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Donde las estrellas nacen

Toni Rovira ha logrado reproducir en un plató La Bodega Bohemia, icono canalla de una BCN desaparecida

RAMÓN DE ESPAÑA

Hace muchos, muchos años, en una Barcelona muy diferente a la actual, hubo un local de variedades llamado La Bodega Bohemia que funcionó ininterrumpidamente entre 1940 y 1998. No sé cómo sería en sus orígenes, pero cuando yo lo descubrí en los 80 -tras resistirme mucho porque me olía la tostada- era un tugurio decadente frecuentado por señoritos burgueses que bajaban hasta la calle de Lancaster a encanallarse y a reírse de los pobres desgraciados que allí actuaban, a los que se suponía un pasado rutilante que, probablemente, nunca existió.

Mi amigo Carles Prats, que siempre ha tenido un sentido del humor muy peculiar, iba a La Bodega Bohemia para ver actuar al cantante de tangos Gardel España, que le fascinaba especialmente desde la noche en que se le confió y le soltó esta frase inmortal: «Donde Gardel no llega, yo floreo». Gardel España iba pulcramente vestido con esmoquin, pero calzaba Chirucas, muy adecuadas, intuyo, para echar a patadas a algún cliente atorrante, pues el hombre compatibilizaba el escenario con el cargo de portero del local.

La primera y única vez que visité La Bodega Bohemia no actuaba Gardel España, pero sí una viejecita muy pintada que cantaba cuplés con todo tipo de mohines picarones entre las risotadas del respetable, incapaz de sentir la menor compasión por aquella pobre perturbada, claramente en las últimas. Yo me sentía como en un cuadro de Solana, amigos. Llegué borracho y salí sobrio, deprimido y sufriendo por la viejecita, sus torturadores y la especie humana en general. Nunca volví a La Bodega Bohemia, pero aún recuerdo el rótulo iluminado de la entrada, en el que, bajo el nombre del establecimiento, brillaba la sarcástica leyenda Donde las estrellas nacen. Supongo que ocupaba menos espacio que Donde los fracasados esperan la llegada de la Parca. Lógicamente, no lamenté el cierre del local en 1998 ni la demolición del edificio en el 2002. Solo siento no haber podido comprobar si era cierto lo de que donde Gardel no llegaba, Gardel España floreaba, pero creo que lo superaré.

Lo que no tuve en cuenta en su momento es que hay espíritus muy difíciles de matar. Puedes cerrarles el local donde se reúnen y hasta echarles el edificio encima, pero algunos son lo que nunca muere, lo que espera pacientemente la resurrección, consciente de que algún día aparecerá alguien que lo echa de menos y lo convocará. En el caso de La Bodega Bohemia, el equivalente del que despierta a Drácula con un poco de su sangre es el ínclito Toni Rovira. En su programa de 25TV Toni Rovira y tú, el fantasma de la calle de Lancaster vive momentos de gloria cada semana, de lunes a jueves. Tiene que conformarse con un plató minúsculo y con algunas estrellas de verdad, pero casi todas las actuaciones de Toni Rovira y tú se sitúan dentro del más estricto frikismo.

Seres estrafalarios

Y es que Toni nunca te decepciona: ha dado cobijo al silbador de los 60 Kurt (ahora CurroSavoy, ha recogido en la Rambla personajes a los que no hubiesen dejado actuar ni en La Bodega Bohemia, le ha proporcionado a Josmar un segundo hogar, tiene en nómina a un pianista y a un vidente, llena el plató de seres estrafalarios, preferentemente de la tercera edad, y ha hecho un fichaje colosal con Las Gemelas, dos ancianos idénticos, cubiertos de plumas y purpurina, que hacen como que bailan y cantan y que alguien menos compasivo que Toni hubiera encerrado en una residencia hace una década: uno está algo sordo y el otro luce una permanente expresión de estupor, como si no supiese muy bien dónde está, pero ajeno a su deplorable estado, Toni los hace salir de vez en cuando a menear el esqueleto. Yo creo que si un día se le infartan en directo, él mismo les aplicará el desfibrilador a los gritos de ¡¡El espectáculo debe continuar, carcamales!!

¿Estoy diciendo que Toni Rovira y tú no hay por dónde cogerlo? ¡Ni hablar! Yo me engancho en todos mis zapeos y disfruto como el que más de esa poesía del arroyo que nos ofrece cada noche el señor Rovira, a veces en persona, como cuando se lanza a declamar esos monólogos suyos ante una cámara que se bambolea y nos dice que hemos de amarnos, respetarnos y tolerarnos los unos a los otros. En el sofá de casa se pasa menos vergüenza que en un local tronado, y además hay algo que me fascina en ese discreto horror que me ofrece Toni. Nunca me quedaría a vivir en su mundo, pero me encanta visitarlo sabiendo que puedo volver al mío en cualquier momento. En Toni Rovira y tú nadie se ríe de nadie e impera el respeto. Y eso debe de hacer muy feliz al espíritu de La Bodega Bohemia, con lo que tuvo que aguantar el pobre en el pasado de aquella caterva de señoritos groseros.

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