Laura Morro: «Sin trabajo social no hay derechos, y sin derechos no existe una sociedad justa»
La decana del TSCAT reclama mayor reconocimiento institucional, mejores condiciones y más recursos para una profesión clave en la prevención de desigualdades y la protección de los derechos sociales

Laura Morro, decana del TSCAT.
Laura Morro, decana del TSCAT, reivindica el papel esencial del trabajo social para garantizar derechos y prevenir desigualdades. Defiende una profesión presente en la sanidad, la educación y la vivienda, pero poco visible, y reclama reconocimiento y recursos para afrontar los retos de Catalunya.
—El trabajo social sigue siendo una profesión poco conocida. ¿Por qué?
—Estamos en todas partes, pero a menudo seguimos siendo invisibles. Y trabajamos con personas invisibles. Cuando una persona mayor puede seguir viviendo dignamente en su domicilio, hay a menudo una profesional del trabajo social detrás. Hemos trabajado con discreción, pero toca reivindicar nuestra aportación. No somos un servicio complementario. Somos esenciales para garantizar derechos y prevenir desigualdades.
—La labor de las trabajadoras sociales va mucho más allá de tramitar ayudas, ¿verdad?
—Es uno de los tópicos que todavía debemos combatir. Gestionar recursos es parte del trabajo, pero reducirlo a eso es no entender la profesión. Analizamos situaciones complejas, prevenimos riesgos, intervenimos en crisis y acompañamos procesos de cambio. Abordamos la dimensión social de los problemas humanos. Ver solo el recurso invisibiliza nuestro verdadero valor profesional.
«El aislamiento, la precariedad económica, las dificultades de vivienda, la falta de red familiar o la soledad tienen un impacto directo sobre la salud mental. Por eso somos imprescindibles en los equipos de salud mental»
—¿Qué aporta el trabajo social que no aportan otras profesiones?
—La mirada social. Somos expertas en el cuidado social porque entendemos que detrás de cada situación hay factores sociales, económicos y familiares que condicionan a las personas. Todo está conectado. El trabajo social tiene la capacidad de ver esa complejidad y convertirla en una intervención.
—¿Es el trabajo social una profesión de derechos?
—Absolutamente. Garantizamos que los derechos no se queden solo escritos en una ley o en un programa electoral. Los derechos a la vivienda, la educación, la protección social y la salud solo se hacen efectivos cuando hay profesionales que ayudan a las personas a ejercerlos. Somos una pieza fundamental de la democracia.
—¿En qué ámbitos es más importante vuestra presencia?
—Donde hay personas. Estamos en los centros de atención primaria, las residencias, las escuelas, las prisiones, los servicios de vivienda, las administraciones públicas... Las necesidades sociales atraviesan toda la sociedad y ninguna política pública funciona bien sin una mirada social.
—Uno de los debates actuales es la salud mental. ¿Qué papel desempeñáis?
—Fundamental. A menudo nos centramos en lo clínico, pero las personas no viven al margen de su realidad social. El aislamiento, la precariedad económica, las dificultades de vivienda, la falta de red familiar o la soledad tienen un impacto directo sobre la salud mental. Por eso somos imprescindibles en los equipos de salud mental, para abordar los factores sociales que condicionan el bienestar emocional.
—También reivindicáis un mayor reconocimiento del trabajo social sanitario
—Es absolutamente legítimo hacerlo. Las profesionales del trabajo social sanitario llevan décadas formando parte de los equipos asistenciales de hospitales y centros de salud. Durante mucho tiempo hemos tenido que demostrar una aportación que ya es evidente. La salud de las personas depende también de sus condiciones de vida, y nadie lo discute. Su reconocimiento no es solo una cuestión profesional. Es una cuestión de justicia con la ciudadanía.
—¿Cuáles son los grandes retos sociales de Catalunya?
—El acceso a la vivienda, el envejecimiento de la población, las desigualdades sociales, la soledad no deseada, las dificultades de emancipación de los jóvenes... Tenemos profesionales muy preparados, pero a menudo los recursos son insuficientes. Necesitamos políticas sociales más sólidas y una apuesta decidida por reforzar los equipos profesionales. Invertir en trabajo social no es un gasto. Es una inversión en prevención y calidad de vida.
«Invertir en trabajo social no es un gasto. Es una inversión en prevención y calidad de vida»
—¿La profesión se siente suficientemente reconocida?
—No. Históricamente hemos sido una profesión muy feminizada, y eso también explica parte de la falta de reconocimiento institucional y social que ha sufrido. Pero la pandemia demostró hasta qué punto los profesionales del trabajo social eran imprescindibles. Aun así, reivindicamos espacios de decisión, mejores condiciones y visibilidad. No pedimos protagonismo, sino reconocimiento por nuestra responsabilidad. Por eso reclamamos, por ejemplo, el reconocimiento del nivel A1 para las profesionales diplomadas y graduadas en trabajo social. También es importante recordar que, para ejercer con todas las garantías para la ciudadanía, la colegiación es obligatoria.
—Cuando una trabajadora social se colegia, ¿qué papel tiene el TSCAT en su acompañamiento?
—Somos más que una corporación profesional. Estamos al servicio de las trabajadoras y de la profesión. Ofrecemos formación especializada, asesoramiento profesional y jurídico, orientación laboral, una bolsa de empleo con miles de ofertas y espacios de participación para compartir conocimientos. Defendemos los intereses de la profesión ante las instituciones. El TSCAT es una red de apoyo que fortalece a las profesionales y al trabajo social.
—¿Qué pierde una sociedad cuando no da suficiente importancia al trabajo social?
—Capacidad de prevenir, proteger y generar oportunidades. Cuando una sociedad solo actúa cuando los problemas ya son graves, acaba llegando tarde y asumiendo costes elevados. El trabajo social actúa antes de que las situaciones se cronifiquen. Detecta vulnerabilidades, refuerza los vínculos, acompaña a las personas y ayuda a evitar que las desigualdades se conviertan en exclusión. Somos un pilar del Estado del bienestar, porque conectamos esos sistemas con la realidad cotidiana de las personas. Por eso reclamamos estar presentes en los espacios donde se toman decisiones, para aportar una mirada imprescindible sobre las necesidades emergentes y una sociedad más humana.
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