24 nov 2020

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CRISIS TRAS LA PANDEMIA

Hablan los 'invisibles': "Si doy positivo, lo pierdo todo"

Varias personas que trabajan en la economía sumergida comparten en EL PERIÓDICO la problemática que viven en la pandemia

Muchos de ellos han perdido los precarios empleos, y necesitan encontrar algún trabajo de forma urgente, antes que confinarse o hacerse pruebas del coronavirus

Elisenda Colell / Gabriel Ubieto

Marlene Magaly y Johane Laiches, dos cuidadoras de personas mayores, que tras la pandemia se han quedado sin apenas empleo.

Marlene Magaly y Johane Laiches, dos cuidadoras de personas mayores, que tras la pandemia se han quedado sin apenas empleo. / MANU MITRU

Rebuscando entre los metales de la basura o entre los desechos de los mercados; en la playa vendiendo sin licencia o limpiando y cuidando de dependientes en cientos de hogares. Las personas que trabajan en la economía sumergida están en todas partes, pero ni sus historias, ni su situación, aparecerán nunca en ninguna estadística. Tampoco podrán acceder a derechos laborales y, muy probablemente, quedarán excluidos de cualquier ayuda social. Temen el contagio del coronavirus, y tratan de evitarlo aplicando muchas medidas de protección. Pero, a diferencia del resto de la población, para ellos contagiarse implica también perder un techo y vaciar la despensa. Los invisibles toman la palabra en EL PERIÓDICO. 

"No quiero saber nada de las pruebas"

Tres niños descalzos, de menos de seis años, corretean levantando el polvo de la arena. Ellos son los habitantes más jóvenes de este solar abandonado, ubicado en uno de los barrios más afectados por el coronavirus en Barcelona, donde malviven cerca de 20 personas. Lonas, trozos de madera y de cartón construyen unos débiles barracones que son su único cobijo contra la lluvia, el calor y el virus. "Todos nos dedicamos a lo mismo, a recoger y vender chatarra", cuenta Alexander Puya, el mayor del campamento. Hace ya más de dos décadas que emigró de Rumanía junto a su esposa, para buscar un futuro mejor en España. Ha estado dando tumbos por toda la península, hasta que un grave problema de salud le obligó, hace ya 10 años, a quedarse en la capital catalana.

Alexander Puya, en el campamento de chatarra de Barcelona, donde vive junto varias familias más / manu mitru

"Ya llevo un marcapasos en el corazón, y no tengo ni 60 años", dice con una sonrisa, mientras arrastra a dos manos un carro lleno de trastos: desde trozos sueltos de metal hasta televisores antiguos, pasando por bicicletas destartaladas. ¿Usted sabe que con esta enfermedad que tiene no debería salir por la calle? ¿No tiene miedo del virus? "A lo que tengo miedo es a no poder comer, y no poder mandar dinero a mi familia en Rumanía", responde tajante. "No quiero saber nada de las pruebas estas, yo estoy bien", añade enérgico. Mientras tanto, a pocos metros de este precario campamento, varios responsables de Salut Pública hacen pruebas del virus en la calle para detectar casos asintomáticos.

"Durante el confinamiento la policía nos multaba y tuvimos que dejar de trabajar, la verdad, lo pasamos muy mal… El ayuntamiento nos daba 60 euros al mes para la comida, pero con esto no llegamos, yo lo que quiero es poder comer, y que no me molesten", se queja. Por cada carro lleno de chatarra puede lograr entre 10 o 15 euros. "Si nos encierran en un 'Hotel Salut', ¿cómo te crees que comeremos? Lo que necesitamos es trabajar. Aquí la vida no es fácil", añade señalando al pesado carro. "Esperemos que la de ellos sea mejor”, suspira, mirando a los pequeños, que siguen jugando en el suelo.

"Los tests los hacen para que las personas ricas estén más tranquilas"

Patricia cumplió hace poco seis años en Barcelona. En marzo de este 2020, a pocos días de declararse el estado de alarma, consiguió su primer permiso de trabajo. Poco tiempo pudo disfrutar esta mujer de 39 años de la tranquilidad de pasear por la ciudad sin temor a que la parara un agente de policía. "En ninguna de la casas [donde trabajaba] pude seguir por lo de la pandemia", cuenta. Dejar de trabajar, dejar de ingresar. Esa es la ecuación para este gremio, en el que no impera prestación de paro alguna. Tampoco ha cobrado hasta ahora el subsidio especial para trabajadoras del hogar habilitado por el Gobierno. Cero ingresos durante tres meses, en los que ha ido tirando de sus escasos ahorros y de la caja de solidaridad que montaron desde el sindicato Sindillar.  

