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ánálisis

El mar frente al volcán

Martí Perarnau

Miraba Plinio el volcán, absorto y boquiabierto ante semejante espectáculo. El Vesubio en erupción, maravilla natural, rojo incandescente sobre azul celestial. Caius Plinius Caecilius estaba ahí: quieto, pasmado, deslumbrado. Tiempo después narraría, en carta dirigida a Tácito, cómo vio caer una nube de cenizas que sepultó eternamente a miles de pompeyanos, convertidos en estatuas de polvo y azufre, víctimas de la furia volcánica.

Las cenizas son, desde entonces, símbolo de ahogo y muerte. De penitencia, pero también de esperanza. Penitencia en la liturgia cristiana, pespunteada de aquellos Miércoles de Ceniza prescritos para recordar la fragilidad de la vida y la inevitable caducidad de los ciclos. Esperanza para el hinduismo, que arrojando las cenizas de los seres queridos al Ganges cree interrumpir el ciclo de las reencarnaciones y, así, alcanzar el nirvana. Penitencia o esperanza. Cenizas de pasión. Cenizas que despiertan viejos demonios en la tribu blaugrana. Volcanes islandeses con sabor a empanada milanesa. ¡Otra vez!, pensó amargamente el barcelonismo, recordando la agotadora excursión en autocar del año pasado, la sensación de pesadez del equipo en San Siro, aquella derrota sangrante, regusto de ceniza en la boca. Contra los fantasmas del pasado reciente, viaje fulgurante cuando los cielos aún no habían cerrado sus compuertas. Rapidez como exorcismo.

Olas contra lava

Pero el volcán está ahí y lleva dos años rumiando su venganza de fuego y piedras. Porque el volcán es el Manchester. Dos años haciendo hervir las brasas de la revancha a la espera del día de la gran erupción. En el imaginario mancuniano, nada puede ser mejor que esta final de Wembley, adornada por el adiós de Van der Sar, el resurgir de Giggs, la pujanza de Rooney y el vigor de Chicharito. A los mandos de la fragua, sir Alex quema sus últimas provisiones en busca del fuego purificador que cierre una carrera inigualable. Bulle el volcán por los cuatro costados, dispuesto a lanzar su magma infernal por las laderas de Wembley.

Frente al volcán está Pep y su mar. El Barça es el oleaje. Este hombre solo y solitario medita cómo ahogar con la fuerza de las olas toda la ira del volcán. Pep siempre otea el horizonte por si, más allá del afán diario, advierte señales de una erupción abrupta. Guardián del tesoro, sabe que nada está a salvo de las cenizas, ni siquiera el equipo más brillante de los tiempos, al que mima y estimula a partes iguales para que combata sin temor la furia desatada del volcán. Con indiferencia hacia el peligro, llega el Barça de nuevo a Wembley para hacer lo que sabe: desembarcar su equipaje de olas infinitas. Equipo de una sola dirección, su fuerza reside en su persistencia: siempre adelante, con el empuje de las aguas centenarias.

Wembley, donde el volcán encontrará el mar, posee la textura de los viejos recuerdos para el barcelonismo, que ha experimentado una evolución inaudita: si hace 20 años era presa de las urgencias históricas que diagnosticó Menotti, hoy solo busca subir un peldaño más en el lugar que la historia del fútbol ya le ha reservado a este equipo de leyenda. La historia es un motor menos poderoso que la revancha, de ahí que Guardiola reclame a sus jugadores un último esfuerzo en esta temporada escalofriante. Que las olas golpeen con intensidad redoblada, único modo de aplacar la ira roja de la lava y el fuego. Oleaje imparable y continuado, persistente y certero, remedio seguro para engullir la desbordante nube de cenizas.

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