es absurdo y nadie puede dar crédito a esta memez, pero es sobre memeces como esta que el PP gobierna. (En realidad, el PP está agradecidísimo al 'escrache', a la indignación por Urdangarin, a la amiga del Rey y a todo lo que se menea porque ello distrae la atención de lo que realmente importa, que no se le vincule a una descomunal trama de financiación ilegal).

Lo que este periodista ve, y puedo estar equivocado, es que la indignación ciudadana no ha provocado un solo cambio político progresista en España, porque el PP posee una vacuna de momento muy eficaz. La propuesta indignada de Hessel es válida para los gobernantes de la derecha liberal que conservan la vergüenza pero no en nuestro caso. La indignación representa, afortunadamente, el ingreso de los jóvenes en la preocupación política y un posicionamiento ético muy loable. Pero el estado de ánimo actual de indignación y rabia generalizada no hace cambiar ni un milímetro la situación. Para ello hace falta política, política organizada, política representativa, política parlamentaria, acciones que produzcan modificaciones de estatus políticos y jurídicos allí donde deben producirse. No se atisba en el horizonte que tal cosa vaya a suceder, y si Izquierda Unida cree que ahora hay una alternativa es que han perdido el sentido de la realidad. Ni siquiera un 'sorpasso' al PSOE lo suscitaría, pues la bronca y su amplia gama de recursos traga con eso y mucho más, las acusaciones a la PAH y el inicio del desprestigio de Ada Colau (ya la acusan de beneficiarse de subvenciones) son solamente un aviso a navegantes de lo que esta gente es capaz.

El papel de la izquierda debe ser moralizar el país. Mostrar y demostrar que es posible acabar con esta situación por medio de la acción política organizada. Y por medio de un modelo de movilización que debe desmarcarse de planteamientos ya superados por los hechos. No se trata sólo de "indignarse y luchar" sino de rescatar a las personas del clima de desánimo y de la rabia que les lleva a cocerse en su propia salsa. Al poder financiero le importa un bledo lo indignados que estemos o cuántos podamos estarlo. Le inquieta que la gente organizada políticamente pueda provocar cambios políticos y jurídicos.

El desprecio de la política por la gente enfadada es un regalo para los interesados en la destrucción de nuestra sociedad para entregarla inerme al poder del dinero. La lucha es democrática, es por la democracia, por el respeto a las libertades y a la soberanía del ciudadano. Hay que inventar una forma de lucha democrática que supere la indignación para, friamente, elegir objetivos y estrategias que produzcan cambios. Porque la rabia no ha producido cambio alguno. Y el pueblo llano, indignado y lleno de razón, solo y enfadado, sin las capas medias moderadas que producen cambios en la política, puede caminar decididamente e indignadamente hacia la derrota final.

http://gabrieljaraba.wordpress.com/

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