Galicia

Abejas, víctimas del cambio climático

La mortandad en las colmenas gallegas se duplicó en dos décadas: llega al 40% por cambios en las estaciones, la velutina y la polución

Una abeja polinizadora.

Una abeja polinizadora.

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La flor del eucalipto se adelantó en

Galicia

, en algunas zonas en plena navidad, en vez de brotar a partir del mes de marzo como acostumbra. Es solo un ejemplo de los ciclos más tempranos –o tardíos– de la floración de las plantas que, junto con la presencia de avispa velutina y la contaminación atmosférica, además de un ácaro llamado varroa, han duplicado la mortalidad en invierno de las colmenas de abejas.

“Podríamos decir que las abejas son la primera víctima del cambio climático, porque cambian su ciclo biológico al mismo tiempo que las flores”, asegura el biólogo, técnico apícola y apicultor del colectivo “Máis que mel”, Jesús Asorey. “Tienen una mortalidad de hasta el 40%, cuando solo hace dos o tres décadas era del 10%”, precisa el experto. En números, el sector estima que pasaron de una productividad de 22 kilos por colmena y año hace dos décadas, hasta verse mermada a unos 10 kilos actualmente. La red de pequeños apicultores está en peligro de extinción por todo estas circunstancias, lamentan.

En Galicia hay unas 150 plantas de interés para la apicultura y las abejas son un perfecto bioindicador del estado de la naturaleza. Hasta ahora tenían bien definido su ciclo vital, que transcurría en sintonía con las estaciones del año, pero prácticamente se han difuminado. Están desorientadas. Y no se trata de un hecho aislado. La mortandad de la cabaña apícola extremeña, por ejemplo, alcanza también el 40% –principalmente por los efectos de la varroa– según acaba de manifestar el sector, lo que obliga a los apicultores a un importante coste y tiempo para repoblar colmenas.

Las abejas, como polinizadoras, son “un tesoro” al cual se les debe más del 70% de los alimentos que se comen, según la FAO. “El sector apícola no es importante solo por su movimiento económico; es más que miel: las abejas representan la vida y que sigamos comiendo como lo hacemos”, considera Asorey en relación –entre otros– a frutales y semillas. Esta semana, el manifiesto “Protejamos las abejas: Declaren la apicultura Patrimonio de la Humanidad”, lanzada por el apicultor Enrique Simó roza ya las 80.000 firmas.

Hace unos 7.000 años las primeras sociedades productoras de nuestro territorio ya tenían una relación primordial con la apicultura. El pasado septiembre, en un abrigo recóndito de Teruel se descubrió una pintura de hace 7.500 años que muestra a una persona trepando por cuerdas en busca del producto de una colmena mientras algunas abejas revolotean a su alrededor. Son símbolos universales.

Las colmenas de lacenas, nichos y muros, integradas en las propias viviendas y otras edificaciones, o las singulares colmenas de techos de paja son otras muestras de la diversa y rica apicultura tradicional gallega. En nuestra tierra es relevante también el patrimonio cerero de la Terra de Montes, con la presencia de lagares, pías y eiras de la cera, que indican la gran importancia que tuvo durante siglos la industria gallega.

El proyecto Apiturismo de Galicia, promovido por la Asociación Galega de Apicultura (AGA) –que este fin de semana celebra elecciones y asamblea general– puso en valor esa apicultura milenaria, con apoyo de la Xunta y también con el objetivo de atraer visitantes. El proyecto “Apiturismo Xacobeo 2021” que echo a andar hace un par de años trazó ocho rutas de la Galicia abejera. desde la Costa da Morte hasta la Serra do Xurés, pasando por O Candán y la Ribeira Sacra y llegando hasta las sierras de los Ancares y O Courel. El que fuera colmenero de la Reina de Inglaterra –hoy jubilado– John Chapple y apicultor de larga trayectoria, fue uno de los visitantes en el municipio de Covelo para aprender la apicultura ecológica que realizaba allí una sociedad agraria de transformación.

Las alvarizas o abellarizas son las protagonistas de la oferta de apiturismo, con un censo de aproximadamente un millar de oeste a este de Galicia. Se trata de construcciones milenarias singulares en el mundo, realizadas con la técnica conocida como “piedra seca”. Tenían la finalidad de proteger los cortizos, trobos o covos (diferentes términos y conceptos de las colmenas tradicionales de Galicia) de los osos o del ganado montés, así como resguardarlos del mal tiempo, o incluso delimitar el recinto.