Violencia verbal contra las féminas

Promiscuas y malvadas: 600 años de insultos a la mujer

  • Los estudios de Guillermo López Juan retratan cómo se mantienen las mismas fórmulas para injuriar a la mujer que en la Baja Edad Media frente a la evolución de las palabras usadas contra el hombre

Promiscuas y malvadas: 600 años de insultos a la mujer

LEVANTE

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Sergio Gómez

Un buen insulto siempre ha cotizado al alza en el mercado de las ofensas. Su uso se ha normalizado tanto en la conversación cotidiana que incluso se ha difuminado la línea que lo separaba del halago, pero todavía sigue siendo el recurso más eficaz cuando se trata de descalificar, humillar y anular al prójimo en público. Aunque las sociedades han evolucionado, los términos empleados para ejercer la violencia verbal contra las mujeres y sus significados se mantienen prácticamente intactos desde la Baja Edad Media. Así lo retrata Guillermo López Juan, doctorando del departamento de Historia Medieval de la Universitat de València, en dos estudios que analizan las demandas por injurias conservadas en los registros de Justicia Criminal del Archivo del Reino de Valencia a principios del siglo XV.

A tenor de la muestra examinada, «puta», «putana» y su sinónimo «bagassa» representan el 57 % de los insultos denunciados por mujeres valencianas de clases populares entre 1395 y 1407. Hace más de 600 años, como en la actualidad, la forma más habitual de intentar ofender al sexo femenino era mediante la reprobación de conductas sexuales socialmente censuradas, especialmente la promiscuidad.

Nada que ver con las denuncias por injurias interpuestas por los hombres en el mismo periodo, que reflejan sobre todo ataques a la honorabilidad. Contra ellos, los insultos más frecuentes son «traidor», «bacallar» (que remite a la condición campesina y pobre), «lladre» o «cornut», que vuelve a hacer referencia a la conducta sexual de la mujer. El significado de los agravios, como recalca López Juan, ha cambiado mucho más en el caso de los hombres que en el de las mujeres. «Quitando ‘hijo de puta’ o ‘cabrón’, que remiten al comportamiento sexual mal visto de la mujer, los que usamos hoy en día contra los hombres tienen mas que ver con la inteligencia o la falta de ella, como idiota, imbécil o gilipollas», señala el doctorando, que ha publicado un artículo sobre los insultos masculinos y está en vías de publicar otro sobre los femeninos, bajo el título: «Prostitutas, alcahuetas y malvadas: el insulto contra las mujeres en la Baja Edad Media».

La tercera ofensa más repetida hacia ellas en las 74 demandas que se conservan de la época investigada es «alcavota» (alcahueta), ligada también con el ámbito sexual, aunque al nivel de la intermediación en encuentros ilegítimos. Habitualmente, los insultos se acompañaban de términos que los intensificaban: «bagassa merdosa», «bagassa escusera» o «bagassa corredissa» (prostituta ambulante) son algunos ejemplos. Por detrás de estas afrentas figuran expresiones que atacan a la mujer por su maldad o por su vejez, expresadas mediante los términos «vil» y «vella», acompañados de adjetivos con una elevada dosis difamatoria. Otros apelativos recogidos en las demandas por injurias son làdria («ladrona») y metzinera («envenenadora» o «bruja»), crímenes censurados en el periodo medieval.

Lo que subyace, a juicio de López Juan, es un modelo de mujer deudor del discurso moral cristiano, que propugnaba la castidad, la templanza, la obediencia y la misericordia como virtudes por excelencia. Unos ideales que los miembros de los estratos populares usaban como arma arrojadiza cuando tenían que echarse los trastos a la cabeza.

Mayoría de denuncias entre mujeres

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El investigador hace hincapié en la dificultad de evaluar la cantidad real de denuncias en la etapa analizada porque los registros judiciales que se conservan se hallan muy incompletos, pero otra de las conclusiones a las que llega, con la información disponible, es que el 59,5% de las agresiones verbales se producían entre mujeres, mientras que, en el 32,4% de los casos, los denunciados eran hombres. En el 8,1% restante se acusaba a personas de ambos sexos. El doctorando explica esta diferencia por el funcionamiento de las redes de sociabilidad: las mujeres se relacionan generalmente con otras mujeres en ambientes vecinales o laborales en los que surgían espirales de conflicto. En muchos casos, las denunciantes pertenecían a sectores marginales y se ganaban la vida como prostitutas. Por lo que respecta a los hombres, los protagonistas suelen ser artesanos y personas socialmente integradas.

Pese a que los Furs contemplaban penas pecuniarias y castigos físicos en función de la gravedad de la injuria y del espacio en el que se manifestaba, los procesos estudiados nunca desembocan en castigos. En una sociedad en la que la reputación y el honor gozaban de mucha relevancia, López Juan sostiene que las demandas probablemente tenían un carácter «profiláctico» y solo buscaban que la acusada se disculpara públicamente o que, al menos, quedara constancia de la ofensa, para contener el escarnio público. La inmensa mayoría de los casos termina con la acusadora retirando la denuncia y rara vez se tomaba testimonio a los testigos.

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