Ahora ha vuelto a trabajar, pero todavía no ha recuperado los ingresos que tenía antes de la llegada del virus. Desde junio que ha vuelto a limpiar en la casa donde está empleada, con menor jornada y, por ende, menos ingresos. Gana 600 euros al mes, 300 euros menos de los 900 euros con los que subsistía. Y vive con miedo de que la vuelvan a confinar, pues si no consigue cotizar un mínimo de ingresos no podrá renovar su permiso de trabajo ni de residencia. Porque, si no todos los años que ha pasado en la "clandestinidad", tal como lo define ella, "no habrán servido para nada", cuenta. "No quiero volver a vivir con ese miedo", añade. 

Patricia limita estos días sus contactos sociales y aplica el mantra de mascarilla-distancia-manos. Ve con temor los tests masivos que hacen estos días por barrios de Catalunya, pues un positivo la volvería a dejar sin trabajo. "Si somos positivos, ¿qué vamos a tener que hacer? ¿Dejar de trabajar? Si apenas hemos podido reactivarnos. Desgraciadamente la solución va a ser no hacérnoslos", afirma. "Todas estas medidas se toman para que las personas ricas estén más tranquilas, no para beneficio de las personas que hacemos el trabajo duro", añade.

"No me puedo encerrar en casa"

Apenas sabe leer y escribir. Tuvo que dejar la escuela cuando tenía 9 años. "Yo era la mayor de seis hermanos, y mi madre me sacó de la escuela para ponerme a trabajar limpiando escaleras, necesitábamos el dinero", cuenta Trini, una mujer gitana de 56 años, nacida y criada en el barrio de Sant Roc de Badalona. Toda la vida ha trabajado en la economía informal. El único contrato que consiguió, fue en una empresa de limpieza, hace ya diez años, pero con la anterior crisis económica la despidieron. Desde entonces se dedica a vender ropa en los mercadillos ambulantes. "De ilegal, es así", asume cabizbaja.

Trini, en un mercado ambulante del distrito de Nou Barris, donde vende ropa interior sin licencia porque no la puede pagar / manu mitru

Trini ni es autónoma, ni paga ninguna licencia para vender en los mercados. "Es que no me lo puedo permitir, no tengo ese dinero, yo con lo que vendo si me saco 20 o 50 euros al día me da para para comer, ni un capricho", añade. Se mete en el corredor enmedio de los puestos legales, y ofrece ropa interior, con una manta en el suelo. De esto comen ella, su hija y su nieto adolescente, que viven en un piso ocupa hace ya 3 años, después de sufrir un desahucio que les dejó en la calle. Acumula ya algunas multas por su trabajo. "Es que no tengo otra", se defiende.

Dice que el virus le da miedo, y que por esto se cubre medio rostro con una mascarilla. "Pero dejar de trabajar no lo puedo hacer. Dime tu, ¿cómo comeremos si no puedo ir a los mercados", zanja. ¿Se ha hecho usted prueba PCR? "Mira, por suerte no me han llamado. Si me la tengo que hacer me la hago, pero no me voy a encerrar en casa, esto te lo digo, es que no nos lo podemos permitir, al menos que tengamos para comer", insiste. Lo único que teme, es tener que vivir otro confinamiento, y que los mercados callejeros estén prohibidos. "Cada semana intento guardarme cinco eurillos, para ir ahorrando y que al menos no nos quedemos sin un duro, como nos pasó la otra vez", cuenta. Lo que les pasó fue que se quedaron con la despensa vacía, y la consiguieron llenar con la ayuda de los vecinos. "Que si uno nos dejaba un poco de pollo, otro macarrones... y así fuimos tirando. No quiero volver a vivir con esta angustia", añade.

