01 dic 2020

Ir a contenido
Berta Castro, en su casa en un pueblo a las afueras de Madrid. 

"Lo vemos todo negro"

Juan Ruiz Sierra | 22 noviembre 2020

MÁS ALLÁ DE LAS IMÁGENES DE BOTELLONES, HAY OTRA REALIDAD: LA JUVENTUD ES LA PRINCIPAL AFECTADA PSICOLÓGICAMENTE POR LA PANDEMIA. LOS CASOS DE ANSIEDAD Y DEPRESIÓN SON MÁS COMUNES QUE EN OTRAS FRANJAS DE EDAD. "TE SIENTES ATRAPADO", SEÑALA UN ESTUDIANTE.

Los días de Berta Castro apenas tenían huecos. Cogía el metro a primera hora de la mañana para acudir a clases de danza en el centro de Madrid, de ahí se iba a estudiar a la biblioteca, después hacía algún recado, comía, asistía a clases en su escuela de Bellas Artes y por último, cuando ya quedaba poco para que terminase la tarde, volvía a subirse al metro y llegaba a su casa a cenar. Toda esta actividad se frenó en marzo en seco. "Al principio me lo tomé bien. No tengo unas condiciones malas, vivo en un chalet con parcela, y pensé que por fin iba a tener tiempo para mí. Pero después del primer mes me afectó mucho estar tanto tiempo encerrada, no ver a nadie. Me apagué. Ya había tenido otras depresiones, pero esta vez fue mucho más rápida", explica.

Castro, de 21 años, dejó de atender a casi todas sus clases virtuales. Seguía dibujando, pero sin ningún orden. La mayor parte del día estaba frente a alguna pantalla, viendo pasar las horas, o hablando por teléfono. "No tenía interés. Mi rutina se había cortado de raíz", dice. Cuando se levantó el confinamiento estricto, a finales de abril, su estado de ánimo mejoró, pero solo en parte. "Había muchas cosas que no me atrevía a hacer. Solo quedaba con mi mejor amigo y con cuidado, porque en mi casa también vive mi abuela, de 93 años, y no quería correr ningún riesgo. Y ahora, después de todos estos meses, aún no me he recuperado", señala.

"Me apagué. Había tenido otras depresiones, pero esta fue mucho más rápida" 

Existe una narrativa que retrata a los jóvenes como egoístas, viviendo de espaldas al coronavirus porque este apenas les afecta, celebrando botellones multitudinarios y fiestas caseras, con la mascarilla siempre debajo de la barbilla, sin preocuparse de si contagian o son contagiados. Pero hay otro relato. Muestra una realidad muy distinta, oculta y al mismo tiempo más común. Los adolescentes y postadolescentes son los principales perjudicados psicológicamente por la pandemia, los menos preparados para el distanciamiento social, los más necesitados de compartir un espacio físico con sus iguales, a pesar de Whatsapp, Instagram, Facebook, TikTok o cualquier otra red social.

LA IMPORTANCIA DEL CONTACTO

Elisa López, psicóloga infantil y juvenil, dice que el principal cambio en su consulta desde que el coronavirus llegó a España es este: "Vienen muchos más adolescentes". López quiere ser cauta. "La mía es una muestra muy pequeña. No sé si este aumento ocurre en todas partes y es solo atribuible a la pandemia", explica. Los estudios, sin embargo, vienen a confirmar esta impresión. El pasado mayo, la Universidad Complutense publicó un informe que identificaba a los jóvenes de entre 18 y 24 años como el grupo que más sufrió ansiedad (34,6%) y depresión (42,9%) durante el confinamiento, en porcentajes superiores a los del conjunto de la población española. Otros trabajos, en EEUU y Holanda, dibujan un paisaje muy similar.

"El contacto es mucho más importante en los jóvenes que en otras edades. Su grupo de iguales es su reflejo. Necesitan estar con sus iguales para medirse, compararse, darse cuenta de que lo que les está pasando, en una época de tantos cambios, también les ocurre a los demás. Internet no suple en ningún caso esta carencia", explica López.

"El contacto es mucho más importante en los jóvenes. Necesitan estar con sus iguales. Internet no suple esta carencia"

Aunque el confinamiento, al menos de momento, ha dejado de estar en vigor en España, la llamada "nueva normalidad" también hace mella. Siguen pasando casi todo el tiempo en casa. Pocas clases son presenciales y la educación a distancia es un factor más de estrés. Sus actividades de ocio, como ver una película, juntarse en alguna casa o salir de fiesta, están descartadas. Incluso la forma de ligar, de besarse, ha cambiado. "Te echas para atrás, te refrenas si te gusta alguien. Piensas que de momento es mejor una amistad y ya está", cuenta Luis Girón, de 21 de años. Girón, estudiante de Ingeniería Informática, dice que es ahora, con el inicio de curso, cuando empieza a "notar la inquietud de estar atrapado, de que la casa te acaba comiendo".

