La lucha contra las adicciones

"Antes se enganchaban a la heroína, ahora a las pantallas y la marihuana"

  • El primer centro de atención a las drogodependencias de España, que impulsó la Diputación de Barcelona, cumple 40 años

  • El espacio SPOTT nació ante el azote de la heroína, pero hoy atiende a adolescentes enganchados a las pantallas, al juego online y a drogas como la marihuana o el éxtasis

La azotea del centro SPOTT de la Diputación de Barcelona, primer espacio público de atención a los drogodependientes en España.

La azotea del centro SPOTT de la Diputación de Barcelona, primer espacio público de atención a los drogodependientes en España. / Zowy Voeten

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

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"¡Claro que me acuerdo! Todos estos pasillos estaban llenos de gente que necesitaban metadona... y no dábamos abasto! Unas listas de espera larguísimas, y claro, muchos pacientes que morían de sobredosis y de sida... era una debacle", recuerda Rafael Jiménez, psiquiatra con 28 años de tarea en el centro SPOTT. Este año el centro, pionero en España para tratar las drogadicciones, cumple cuatro décadas. Ahora atienden cada año a cerca de 300 jóvenes de entre 15 y 21 años. La mayoría, enganchados a las pantallas pero también a drogas como la marihuana o el éxtasis.

Es difícil pensar en la Barcelona de 1982 y no acordarse del azote de la heroína. Jóvenes que se engancharon a una droga que les dejaba tirados en la calle y, muchas veces, tendidos y muertos en el suelo. Por las sobredosis, o por infecciones de sida que se transmitían a través de las jeringuillas. Pocos se acercaban a ellos, a pesar del desespero de las familias. Y en 1981 la Diputación de Barcelona creó el Centro SPOTT para atenderles y escucharles. "Fue una debacle, pero de SPOTT aprendimos muchísimo: fue el primero que les atendía a ellos y también a las familias. Es algo fundamental que debemos preservar", afirma Lluïsa Moret, responsable de Sostenibilidad Social de la diputación, que en los 80 y 90 trabajó en centros similares en Sant Boi de Llobregat, ciudad de la que es hoy su alcaldesa.

Altas por sobredosis

"En el fondo éramos como un centro de atención y seguimiento (CAS). Las personas venían, recibían tratamiento y el reto era que pudieran dejar las drogas. Pero la mayoría de altas las teníamos por defunciones: sobredosis incluso dentro del lavabo... y mucha, muchísima gente", explica Jiménez. A medida que en el resto de Barcelona se crearon otros centros similares, especialmente el de Sants, SPOTT cada vez atendía a más pacientes extranjeros. "No tenían dónde consumir metadona, y contábamos con una lista para apuntarse. Siempre había lista y la presión era tal que acabábamos recetando pastillas en la farmacia con el mismo efecto", asegura el psiquiatra.

En 2004, el centro decidió que ya no tenía sentido atender a adultos con problemas con la cocaína o la heroína. "Ya se habían creado muchos CAS en toda Barcelona y pueblos de los alrededores y decidimos reorientar el servicio pensando en jóvenes y adolescentes de toda la provincia", cuenta Gemma García, jefa de intervención del centro. "En cuanto hicimos este cambio el servicio cambió de golpe. Ya no eran aquellas colas, aquella presión. ¡Y los pacientes no se nos morían!", explica Jiménez. "Además, trabajar con adolescentes es clave porque no llevan tantos años de consumo, de dependencia, de cronicidad detrás... y es más fácil conseguir que lo dejen", cuenta Sonia Fernández, psicóloga del centro.

Los niños de la cola

Entonces llegó la época de los niños que inhalaban pegamento. "Había muchos niños en Barcelona, que vinieron solos de Marruecos y consumían cola, disolvente, antidepresivos, cánnabis sintético...", explica García. Un perfil que sigue existiendo, niños que viven en centros de menores o que ya han cumplido la mayoría de edad, pero que tras un acuerdo con la Generalitat están atendidos en otros servicios de la red. "Recuerdo que, en el fondo, nos contaban que consumían por dejar de tener frío, de tener miedo, esa necesidad de olvidar... Venían de unas vidas muy duras", asegura García.

En los últimos años, cerca de 300 jóvenes pasan cada año por el centro. Y los diferencian en dos perfiles muy concretos: los adictos a las pantallas, y los adictos a las drogas. "A los primeros, la pandemia y el encierro les ha agravado la adicción. Hablamos de niños que si se les intenta regular las horas de utilizar los videojuegos o el móvil reaccionan de forma muy violenta o amenazan con el suicidio. Niños más bien introvertidos, a veces asociados con trastornos del espectro autista o con problemas de socialización", explica Fernández.

La aceptación de la marihuana

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"A los segundos, el confinamiento les fue bien porque les demostró que podían dejar de consumir. No están nunca en casa y ven el consumo como un refugio para mostrarse seguros", prosigue la psicóloga. El 90% de los atendidos consumen regularmente cánnabis. "Se ha normalizado y aceptado. Especialmente en las zonas rurales, niños que viven en urbanizaciones alejadas y que no tienen alternativas de ocio. Algunos empiezan con 12 años", cuenta otro psicólogo, Joan Bosch. "Cuando terminó el confinamiento muchos han vuelto a consumir, y de una forma más abusiva", explica el psiquiatra. "Además estamos detectando que mezclan varias sustancias. Ya no solo alcohol: éxtasis, cocaína o incluso benzodiacepinas o ansiolíticos", añade Martínez.

"En los años 80 y ahora, las drogas y las adicciones son un refugio, un lugar al que escapar cuando uno no sabe o no puede gestionar lo que le está dando la vida. Y es lo que intentamos que puedan hacer", subraya Fernández. SPOTT es también su refugio. Desde hace 40 años.