"Le temo más al hambre que al virus"

A medianoche, llega de puntillas, sin hacer ningún ruido. Y al amanecer, ya se ha ido. Así es como Johane Laines entra y sale de los pocos sitios donde, tras la pandemia, puede dormir bajo techo. Hacía tres años que cuidaba a una persona mayor dependiente. En marzo les pidió un contrato para poder regularizar su situación en España, pero al fin, la familia la despidió. "Me quedé sin dinero y me echaron de la habitación donde vivía, algunos días he tenido que dormir en un parque, las otras, estoy en habitaciones de amigas", explica la mujer, hondureña, que lleva tres años cuidando ancianos en Santa Coloma de Gramenet.

Tras el confinamiento, acumula una deuda de más de 2.000 con estos pagos que no ha podido asumir aún. "Necesito dinero, necesito un trabajo, haré lo que haga falta", dice la mujer, que al no tener documentación legal en este país no tiene otra opción que el trabajo en negro. "Ayer me dieron seis euros, y compré tres paquetes de frijoles: espero que me dure para comer muchos días", sostiene. 

Violeta, Merlene, Layla, Hamsa, Johane y Dulal, vecinos de Santa Coloma de Gramenet, malviven con empleos precarios en la economía sumergida. La ámplia mayoría ha perdido el empleo y tratan de salir adelante con el apoyo de la fundació privada Itregramenet. / manu mitru

Marlene Magally llevaba seis meses cuidando también de un anciano, que falleció en diciembre. Encontró otro empleo similar pero la despidieron poco después. Con el encierro, se le acumularon los pagos de la habitación de alquiler hasta hoy, y sus pocos ahorros sirvieron para mandar dinero a su familia en latinoamérica, que también enfermó. 
"Sí que me da miedo el virus, pero me da más miedo al desempleo, tengo muchíssima angustia porque no sé de qué voy a vivir", sostiene Johane. Ninguna de las dos se ha hizo la prueba PCR cuando el equipo de Salut montó tests masivos en la ciudad.

"Tengo miedo pero es que si me da positivo y me tengo que confinar lo pierdo todo", añade Marlene. Ella, hace a penas un mes, logró trabajar de interna cuidando dos personas mayores los fines de semana. Su solución es la autoprotección: mascarillas y gel. "Es una contradicción, porque si yo enfermo pueden ellos también enfermar y me quedo sin trabajo, pero tampoco puedo dejar este trabajo, necesito salir y no encerrarme en casa", añade. La familia que le paga, cada viernes le pregunta si se encuentra bien."Por suerte sí, pero es que si les digo que no pierdo el empleo, y tampoco me lo puedo permitir", indica.

Quien también hace malabares para no contraer el virus es Violeta Saavedra. Solo recordar el confinamiento rompe a llorar. "Estube tan sola... " recuerda. Enfermó de coronavirus, justo cuando hubo un gran colapso sanitario, y sin trabajo, se gastó todos sus ahorros, unos 3.000 euros, para poder pagar una clínica privada que le antendiera mientras se ahogaba. Debe varios meses de alquiler, y también algunas visitas rutinarias que aún mantiene en esta clínica. Aunque en julio, y ahora en septiembre, ha encontrado un empleo cuidando algunas horas de un niño pequeño mientras su madre trabaja. "Yo solo trabajo para pagar deudas", dice con los ojos húmedos.

En cambio, Layla Regraduidreya aún sigue la búsqueda de empleo. "Lo necesito con urgencia", implora. Acumula una importante deuda, ya que desde el mes de abril que no puede pagar el alquiler de pa habitación donde vive. "Trabajaré de lo que sea, pero no me puedo quedar en la calle", insiste. "Yo ya le he perdido el miedo al virus, prefiero infectarme a quedarme en la calle, así que voy a salir, buscar lo que sea y trabajar de lo que sea, en casa no me quiero quedar llorando", dice Hamza, un joven marroquí que tras estudiar ingeniería en Marruecos, y un máster en Espña, se ha quedado sin permisos de residencia ni trabajo. Condenado a la economía sumergida.  Con un contrato, podrían pedir la baja laboral y ausentarse de su lugar de trabajo. En negro, son invisibles. 