"Lo peor no fue el encierro -explica Carla Fornés, 21 años, estudiante de Humanidades-. Lo peor vino después, cuando te das cuenta de que esto no se ha terminado. El confinamiento lo asumí. Era lo que tocaba. Pero ahora todo es incertidumbre". Fornés se define como una "persona optimista". Hasta el pasado septiembre, no sabía qué era una crisis de ansiedad. "Pero todo esto me está afectando mucho. He buscado ayuda porque necesito reconducirlo. Y en realidad no sé cuál es el diálogo que tengo en mi interior para estar así, pero evidentemente esta situación me está afectando", dice.

LLAMADAS DESESPERADAS 

Entre el 14 de marzo y el 30 de abril, periodo del confinamiento estricto, Amalgama 7, una entidad privada dedicada a los adolescentes de riesgo, recibió 342 llamadas de padres que decían que no podían convivir con sus hijos. Lo habitual, durante un mes y medio cualquiera, es que estas peticiones de ayuda no sean más de 90. "Nunca nos había pasado. Así que decidimos hacer un estudio", dice su director clínico, Jordi Royo. La encuesta, a través de 1.500 entrevistas con padres de jóvenes de entre 14 y 18 años en toda España, refleja que la incomunicación de sus hijos se disparó durante el encierro. También las malas respuestas y los insultos. "Los adolescentes son la población más vulnerable. Puede sonar extraño, porque el término lo tenemos asociado a los ancianos. Pero en salud mental, la peor parte de la pandemia la están soportando los adolescentes", explica Royo.

"Ellos son la población más vulnerable. En salud mental se están llevando la peor parte de la pandemia"

Amalgama 7 se ocupa de casos extremos. Problemas con las drogas, hijos que pegan a sus padres. Casos como el de Mireia Fernández, de 18 años. Consumidora habitual de hachís, algo que siguió haciendo durante el confinamiento ("llegó a venir el camello a mi casa", dice), la relación de Fernández con sus padres y su hermana mayor ya era mala antes de la pandemia. "Pero el encierro fue la gota que colmó el vaso", señala desde el centro que la entidad tiene en Alt Camp (Tarragona), donde lleva interna desde junio. Espera poder salir de allí en marzo.

PLANES FRUSTRADOS

Ser joven en la era del covid también supone dejar de trazar proyectos a corto y medio plazo, en una etapa donde la vida suele parecer llena de posibilidades, porque todos los que había en el mundo de ayer se han venido abajo. Carlos Fornés, de 22 años, acaba de licenciarse en Periodismo. A principios de año, cuando ya veía el final del curso, pensaba en su graduación, en estar "acompañado" por la gente que le había "rodeado durante la carrera". Pensaba en celebrarlo. Pero no hubo graduación. Después, en verano, intentó irse a trabajar a Inglaterra, algo que siempre había querido, y también tuvo que cancelarlo. Ahora ha vuelto a vivir con sus padres. "Ninguno de mis planes ha salido adelante", dice.

"Si te paras y miras la situación, ves el futuro muy chungo. En el fondo, todo esto nos queda grande" 

Gloria Hernández, 21 años, estudiante de Psicología, había logrado una beca Erasmus para estudiar en Holanda. Le hacía "muchísima ilusión". A principios de noviembre le comunicaron que no podría ir en el segundo cuatrimestre. La frustración y la sensación de soledad le han llevado al psicólogo. "Había ido otras veces, pero por algún tema concreto. No me había pasado como ahora, que no sabía cuál era el problema. No me daba cuenta de que era por esta situación. Solo sabía que estaba apagada, sensible y paranoica. Y mucha gente de mi entorno está igual que yo. No son problemas horribles, pero te van consumiendo", explica.

La palabra más repetida por todos, con mucha diferencia, es incertidumbre. "Si te paras y analizas la situación, piensas en la responsabilidad de estudiar, en lo que tienes que hacer para no contagiarte, en los planes que no estás pudiendo llevar a cabo y en lo que está por venir, pues el futuro lo ves chungo no, chunguísimo. Casi todo lo ves muy negro", concluye Carla Fornés. Y después, en un tono neutro, como quien levanta un acta, añade: "En el fondo, todo esto nos queda muy grande".  

¿Ya eres usuario registrado? Inicia sesión

Estás leyendo un contenido elaborado por la redacción de El Periódico en su empeño por proporcionar información de calidad y estar cerca de sus lectores en esta crisis sin precedentes en nuestro país.

A partir de este momento para seguir leyendo las noticias de +Periódico debes navegar registrado, no tiene ningún coste, pero te permite acceder a la información de calidad y a otros servicios que te iremos explicando.