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Joan Barril

Las cenizas de la verdad

Miércoles, 6 de febrero del 2013

Cuando los hechos más reprobables salen a la luz, siempre hay gente dispuesta a poner pantallas que los continúen manteniendo en la oscuridad. La corrupción del político es algo vergonzoso. De ahí que haya estrategias para ocultarla hasta el fin si es necesario. Hoy nos encontramos con muchos casos de corrupción, y eso nos escandaliza. Pero más nos debería escandalizar la pertinaz resistencia a la verdad y la credulidad con la que el votante asume la mentira.

La verdad no es una revelación. La verdad debería ser un valor. Este valor ha sido devaluado por algunos vivales que han ocultado su doble vida al servicio de la sociedad y de sí mismos. Pero hay una distinción entre los corruptos individuales y el sistema de enriquecimiento paralelo de toda la cúpula de un partido. No hay corrupción más suave que otra. Pero sí se debe poner distancia entre el descuidero que mete mano en la caja, que blanquea dinero o que se lucra con información privilegiada y aquellos otros que recaudan, reparten y ocultan sus ingresos a Hacienda hasta crear un entramado de fidelidades que no viene de la ideología sino de la llegada misteriosa de un sobre. Cuando son descubiertos, los beneficiarios de esa contabilidad ni admiten ni denuncian. No es una defensa del partido, sino una defensa de sí mismos y de sus opacas propinas.

Como si fuéramos niños pequeños, los dirigentes del PP se han limitado a exclamar aquella excusa escolar de "señorita, yo no he sido". La verdad se puede decir con un murmullo, pero cuando se disfraza de santa y confusa indignación y se pretende que el grito y la altisonancia sean más importantes que los hechos, entonces hay motivos razonables para la duda. "Esa no es mi letra". "Todo es falso". "Una conjura más contra nosotros". Se pide a los ciudadanos un acto de fe precisamente cuando la fe se ha desvanecido convenientemente triturada por las cuchillas de los recortes y el trato de favor a la banca desahuciadora.

Una mentira mil veces repetida

Ni siquiera se ha recurrido a la denuncia interior. Si un partido político es una suma de voluntades y no una simple repartidora, lo que deben hacer aquellos que mandan es cargar contra sus culpables enviándolos a la soledad judicial. Porque la defensa a ultranza de los corruptos acaba tiznando las manos de aquellos que prefieren querellarse contra el jefe de la oposición antes que contra el tesorero infiel.

Sin duda el PP continúa instalado en la creencia goebbeliana de que una mentira repetida mil veces acaba convirtiéndose en una verdad. O sea: que la verdad ya no es un valor sino que es pura estadística. Y todo ello convenientemente aliñado con la amenaza de querellarse contra los mensajeros que den pábulo a la sospecha o a los papeles publicados. Pero Rajoy continúa con su "yo no he sido, 'seño'". Cuando la locura del poder se ve descubierta, los molinos son gigantes y el petróleo son hilillos de plastilina. Los millones corren, la desfachatez aumenta y mientras tanto la verdad arde a la espera de que el viento se lleve sus cenizas.

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