"Me da lo justo para comer"

Abdulay trabaja "en la bolsa", según cuenta. No en la de los parqués del Ibex 35, con aire acondicionado y en la compra y venta de acciones de los buques insignia de la economía española. Sino en la arena de las playas andaluzas, apurando los últimos días de vacaciones que les quedan a los pocos turistas que han llegado a este año. Este joven senegalés de 30 años lleva un mes vendiendo souvenirs, gorros, gafas y objetos propios del sol y la arena. "No hay mucho trabajo", explica. "Me da lo justo para comer", añade, frustrado por no poder mandar dinero para su familia. 

Abdulay cambió hace pocas semanas el verde de los campos frutales de Zaidín, en Huesca, por el azul de la costa andaluza. Desde el otro lado del teléfono prefiere no concretar más. "En el sur", dice. Pues los kilómetros que puso de por medio no los puso por voluntad, sino para evitarse problemas. Abdulay fue identificado por una patrulla de la Guardia Civil mientras intentaba conseguir un trabajo como temporero. Sin permiso de residencia, ni de trabajo, temía ser deportado o acabar preso. "Si no hay papeles, no hay nada", explica.

Antes de probar suerte en Huesca, este joven hizo la campaña de la cereza en Lleida. Antes estuvo en Alicante, en Jaén y en Huelva. Intentando empalmar la recogida de una fruta con otra, con las dificultades añadidas del virus a las que ya arrastra por no tener permiso de trabajo. "Ahora todo es más complicado", resume. Abdulay no conoce el concepto salario mínimo interprofesional, esos 950 euros mensuales que son el salario base que fija el convenio del campo en Catalunya y que cobran los 35.000 temporeros que legalmente trabajan el campo en Catalunya. Una cifra a la que se suman los trabajadores simpapeles, que se rigen por otras leyes. Este joven cuenta que él recibía un pago cada día de mano del capataz después de más de 10 horas bajo la solana. Un día aquí, un día allá, con el objetivo de sacar lo suficiente para poder comer y que sobrara para poder mandar algo a casa.

"Tengo mayores problemas que el virus"

Guarda una veintena de camisetas del Barça, todas con el 10 de Messi, envueltas en una lona dentro del maletero de un coche. Son su particular tesoro. "Con esto yo me ganaba la vida", dice Sotche William, un joven senegalés que se jugó la vida para pisar Barcelona. No tiene permiso de residencia legal en España, y tampoco de trabajo. "Me gustaría poder encontrar un empleo que esté bien, pero no me quedó otra opción que el Top manta", añade. Una opción que no le gusta, por las multas de la policía a las que se expone. Y que tras el confinamiento tampoco puede ejercer. "De momento las playas están llenas de policías, prefiero quedarme aquí", sostiene.

Desde que estalló la pandemia, Sotche William tuvo que dejar de vender en el Top Manta y duerme dentro de un coche prestado en Barcelona  / manu mitru

Cuando dice aquí, Sotche se refiere a un viejo Peugueot 406, de los años 90. Es un vehículo "prestado" por un amigo, dice, que hace ya varios meses le sirve como morada. El joven está desesperado, porque necesita hallar un sitio donde vivir, y para ello, un empleo. "Estoy intentándolo todo, sino, tendré que volver a la manta", añade. Comer, y asearse, lo hace en varios comedores sociales de Barcelona.

El chico está protegido por una mascarilla, que no se retira en ningún momento. ¿Has ido a hacerte las pruebas que hacen en el barrio para detectar casos positivos? "Es que yo no estoy empadronado aquí, mira donde vivo. Además, que yo me encuentro bien", responde. Desconoce saber que hay personas asintomáticas, que se encuentran bien pero son contagiosas. Sin embargo, al saberlo, no cambia de opinión. "Yo no tengo el virus, estoy seguro, y además ahora tengo mayores problemas que eso. Imagínate que lo tengo… lo perdería todo", añade.

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Al no tener un CAP de referencia cerca del sitio donde reside, es muy poco probable que pueda recibir una llamada de un centro sanitario que le obligue a confinarse. Además que no siempre puede cargar su móvil, que obviamente no es un smartphone. "Mi mujer y mis hijos en Senegal me necesitan, debería estar enviándoles dinero y mira donde estoy, este es mi problema, lo que necesito es un trabajo", resuelve. Desde la distancia, otro hombre africano le observa y asiente. Él vive en una furgoneta destartalada, aparcada en la misma calle. "No vengas aquí a preguntarnos del virus, ofrecednos un trabajo. No queremos morir de hambre", suelta.